<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301</id><updated>2011-11-06T18:50:23.426-03:00</updated><title type='text'>Un yanqui en las pampas</title><subtitle type='html'>retazos de un inconcluso diario de viaje.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>19</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-369122972233849122</id><published>2008-03-19T12:26:00.001-03:00</published><updated>2008-03-19T12:29:44.831-03:00</updated><title type='text'>79 (Julio Cortazar, "Rayuela")</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Sin palabras. La explicación justa (y nótese que digo "explciación", no "justificativo").&lt;/em&gt; &lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nota pedantísima de Morelli: «Intentar el ‘roman comique’ en el sentido en que un texto alcance a insinuar otros valores y colabore así en esa antropofanía que seguimos creyendo posible. Parecería que la novela usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más definido cuanto mejor sea el novelista. Detención forzosa en los diversos grados de lo dramático, psicológico, trágico, satírico o político. Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos. Escritura demótica para el lector-hembra (que por lo demás no pasará de las primeras páginas, rudamente perdido y escandalizado, maldiciendo lo que le costó el libro), con un vago reverso de escritura hierática.&lt;br /&gt;»Provocar, asumir un texto desaliñado, desanudado, incongruente, minuciosamente antinovelístico (aunque no antinovelesco). Sin vedarse los grandes efectos del género cuando la situación lo requiera, pero recordando el consejo gidiano, &lt;em&gt;ne jamais profiter de l’élan acquis&lt;/em&gt;. Como todas las criaturas de elección del Occidente, la novela se contenta con un orden cerrado. Resueltamente en contra, buscar también aquí la apertura y para eso cortar de raíz toda construcción sistemática de caracteres y situaciones. Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie.&lt;br /&gt;»Una tentativa de este orden parte de una repulsa de la literatura; repulsa parcial puesto que se apoya en la palabra, pero que debe velar en cada operación que emprendan autor y lector. Así, usar la novela como se usa un revólver para defender la paz, cambiando su signo. Tomar de la literatura eso que es puente vivo de hombre a hombre, y que el tratado o el ensayo sólo permite entre especialistas. Una narrativa que no sea pretexto para la transmisión de un ‘mensaje’ (no hay mensaje, hay mensajeros y eso es el mensaje, así como el amor es el que ama); una narrativa que actúe como coagulante de vivencias, como catalizadora de nociones confusas y mal entendidas, y que incida en primer término en el que la escribe, para lo cual hay que escribirla como antinovela porque todo orden cerrado dejará sistemáticamente afuera esos anuncios que pueden volvernos mensajeros, acercarnos a nuestros propios límites de los que tan lejos estamos cara a cara.&lt;br /&gt;»Extraña autocreación del autor por su obra. Si de ese magma que es el día, la sumersión en la existencia, queremos potenciar valores que anuncien por fin la antropofanía, ¿qué hacer ya con el puro entendimiento, con la altiva razón razonante? Desde los eleatas hasta la fecha el pensamiento dialéctico ha tenido tiempo de sobra para darnos sus frutos. Los estamos comiendo, son deliciosos, hierven de radiactividad. Y al final del banquete, ¿por qué estamos tan tristes, hermanos de mil novecientos cincuenta y pico?»&lt;br /&gt;Otra nota aparentemente complementaria:&lt;br /&gt;«Situación del lector. En general todo novelista espera de su lector que lo comprenda, participando de su propia experiencia, o que recoja un determinado mensaje y lo encarne. El novelista romántico quiere ser comprendido por sí mismo o a través de sus héroes; el novelista clásico quiere enseñar, dejar una huella en el camino de la historia.&lt;br /&gt;»Posibilidad tercera: la de hacer del lector un cómplice, un camarada de camino. Simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor. Así el lector podría llegar a ser copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, &lt;em&gt;en el mismo momento y en la misma forma&lt;/em&gt;. Todo ardid estético es inútil para lograrlo: sólo vale la materia en gestación, la inmediatez vivencias (trasmitida por la palabra, es cierto, pero una palabra lo menos estética posible; de ahí la novela ‘cómica’, los &lt;em&gt;anticlímax&lt;/em&gt;, la ironía, otras tantas flechas indicadoras que apuntan hacia lo otro).&lt;br /&gt;»Para ese lector, &lt;em&gt;mon semblable, mon frère&lt;/em&gt;, la novela cómica (¿y qué es &lt;em&gt;Ulysses&lt;/em&gt;?) deberá trascurrir como esos sueños en los que al margen de un acaecer trivial presentimos una carga más grave que no siempre alcanzamos a desentrañar. En ese sentido la novela cómica debe ser de un pudor ejemplar; no engaña al lector, no lo monta a caballo sobre cualquier emoción o cualquier intención, sino que le da algo así como una arcilla significativa, un comienzo de modelado, con huellas de algo que quizá sea colectivo, humano y no individual. Mejor, le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento). Lo que el autor de esa novela haya logrado para sí mismo, se repetirá (agigantándose, quizá, y eso sería maravilloso) en el lector cómplice. En cuanto al lector-hembra, se quedará con la fachada y ya se sabe que las hay muy bonitas, muy &lt;em&gt;trompe l’oeil&lt;/em&gt;, y que delante de ellas se pueden seguir representando satisfactoriamente las comedias y las tragedias del &lt;em&gt;honnête homme&lt;/em&gt;. Con lo cual todo el mundo sale contento, y a los que protesten que los agarre el beriberi.» &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-369122972233849122?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/369122972233849122/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=369122972233849122' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/369122972233849122'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/369122972233849122'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2008/03/79-julio-cortazar-rayuela.html' title='79 (Julio Cortazar, &quot;Rayuela&quot;)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-1924023270980799687</id><published>2008-03-17T13:29:00.003-03:00</published><updated>2008-03-17T13:44:27.847-03:00</updated><title type='text'>Plumas (Raymond Carver)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El texto que abre el libro Catedral. Uno de esos textos que parecen decir algo más cada vez que lo leo. A aprovecharse y a buscar la peli que hicieron sobre el mismo para discutirla en algún foro.&lt;/span&gt; &lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Ese amigo mío del trabajo, Bud, nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no conocía a Fran. Así que estábamos a la par. Pero Bud y yo éramos amigos. Y yo sabía que en casa de Bud había un niño pequeño. Aquel niño debía de tener ocho meses de edad cuando Bud nos invitó a cenar. ¿Qué ha sido de esos ocho meses? ¡Qué deprisa ha pasado el roja y un envoltorio que decía: ¡ES UN NIÑO! Yo no fumo puros, pero cogí uno de todos modos.&lt;br /&gt;—Coge un par de ellos —dijo Bud, sacudiendo la caja—. A mí tampoco me gustan los puros. Es idea de ella.&lt;br /&gt;Se refería a su mujer. Olla.&lt;br /&gt;Yo no conocía a la mujer de Bud, pero una vez oí su voz por teléfono. Era un sábado por la tarde, y no me apetecía hacer nada. Así que llamé a Bud para ver si él quería hacer algo. La mujer cogió el teléfono.&lt;br /&gt;—¿Dígame?&lt;br /&gt;Me desconcerté y no pude recordar su nombre. La mujer de Bud. Bud me lo había dicho una buena cantidad de veces. Pero me entraba por una oreja y me salía por otra.&lt;br /&gt;—¡Dígame! —repitió la mujer. Oí un aparato de televisión. Luego, la mujer añadió—: ¿Quién es?&lt;br /&gt;Oí llorar a un niño.&lt;br /&gt;—¡Bud! —gritó la mujer.&lt;br /&gt;—¿Qué? —oí contestar a Bud.&lt;br /&gt;Seguía sin acordarme de cómo se llamaba. Así que colgué. Cuando volví a ver a Bud en el trabajo no le dije que había llamado, claro está. Pero insistí y logré que mencionara el nombre de su mujer.&lt;br /&gt;—Olla —dijo.&lt;br /&gt;Olla, repetí para mí. Olla.&lt;br /&gt;—Nada especial —dijo Bud. Estábamos en el comedor, tomando café—. Sólo nosotros cuatro. Tu parienta y tú, y Olla y yo. Sin cumplidos. Venid sobre las siete. Olla da de comer al niño a las seis. Después le acuesta, y luego cenamos. Nuestra casa no es difícil de encontrar. Pero ahí tienes un mapa.&lt;br /&gt;Me dio una hoja de papel con trazos de todas clases que indicaban carreteras principales y secundarias, senderos y cosas así, con flechas que apuntaban a los cuatro puntos cardinales. Una amplia X marcaba el emplazamiento de su casa.&lt;br /&gt;—Lo esperamos con impaciencia —le dije.&lt;br /&gt;Pero Fran no estaba muy emocionada.&lt;br /&gt;Por la noche, mientras veíamos la televisión, le pregunté si deberíamos llevar algo a casa de Bud.&lt;br /&gt;—¿Como qué? —me contestó—. ¿Te ha dicho él que llevemos algo? ¿Cómo voy a saberlo? No tengo ni idea.&lt;br /&gt;Se encogió de hombros y me lanzó una mirada torva. Ya me había oído antes hablar de Bud. Pero no le conocía y no tenía interés en conocerle.&lt;br /&gt;—Podríamos llevar una botella de vino —añadió—. Pero a mí me da igual. ¿Por qué no llevas vino?&lt;br /&gt;Meneó la cabeza. Sus largos cabellos se balanceaban hacia adelante y hacia atrás por encima de sus hombros. «¿Por qué necesitamos a más gente?», parecía decir. Nos tenemos el uno al otro.&lt;br /&gt;—Ven aquí —le dije.&lt;br /&gt;Se acercó un poco más para que pudiera abrazarla. Fran es como un gran vaso de agua. Con ese pelo rubio que le cae por la espalda. Cogí parte de su cabello y lo olí. Hundí la cara en él y la abracé más fuerte.&lt;br /&gt;A veces, cuando el pelo le cae por delante, tiene que recogerlo y echárselo por encima del hombro. Eso la pone furiosa.&lt;br /&gt;—Este pelo —dice— no me da más que molestias.&lt;br /&gt;Fran está empleada en una lechería, y en el trabajo tiene que llevar el pelo recogido. Ha de lavárselo todas las noches, y se lo cepilla cuando estamos sentados delante de la televisión. De vez en cuando amenaza con cortárselo. Pero no creo que lo haga. Sabe que me gusta mucho. Que me vuelve loco. Le digo que me enamoré de ella por su pelo. Que, si se lo cortara, posiblemente dejaría de quererla. A veces la llamo «Sueca». Podría pasar por sueca. En los momentos que pasábamos juntos por las noches, cuando se cepillaba el pelo, decíamos en voz alta las cosas que nos gustaría tener. Anhelábamos un coche nuevo; ésa es una de las cosas que deseábamos. Y nos apetecía pasar un par de semanas en Canadá. Pero niños no queríamos. No teníamos niños por la sencilla razón de que no queríamos tenerlos. A lo mejor alguna vez, nos decíamos. Pero por entonces lo dejábamos para más adelante. Pensábamos que podíamos seguir; esperando. Algunas noches íbamos al cine. Otras, simplemente nos quedábamos en casa y veíamos la televisión. En ocasiones Fran me hacía algo al horno y nos lo comíamos todo de una sentada, fuera lo que fuese.&lt;br /&gt;—A lo mejor no beben vino —sugerí.&lt;br /&gt;—Llévalo de todos modos —repuso Fran—. Si no lo quieren, nos lo beberemos nosotros.&lt;br /&gt;—¿Blanco o tinto? —pregunté.&lt;br /&gt;—Llevaremos algo dulce —contestó, sin prestarme atención alguna—. Pero si nos presentamos sin nada, me da igual. Esto es cosa tuya. No le demos muchas vueltas; de lo contrario se me quitarán las ganas de ir. Puedo hacer una tarta de frambuesas. O unas pastas.&lt;br /&gt;—Tendrán postre —observé—. No se invita a cenar a nadie sin preparar un postre.&lt;br /&gt;—A lo mejor tienen arroz con leche. ¡O «Jell-O»! Algo que no nos gusta. No sé nada de la mujer. ¿Cómo nos enteraríamos de lo que nos va a dar? ¿Y si nos pone «Jell-O»? —dijo, meneando la cabeza. Me encogí de hombros. Pero ella tenía razón, y añadió—: Esos puros viejos que te regaló. Llévalos. Así tú y él podréis iros al salón después de cenar para fumar y beber vino de oporto, o lo que sea que bebe esa gente de las películas.&lt;br /&gt;—De acuerdo, nos presentaremos sin nada.&lt;br /&gt;—Haré una hogaza de pan y la llevaremos.&lt;br /&gt;Bud y Olla vivían a unos treinta kilómetros de la ciudad. Hacía tres años que vivíamos allí, pero Fran y yo no habíamos dado ni una puñetera vuelta por el campo. Daba gusto conducir por aquellas carreteras pequeñas y sinuosas. La tarde estaba empezando, hacía bueno y veíamos campos verdes, cercas, vacas lecheras que avanzaban despacio hacia viejos establos. También mirlos de alas encarnadas posados en las cercas, y palomas dando vueltas alrededor de los heniles. Había huertas y esas cosas, flores silvestres y casitas apartadas de la carretera.&lt;br /&gt;—Ojalá tuviéramos una casa por aquí —dije.&lt;br /&gt;Sólo era una idea vana, otro deseo que no iría a parte alguna. Fran no contestó. Estaba ocupada mirando el mapa de Bud. Llegamos a la encrucijada de cuatro caminos que había señalado. Giramos a la derecha, como decía el mapa, y recorrimos exactamente cuatro kilómetros y ochocientos cincuenta metros. Al lado izquierdo de la carretera, vi un sembrado de maíz, un buzón de correos y un largo camino de grava. Al final del camino, rodeada por algunos árboles, se erguía una casa con porche. Tenía chimenea. Pero era verano, de modo que no salía humo, claro está. Sin embargo, me pareció un bonito panorama, y así se lo dije a Fran.&lt;br /&gt;—Parece un campamento de vagabundos —repuso ella.&lt;br /&gt;Torcí y entré en el camino. A ambos lados crecía maíz. Era más alto que el coche. Oí reclinar la grava bajo las ruedas. Al acercarnos a la casa, vi un huerto con cosas verdes del tamaño de pelotas de béisbol que colgaban de un emparrado.&lt;br /&gt;—¿Qué es eso? —pregunté.&lt;br /&gt;—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Fran—. Calabazas, tal vez. No tengo ni idea.&lt;br /&gt;—Oye, Fran, tómatelo con calma.&lt;br /&gt;No contestó. Se mordió el labio. Al llegar a la casa apagó la radio.&lt;br /&gt;En el jardín había una cuna y en el porche unos juguetes desperdigados. Paré delante de la casa y apagué el motor. Entonces fue cuando oímos aquel horrible berrido. Había una criatura en la casa, desde luego, pero el grito era demasiado fuerte para ser de niño.&lt;br /&gt;—¿Qué ha sido eso? —dijo Fran.&lt;br /&gt;Entonces, algo tan grande como un buitre bajó de un árbol dando fuertes aletazos y aterrizó justo delante de nosotros. Se agitó. Torció su largo cuello hacia el coche, alzó la cabeza y nos miró.&lt;br /&gt;—¡Cristo! —exclamé.&lt;br /&gt;Me quedé inmóvil, con las manos en el volante y mirando aquella cosa.&lt;br /&gt;—Es increíble —dijo Fran—. Nunca había visto uno de verdad.&lt;br /&gt;Ambos sabíamos que era un pavo real, claro, pero no pronunciamos la palabra en voz alta. Sólo lo miramos. El pájaro echó la cabeza hacia arriba y lanzó de nuevo su áspero bramido. Había ahuecado las alas y parecía tener el doble de tamaño que cuando aterrizó.&lt;br /&gt;—¡Cristo! —repetí.&lt;br /&gt;Nos quedamos donde estábamos, en el asiento delantero.&lt;br /&gt;El pájaro avanzó un poco hacia adelante. Luego volvió la cabeza a un lado y se puso en tensión. No nos quitaba de encima los ojos, brillantes y frenéticos. Tenía la cola levantada, y era como un abanico enorme abriéndose y cerrándose. En aquella cola relucían todos los colores del arco iris.&lt;br /&gt;—¡Dios mío! —dijo Fran en voz baja, poniéndome la mano en la rodilla.&lt;br /&gt;—¡Cristo! —volví a exclamar.&lt;br /&gt;No se podía decir otra cosa.&lt;br /&gt;El pájaro lanzó de nuevo aquel grito extraño y quejumbroso «¡Mii oo, mii oo!, decía. Si hubiese oído algo así en plena noche por primera vez, habría pensado que procedía de una persona agonizante o de un animal salvaje y peligroso.&lt;br /&gt;Se abrió la puerta y Bud apareció en el porche. Se estaba abrochando la camisa. Tenía el pelo mojado. Parecía como s acabara de salir de la ducha.&lt;br /&gt;—¡Cierra el pico, Joey! —ordenó al pavo real.&lt;br /&gt;Dio unas palmadas y el pájaro retrocedió un poco.&lt;br /&gt;—Basta ya. ¡Ya está bien, cállate! ¡Calla, fiera!&lt;br /&gt;Bud bajó los escalones. Mientras venía hacia el coche se remetió la camisa. Llevaba lo mismo que en el trabajo: pantalones vaqueros y una camisa de algodón. Yo me había puesto pantalones de vestir y una camisa de manga corta. Los mocasines buenos. Cuando vi lo que llevaba Bud, me sentí incómodo tan trajeado.&lt;br /&gt;—Me alegro de que lo hayáis encontrado —dijo Bud al llegar al coche—. Entrad.&lt;br /&gt;—Hola, Bud —le saludé.&lt;br /&gt;Fran y yo bajamos del coche. El pavo real se mantuvo apartado, moviendo de un lado para otro la innoble cabeza. Tuvimos cuidado de guardar cierta distancia entre él y nosotros.&lt;br /&gt;—¿Alguna dificultad en encontrar el sitio? —me preguntó Bud. Ni había mirado a Fran. Esperaba que se la presentase.&lt;br /&gt;—Las indicaciones eran buenas —contesté—. Oye, Bud, ésta es Fran. Fran, Bud. Te conoce de oídas, Bud.&lt;br /&gt;Se echó a reír y se dieron la mano. Fran era más alta que Bud. Bud tuvo que levantar la vista.&lt;br /&gt;—El habla de ti —dijo Fran, retirando la mano—. Bud por aquí Bud por allá. Casi eres la única persona de por aquí de la que habla. Es como si ya te conociera.&lt;br /&gt;No perdía de vista al pavo real, que se había acercado al porche.&lt;br /&gt;—Es que es amigo mío —repuso Bud—. Tiene que hablar de mí.&lt;br /&gt;Entonces sonrió y me dio un suave puñetazo en el brazo.&lt;br /&gt;Fran seguía sosteniendo su hogaza de pan. No sabía qué hacer con ella. Se la dio a Bud.&lt;br /&gt;—Os hemos traído algo.&lt;br /&gt;Bud cogió la hogaza. Le dio la vuelta y la miró como si fuese la primera que hubiera visto en la vida.&lt;br /&gt;—Es muy amable de vuestra parte.&lt;br /&gt;Se llevó la hogaza a la cara y la olió.&lt;br /&gt;—La ha hecho Fran —expliqué a Bud.&lt;br /&gt;Bud asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;—Vamos dentro; os presentaré a la esposa y madre.&lt;br /&gt;Se refería a Olla, desde luego. Olla era la única madre de la casa. Bud me había contado que su madre había muerto y que su padre se había largado cuando él era pequeño.&lt;br /&gt;De una carrera, el pavo real se plantó delante de nosotros, saltando al porche cuando Bud abrió la puerta. Trataba de entrar en la casa.&lt;br /&gt;—¡Ah! —exclamó Fran mientras el pavo real se apretaba contra su pierna.&lt;br /&gt;—¡Joey, maldita sea! —le reprendió Bud, dándole un golpe en la cocorota. El pájaro retrocedió por el porche y se estremeció. Las plumas de la cola resonaron al agitarse. Bud hizo como si fuera a darle una patada, y el pavo real retrocedió un poco más. Luego, Bud sostuvo la puerta para que entráramos.&lt;br /&gt;—Ella deja entrar en la casa al puñetero bicho. Dentro de poco el condenado éste querrá comer en la mesa y dormir en la cama.&lt;br /&gt;Fran se detuvo nada más pasar el umbral. Se volvió y miró el maizal.&lt;br /&gt;—Tenéis una casa muy bonita —dijo. Bud seguía sujetando la puerta—. ¿Verdad, Jack? —Ya lo creo.&lt;br /&gt;Me sorprendió oírla decir eso.&lt;br /&gt;—Un sitio como éste no resulta todo lo enloquecedor que pueda parecer —dijo Bud sin soltar la puerta. Hizo un movimiento amenazador hacia el pavo real—. Te ayuda a ir tirando. Nunca hay un momento de aburrimiento. Pasad dentro, amigos.&lt;br /&gt;—Oye, Bud —le dije—, ¿qué es lo que crece allí?&lt;br /&gt;—Son tomates —contestó.&lt;br /&gt;—Vaya granjero que me he echado —comentó Fran, meneando la cabeza.&lt;br /&gt;Bud se echó a reír. Entramos. Una mujercita regordeta con el pelo recogido en un moño nos aguardaba en el cuarto de estar. Tenía las manos cogidas debajo del delantal. Y las mejillas de un color subido. Al principio pensé que estaría sofocada, o enfadada por algo. Me echó una mirada y se fijó en Fran. No de manera hostil, sólo mirándola. Con la vista en Fran, siguió ruborizándose.&lt;br /&gt;—Olla, ésta es Fran. Y éste es mi amigo Jack. Lo sabes todo de Jack. Amigos, ésta es Olla —dijo Bud.&lt;br /&gt;Le dio el pan a Olla.&lt;br /&gt;—¿Qué es esto? —dijo la mujer—. ¡Ah, es pan casero! Pues gracias. Sentaos en cualquier sitio. Poneos cómodos. Bud, ¿por qué no les preguntas qué quieren beber? Tengo algo en el fogón.&lt;br /&gt;Dejó de hablar y se retiró a la cocina con el pan.&lt;br /&gt;—Tomad asiento —dijo Bud.&lt;br /&gt;Fran y yo nos dejamos caer pesadamente en el sofá. Saqué los cigarrillos. El cogió un objeto pesado de encima del televisor.&lt;br /&gt;—Utiliza esto —dijo, poniéndolo delante de mí, en la mesita.&lt;br /&gt;Era uno de esos ceniceros de cristal moldeados en forma de cisne. Encendí y dejé caer la cerilla por la abertura de la parte posterior del cisne. Vi cómo salía del cisne un hilillo de humo.&lt;br /&gt;El televisor en color estaba funcionando, así que lo miramos durante unos momentos. En la pantalla, unos coches preparados corrían a toda velocidad por una pista. El comentarista hablaba con voz solemne. Pero parecía estar conteniendo su emoción.&lt;br /&gt;—Aún estamos a la espera de la confirmación oficial —decía el locutor.&lt;br /&gt;—¿Queréis ver esto? —preguntó Bud, que seguía de pie.&lt;br /&gt;Yo dije que me daba igual. Y era verdad. Fran se encogió de hombros. «¿Qué más me da?», pareció decir. De todos modos, el día estaba echado a perder.&lt;br /&gt;—Sólo quedan unas veinte vueltas —anunció Bud—. Ya falta poco. Antes se ha formado una buena carambola. Media docena de coches destrozados. Algunos pilotos han resultado heridos. Todavía no han dicho si muy graves.&lt;br /&gt;—Déjalo puesto —dije—. Vamos a verlo.&lt;br /&gt;—A lo mejor, uno de esos condenados coches explota delante de nosotros —observó Fran—. O si no, puede que alguno se precipite contra la tribuna y mate al chico que vende esas raquíticas salchichas.&lt;br /&gt;Se pasó los dedos por un mechón de pelo y mantuvo la vista fija en el televisor.&lt;br /&gt;Bud miró a Fran para ver si estaba bromeando.&lt;br /&gt;—Lo otro, el choque múltiple, fue digno de verse. Cada accidente provocaba otro. Gente, coches, piezas por todos lados. Bueno, ¿qué queréis que os traiga? Tenemos cerveza, y hay una botella de Old Crow.&lt;br /&gt;—¿Qué bebes tú? —pregunté a Bud.&lt;br /&gt;—Cerveza. Es buena y está fría.&lt;br /&gt;—Tomaré cerveza —dije.&lt;br /&gt;—Yo tomaré de ese Old Crow con un poco de agua —dijo Fran—. En un vaso alto, por favor. Con un poco de hielo. Gracias, Bud.&lt;br /&gt;—Eso es cosa hecha —dijo Bud.&lt;br /&gt;Echó otra mirada al televisor y se marchó a la cocina.&lt;br /&gt;Fran me dio con el codo y movió la cabeza en dirección al televisor.&lt;br /&gt;—Mira ahí encima —susurró—. ¿Ves lo que yo?&lt;br /&gt;Miré adonde ella decía. En un estrecho florero rojo alguien había apretujado unas cuantas margaritas. Junto al florero, sobre el tapete, estaba expuesta una de las dentaduras más melladas y retorcidas del mundo. Aquella cosa horrible no tenía labios ni mandíbulas tampoco, eran sólo los viejos dientes de yeso metidos en algo semejante a gruesas encías de color amarillo.&lt;br /&gt;Justamente entonces Olla volvió con una lata de frutos secos y una botella de cerveza sin alcohol. Ya se había quitado el delantal. Puso la lata en la mesita, junto al cisne.&lt;br /&gt;—Servios —dijo—. Bud os está preparando las copas.&lt;br /&gt;Volvió a ruborizarse. Se sentó en una vieja mecedora de mimbre y la puso en movimiento. Bebió de su cerveza sin alcohol y miró la televisión. Bud volvió trayendo una bandejita de madera con el vaso de whisky con agua para Fran y con mi botella de cerveza. En la bandeja traía otra botella de cerveza para él.&lt;br /&gt;—¿Quieres vaso? —me preguntó.&lt;br /&gt;Meneé la cabeza. Me dio una palmadita en la rodilla y se volvió hacia Fran.&lt;br /&gt;—Gracias —dijo ella, cogiendo el vaso.&lt;br /&gt;Su mirada se dirigió de nuevo a la dentadura. Bud se dio cuenta de adonde miraba. Los coches chirriaban por la pista. Cogí la cerveza y presté atención a la pantalla. La dentadura no era asunto mío.&lt;br /&gt;—Así es como Olla tenía los dientes antes de ponerse el aparato de corrección —explicó Bud a Fran—. Yo estoy acostumbrado a ellos. Pero supongo que parecen una cosa rara ahí encima. La verdad es que no sé por qué los guarda.&lt;br /&gt;Miró a Olla. Luego a mí, haciéndome un guiño. Se sentó en su butaca y cruzó las piernas. Bebió cerveza y fijó la vista en Olla.&lt;br /&gt;Olla volvió a ponerse encarnada. Tenía en la mano la botella de cerveza sin alcohol. Bebió un trago.&lt;br /&gt;—Me recuerdan lo mucho que le debo a Bud —dijo.&lt;br /&gt;—¿Cómo has dicho? —preguntó Fran. Estaba picando de la lata de frutos secos, comiendo anacardos. Dejó lo que estaba haciendo y miró a Olla—. Disculpa, pero no me he enterado.&lt;br /&gt;Fran miró fijamente a la mujer y aguardó su respuesta. Olla se ruborizó de nuevo.&lt;br /&gt;—Tengo muchas cosas por las que estar agradecida —dijo—. Esa es una por la que tengo que darle las gracias. Tengo los dientes a la vista para recordar lo mucho que le debo a Bud. —Bebió otro trago. Luego apartó la botella y añadió—: Tienes los dientes bonitos, Fran. Me di cuenta en seguida. Pero a mí me salieron torcidos de pequeña. —Se dio unos golpéenos con a uña en un par de dientes delanteros—. Mis padres no podían permitirse el lujo de arreglármelos. Me salían cada cual por su lado. A mi primer marido le traía sin cuidado el aspecto que yo tuviera. ¡A él qué iba a importarle! Lo único que le importaba era de dónde iba a sacar la próxima copa. Sólo tenía un amigo en el mundo, y era la botella. —Meneó la cabeza—. Luego apareció Bud y me sacó de aquel lío. Cuando estuvimos juntos, lo primero que dijo Bud fue: «Vamos a ir a que te arreglen los dientes.» Ese molde me lo hicieron justo después de que Bud y yo nos conociéramos, en mi segunda visita al ortodoncista. Antes de que me pusieran el aparato.&lt;br /&gt;El rostro de Olla seguía colorado. Se puso a mirar a la imagen de la pantalla. Bebió cerveza de la suya y no parecía tener más que decir.&lt;br /&gt;—Ese ortodoncista debía ser un mago —comentó Fran, echando otra mirada a la dentadura terrorífica, encima de la televisión.&lt;br /&gt;—Era estupendo —repuso Olla. Se volvió en la mecedora y añadió—: ¿Veis?&lt;br /&gt;Abrió la boca y nos mostró los dientes de nuevo, esta vez sin timidez alguna.&lt;br /&gt;Bud se dirigió a la televisión y cogió la dentadura. Se acercó a Olla y le puso el molde junto a la mejilla.&lt;br /&gt;—Antes y después —dijo.&lt;br /&gt;Olla alzó la mano y le quitó el molde a Bud.&lt;br /&gt;—¿Sabéis una cosa? El ortodoncista quería quedarse con esto. —Mientras hablaba, lo tenía en el regazo—. Le dije que de eso, nada. Le hice ver que eran mis dientes. Así que, en cambio, le sacó unas fotografías al molde. Me dijo que las iba a sacar en una revista.&lt;br /&gt;—Imaginaos qué clase de revista sería. No creo que haya mucha demanda para esa clase de publicación —dijo Bud, y todos reímos.&lt;br /&gt;—Cuando me quitaron el aparato, seguí llevándome la mano a la boca cuando me reía. Así —dijo—. Todavía lo hago a veces. La costumbre. Un día dijo Bud: «Ya puedes dejar de hacer eso, Olla. No tienes por qué taparte unos dientes tan bonitos. Ahora tienes una dentadura preciosa.»&lt;br /&gt;Olla miró a Bud. Bud le guiñó un ojo. Ella sonrió y bajó la vista.&lt;br /&gt;Fran dio un sorbo a su copa. Tomé un poco de cerveza. Yo no sabía qué decir sobre todo aquello. Y Fran tampoco. Pero estaba seguro de que después haría muchos comentarios al respecto.&lt;br /&gt;—Olla —dije—, yo llamé una vez aquí. Tú contestaste al teléfono. Pero colgué. No sé por qué lo hice.&lt;br /&gt;Le di un sorbo a la cerveza. No sabía por qué había sacado el asunto a relucir.&lt;br /&gt;—No me acuerdo —repuso Olla—. ¿Cuándo fue?&lt;br /&gt;—Hace tiempo.&lt;br /&gt;—No lo recuerdo —repitió, meneando la cabeza.&lt;br /&gt;Pasó los dedos por la dentadura de yeso que tenía en el regazo. Miró la carrera y siguió meciéndose.&lt;br /&gt;Fran me miró. Se mordió el labio. Pero no dijo nada.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo Bud—, ¿qué contáis?&lt;br /&gt;—Tomad más frutos secos —nos recomendó Olla—. La cena estará lista dentro de poco.&lt;br /&gt;Se oyó un grito en una habitación al fondo de la casa.&lt;br /&gt;—Ya empieza —dijo Olla a Bud, haciendo una mueca.&lt;br /&gt;—Es el pequeño —explicó Bud.&lt;br /&gt;Se reclinó en la butaca y vimos el resto de la carrera, tres o cuatro vueltas, sin sonido.&lt;br /&gt;Una o dos veces volvimos a oír al niño, grititos inquietos que venían de la habitación del fondo.&lt;br /&gt;—No sé —dijo Olla. Se levantó de la mecedora—. Casi está todo listo para que nos sentemos a la mesa. Sólo tengo que terminar de hacer la salsa. Pero antes será mejor que le eche una mirada. ¿Por qué no vais a sentaros a la mesa? Sólo tardaré un momento.&lt;br /&gt;—Me gustaría ver al niño —dijo Fran.&lt;br /&gt;Olla seguía con los dientes en la mano. Se acercó al televisor y volvió a ponerlos encima.&lt;br /&gt;—Ahora se podría poner nervioso. No está acostumbrado a los extraños. Espera a ver si puedo dormirle otra vez. Luego podrás verle. Mientras esté dormido.&lt;br /&gt;Después se alejó por el pasillo hacia una habitación, y abrió la puerta. Entró en silencio y cerró la puerta. El niño dejó de llorar.&lt;br /&gt;Bud apagó el televisor y fuimos a sentarnos a la mesa. Bud y yo hablábamos de cosas del trabajo. Fran escuchaba. De vez en cuando incluso hacía alguna pregunta. Pero yo sabía que estaba aburrida, y quizá un poco molesta con Olla por no permitirle que viera al niño. Echó una mirada por la cocina de Olla. Se retorció un mechón de pelo entre los dedos y pasó revista a las cosas de Olla.&lt;br /&gt;Olla volvió a la cocina.&lt;br /&gt;—Le he cambiado y le he dado su pato de goma. Es posible que ahora nos deje comer. Pero no me hago ilusiones.&lt;br /&gt;Levantó una tapadera y apartó una cazuela del fogón. Echó una salsa roja en un tazón, y lo puso en la mesa. Levantó las tapaderas de otras cazuelas y miró a ver si todo estaba listo. En la mesa había jamón asado, boniatos, puré de patatas, habas, mazorcas de maíz, ensalada de lechuga. La hogaza de pan de Fran estaba en un lugar destacado, junto al jamón.&lt;br /&gt;—He olvidado las servilletas —dijo Olla—. Empezad vosotros. ¿Qué queréis beber? Bud bebe leche en todas las comidas.&lt;br /&gt;—Leche está muy bien —dije.&lt;br /&gt;—Agua para mí —dijo Fran—. Pero puedo ponérmela yo. No quiero que me sirvas. Ya tienes bastante que hacer.&lt;br /&gt;Hizo ademán de levantarse de la silla.&lt;br /&gt;—Por favor —dijo Olla—. Eres la invitada. Quédate quieta. Deja que te la traiga.&lt;br /&gt;Se estaba ruborizando de nuevo.&lt;br /&gt;Nos quedamos sentados con las manos en el regazo, esperando. Pensé en la dentadura de yeso. Olla volvió con servilletas, grandes vasos de leche para Bud y para mí y otro de agua con hielo para Fran.&lt;br /&gt;—Gracias —dijo Fran.&lt;br /&gt;—De nada —repuso Olla.&lt;br /&gt;Luego se sentó. Bud carraspeó. Inclinó la cabeza y dijo algunas palabras para bendecir la mesa. Hablaba en voz tan baja que apenas distinguí lo que decía. Pero comprendí su sentido; le daba gracias al Altísimo por los alimentos que íbamos a consumir.&lt;br /&gt;—Amén —dijo Olla cuando él terminó.&lt;br /&gt;Bud me pasó la bandeja del jamón y se sirvió puré de patatas. Entonces empezamos a comer. No hablamos mucho, salvo en alguna ocasión en que Bud o yo dijimos: «El jamón está muy bueno.» O: «Ese maíz dulce es el mejor que he comido en la vida.»&lt;br /&gt;—Lo que es extraordinario es el pan —dijo Olla.&lt;br /&gt;—Tomaré un poco más de ensalada, por favor, Olla —dijo Fran, tal vez ablandándose un poco.&lt;br /&gt;—Coge más de esto —decía Bud, pasándome la bandeja del jamón o el tazón de la salsa roja.&lt;br /&gt;De cuando en cuando oíamos los ruidos que hacía el niño. Olla volvía la cabeza para escuchar; luego, satisfecha de que fuese una agitación sin importancia, prestaba de nuevo atención a la comida.&lt;br /&gt;—El niño está de mal humor esta noche —le dijo Olla a Bud.&lt;br /&gt;—De todos modos, me gustaría verle —insistió Fran—. Mi hermana tiene una niña. Pero viven en Denver. ¿Cuándo podré ir a Denver? Tengo una sobrina que no conozco.&lt;br /&gt;Fran pensó en ello durante un momento y luego continuó comiendo.&lt;br /&gt;Olla se llevó a la boca el tenedor con un poco de jamón.&lt;br /&gt;—Esperemos que se duerma —dijo.&lt;br /&gt;—Queda mucho de todo —dijo Bud—. Comed todos un poco más de jamón y de boniatos.&lt;br /&gt;—Yo no puedo comer ni un bocado más —dijo Fran. Dejó el tenedor en el plato—. Está estupendo, pero estoy llena.&lt;br /&gt;—Tendrás que hacer sitio —le aconsejó Bud—. Olla ha hecho tarta de ruibarbo.&lt;br /&gt;—Creo que comeré un poco —repuso Fran—. Cuando los demás hayáis terminado.&lt;br /&gt;—Yo también —dije; pero sólo por cortesía. Odiaba la tarta de ruibarbo desde que a los trece años cogí una indigestión comiéndola con helado de fresa.&lt;br /&gt;Terminamos lo que nos quedaba en los platos. Entonces volvimos a oír al condenado pavo real. Esta vez el bicho estaba en el tejado. Hacía un ruido sordo al andar de un lado para otro por las tejas.&lt;br /&gt;—Joey se quedará frito en seguida —anunció Bud, meneando la cabeza—. Se cansará y se irá a acostar dentro de un momento. Duerme en uno de esos árboles.&lt;br /&gt;El pájaro lanzó su grito una vez más. «¡Mii OO!», decía. Nadie dijo nada. ¿Qué había que decir?&lt;br /&gt;—Quiere entrar, Bud —dijo Olla al cabo de poco.&lt;br /&gt;—Pues no puede —contestó Bud—. Tenemos invitados, por si no te has dado cuenta. Estas personas no quieren tener a un puñetero pajarraco en la casa. ¡Ese pájaro asqueroso y tu dentadura vieja! ¿Qué va a pensar la gente?&lt;br /&gt;Meneó la cabeza. Se rió. Todos reímos. Fran rió con todos nosotros.&lt;br /&gt;—No es asqueroso, Bud —protestó Olla—. ¿Qué te pasa? A ti te gusta Joey. ¿Desde cuándo has empezado a llamarle así?&lt;br /&gt;—Desde la vez que se cagó en la alfombra —dijo Bud y, dirigiéndose a Fran, añadió—: Perdona el lenguaje. Pero te aseguro que a veces me dan ganas de retorcerle el pescuezo a ese pajarraco. Ni siquiera vale la pena matarlo, ¿verdad, Olla? A veces me saca de la cama en plena noche con ese grito suyo. No vale un pimiento, ¿eh, Olla?&lt;br /&gt;Olla meneó la cabeza ante las tonterías de Bud. Removió unas cuantas habas por el plato.&lt;br /&gt;—¿Cómo es que tenéis un pavo real? —quiso saber Fran.&lt;br /&gt;—Siempre había soñado tener uno —contestó Olla, levantando la vista del plato—. Desde que era niña y vi la fotografía de uno en una revista. Pensé que era la criatura más hermosa que había visto nunca. Recorté la fotografía y la puse encima de la cama. Conservé la fotografía muchísimo tiempo. Luego, cuando Bud y yo vinimos a esta casa, vi mi oportunidad. Le dije: «Bud, quiero un pavo real.» Bud se rió de la idea.&lt;br /&gt;—Finalmente, pregunté por aquí —siguió Bud—. Oí hablar de un viejo que los criaba en el condado vecino. Aves del paraíso, los llamaba. Pagamos cien machacantes por esa ave del paraíso. —Se dio una palmada en la frente—. ¡Dios Todopoderoso, me he echado una mujer con gustos caros!&lt;br /&gt;Sonrió a Olla.&lt;br /&gt;—Sabes que eso no es cierto, Bud —dijo Olla que, dirigiéndose a Fran, añadió—: Aparte de todo, Joey es un buen guardián. Con Joey no necesitamos perro. Lo oye casi todo.&lt;br /&gt;—Si los tiempos se ponen difíciles, como suele pasar, meteré a Joey en la cazuela —advirtió Bud—. Con plumas y todo.&lt;br /&gt;—¡Bud! Eso no tiene gracia —dijo Olla. Pero se rió y todos echamos otra buena mirada a su dentadura.&lt;br /&gt;El niño empezó a llorar de nuevo. Esta vez iba en serio. Olla dejó la servilleta y se levantó de la mesa.&lt;br /&gt;—Si no es una cosa es otra —dijo Bud—. Tráelo aquí, Olla.&lt;br /&gt;—Ya voy —dijo Olla, yendo por el niño.&lt;br /&gt;El pavo real gimió otra vez, y sentí que se me erizaba el pelo en la nuca. Miré a Fran. Cogió la servilleta y luego la dejó. Miré por la ventana de la cocina. Afuera había oscurecido. La ventana estaba levantada y en el marco había una alambrada. Creí oír al pájaro en el porche de la entrada.&lt;br /&gt;Fran torció la cabeza para mirar al pasillo. Aguardaba a Olla y al niño.&lt;br /&gt;Al cabo del rato, Olla volvió con él. Le miré y contuve el aliento. Olla se sentó a la mesa con el niño. Lo sujetó por debajo de los sobacos para que pudiera sostenerse con los pies sobre su regazo y nos mirase. Olla miró a Fran y luego a mí. Esta vez no se ruborizó. Esperaba que uno de nosotros hiciera algún comentario.&lt;br /&gt;—¡Ah! —exclamó Fran.&lt;br /&gt;—¿Qué ocurre? —preguntó rápidamente Olla.&lt;br /&gt;—Nada. Creí haber visto algo en la ventana. Pensé que era un murciélago.&lt;br /&gt;—No hay murciélagos por aquí —aseguró Olla.&lt;br /&gt;—Quizá fuese una mariposa nocturna —dijo Fran—. Era algo raro. ¡Vaya, menudo niño!&lt;br /&gt;Bud estaba mirando al niño. Luego miró a Fran. Echó la silla sobre las patas de atrás y asintió con la cabeza.&lt;br /&gt;—Está bien —dijo, volviendo a asentir—, no te preocupes. Sabemos que ahora mismo no ganaría ningún concurso de belleza. No es ningún Clark Gable. Pero dale tiempo. Con un poco de suerte, ya sabes, crecerá y se parecerá a su padre.&lt;br /&gt;El niño estaba de pie en el regazo de Olla mirando en torno a la mesa, observándonos. Olla había bajado las manos hasta ponerlas en la cintura del niño para que éste pudiera mecerse hacia atrás y hacia adelante con sus gordas piernas. Sin excepción, era el niño más feo que había visto nunca. Era tan feo que no pude decir nada. Las palabras no me salían de los labios. No es que estuviese enfermo ni desfigurado. Nada de eso. Simplemente era feo. Tenía una cara grande y roja, ojos saltones, frente amplia y labios grandes y gruesos. Carecía de cuello propiamente dicho, y tenía tres o cuatro papadas bien llenas. Le formaban pliegues justo debajo de las orejas, que le brotaban de la cabeza calva. Carne grasienta le colgaba sobre las muñecas. Sus brazos y dedos eran gruesos. Llamarle feo era decir mucho en su favor.&lt;br /&gt;El niño feo hizo ruidos y saltó una y otra vez sobre el regazo de su madre. Luego dejó de brincar. Se inclinó hacia adelante y trató de meter su gruesa mano en el plato de Olla.&lt;br /&gt;Yo he visto niños. Mientras yo iba creciendo, mis dos hermanas tuvieron un total de seis hijos. Me crié entre niños. Los he visto a montones y de todas clases. Pero aquél lo superaba todo. Fran también le miraba fijamente. Supongo que tampoco sabía qué decir.&lt;br /&gt;—Es un tío fuerte, ¿no? —dije.&lt;br /&gt;—Por Dios que no tardará mucho en dedicarse al fútbol. Y con toda seguridad que no le faltará la comida en está casa.&lt;br /&gt;Como para corroborarlo, Olla pinchó con el tenedor un trozo de boniato y lo llevó a la boca del niño.&lt;br /&gt;—Tú eres mi niño, ¿verdad que sí? —le dijo a la criatura gorda, ignorándonos.&lt;br /&gt;El niño se inclinó hacia adelante y abrió la boca para engullir el boniato. Alargó la mano hacia el tenedor que Olla le daba y luego apretó los puños. Masticó y se balanceó un poco más sobre el regazo de la madre. Tenía los ojos tan saltones que parecía conectado a algún enchufe.&lt;br /&gt;—Es un niño estupendo, Olla —dijo Fran.&lt;br /&gt;El niño torció el gesto. Empezó a agitarse otra vez.&lt;br /&gt;—Deja entrar a Joey —dijo Olla a Bud.&lt;br /&gt;Bud dejó que las patas de su silla tocaran el suelo.&lt;br /&gt;—Creo que al menos deberíamos preguntar a esta gente si les importa —dijo.&lt;br /&gt;—Somos amigos —repuse—. Haced lo que queráis.&lt;br /&gt;—A lo mejor no les gusta tener en casa a un viejo pajarraco como Joey. ¿Se te ha ocurrido pensar en eso, Olla?&lt;br /&gt;—¿Os importa a vosotros? —nos preguntó Olla—. ¿Os importa que entre Joey? Esta noche las cosas no van bien con el pájaro. Con el niño tampoco, me parece. Está acostumbrado a que Joey esté dentro y a jugar un poco con él antes de irse a la cama. Ninguno de los dos está tranquilo esta noche.&lt;br /&gt;—A nosotros no nos preguntes —dijo Fran—. A mí no me importa que pase. Nunca he tenido uno cerca, hasta hoy. Pero no me importa.&lt;br /&gt;Me miró. Supongo que quería que yo dijese algo.&lt;br /&gt;—No, por Dios —dije—. Que entre.&lt;br /&gt;Cogí mi vaso y terminé la leche.&lt;br /&gt;Bud se levantó de la silla. Fue a la puerta y la abrió. Encendió las luces del jardín.&lt;br /&gt;—¿Cómo se llama vuestro niño? —preguntó Fran.&lt;br /&gt;—Harold —contestó Olla. Le dio al niño más boniato de su plato—. Es muy inteligente. Listo como el hambre. Siempre entiende lo que le dices. ¿Verdad, Harold? Espera a tener un niño, Fran. Ya verás.&lt;br /&gt;Fran sólo la miró. Oí que la puerta de entrada se abría y luego se cerraba.&lt;br /&gt;—Ya lo creo que es listo —dijo Bud al volver a la cocina—. Ha salido al padre de Olla. Ese sí que era un viejo listo.&lt;br /&gt;Miré detrás de Bud y vi que el pavo real se había quedado en el cuarto de estar, sacudiendo la cabeza de un lado para otro, como cuando se mueve un espejo de mano. Se sacudió, y el ruido fue como un mazo de cartas barajándose. Avanzó un paso. Luego otro.&lt;br /&gt;—¿Puedo coger al niño? —pidió Fran. Lo dijo como si Olla le hiciese un favor permitiéndoselo.&lt;br /&gt;Olla le pasó el niño por encima de la mesa. Fran trató de que el niño se acomodara en su regazo. Pero él empezó a retorcerse y a hacer pucheros. —Harold —dijo Fran. Olla miraba a Fran con el niño.&lt;br /&gt;—Cuando el abuelo de Harold tenía dieciséis años, se propuso leerse la enciclopedia de cabo a rabo. Y lo hizo. La terminó a los veinte. Justo antes de que conociera a madre.&lt;br /&gt;—¿Dónde vive ahora? —pregunté—. ¿A qué se dedica? Quería saber qué había sido de un hombre que se había marcado un objetivo así.&lt;br /&gt;—Ha muerto —repuso Olla.&lt;br /&gt;Miraba a Fran, que para entonces tenía al niño tumbado y atravesado sobre sus rodillas. Le dio unos golpecitos bajo una de las papadas. Empezó a decirle cosas de esas que se dicen a los niños.&lt;br /&gt;—Trabajaba en el bosque —dijo Bud—. Unos leñadores dejaron caer un árbol encima de él.&lt;br /&gt;—Mamá recibió algo de dinero del seguro —prosiguió Olla—. Pero se lo gastó. Bud le envía un poco todos los meses.&lt;br /&gt;—No mucho —explicó Bud—. A nosotros no nos sobra. Pero es la madre de Olla.&lt;br /&gt;Para entonces, el pavo real se había envalentonado y empezaba a avanzar despacio, con pequeños movimientos bruscos y oscilantes, en dirección a la cocina. Llevaba la cabeza erguida, aunque torcida hacia un lado, con los ojos rojos fijos en nosotros. La cresta, un ramillete de plumas, sobresalía unos centímetros por encima de su cabeza. Un penacho se alzaba en su cola. El pájaro se detuvo a unos pasos de la mesa y se quedó observándonos.&lt;br /&gt;—No los llaman aves del paraíso sin razón —comentó Bud.&lt;br /&gt;Fran no levantó la vista. Dedicaba toda su atención al niño. Empezó a hacerle cosquillitas, lo que, en cierto modo, le gustaba a la criatura. Es decir, al menos dejó de estar inquieto. Lo alzó a la altura de su cara y le musitó algo al oído.&lt;br /&gt;—Y ahora, no le cuentes a nadie lo que te he dicho.&lt;br /&gt;El niño la miró fijamente con sus ojos saltones. Luego alargó la mano y agarró un mechón de los cabellos rubios de Fran. El pavo real se acercó más a la mesa. Ninguno de nosotros dijo nada. Simplemente nos quedamos .quietos, Harold vio al pájaro. Soltó el pelo de Fran y se irguió sobre su regazo. Señaló al ave con sus gruesos dedos. Empezó a brincar y a hacer ruido.&lt;br /&gt;El pavo real dio rápidamente una vuelta a la mesa y se aproximó al niño. Frotó su largo cuello por las piernas de la criatura. Metió el pico bajo la parte de arriba del pijama del niño balanceando la cabeza de un lado para otro. El niño rió agitando los pies. Apoyándose en la espalda, el niño bajó rápidamente de las rodillas de Fran hasta el suelo. El pavo real siguió arremetiendo contra el niño, como si estuvieran metidos en un juego suyo. Fran retuvo al niño apretado contra sus piernas mientras la criatura se esforzaba por avanzar.&lt;br /&gt;—Es sencillamente increíble —dijo.&lt;br /&gt;—Ese pavo real está loco, eso es todo —dijo Bud—. El puñetero bicho no sabe que es un pájaro; ése es su principal problema.&lt;br /&gt;Olla sonrió y nos mostró los dientes de nuevo. Miró a Bud, que retiró la silla de la mesa y asintió con la cabeza. Harold era un niño feo. Pero por lo que yo sé, creo que eso no les importaba mucho a Bud y a Olla. O si les importaba, tal vez pensasen: «Bueno, es feo, ¿y qué? Es nuestro niño. Y eso es sólo una etapa. Muy pronto vendrá otra. Hay esta etapa y luego viene la siguiente. Las cosas acabaran bien a la larga, una vez que se hayan recorrido todas las etapas.» Quizá pensaron algo así.&lt;br /&gt;Bud cogió al niño y le hizo girar por encima de la cabeza hasta que Harold se puso a chillar. El pavo real plegó las plumas y se quedó mirando.&lt;br /&gt;Fran meneó la cabeza otra vez. Se alisó el vestido por la parte donde había tenido al niño. Olla cogió el tenedor y jugueteó con las habas de su plato.&lt;br /&gt;Bub se colocó al niño sobre la cadera.&lt;br /&gt;—Todavía queda la tarta y el café —dijo.&lt;br /&gt;Aquella noche en casa de Bud y Olla fue algo muy especial. Comprendí que era especial. Aquella noche me sentí a gusto con casi todo lo que había hecho en la vida. No podía esperar a estar a solas con Fran para hablarle de cómo me sentía. Aquella noche formulé un deseo. Sentado a la mesa, cerré los ojos un momento y pensé mucho. Lo que deseaba era no olvidar nunca, o dejar escapar, de algún modo, aquella noche. Ese es uno de los deseos míos que se han realizado. Y me dio mala suerte que resultase así. Pero, desde luego, eso no lo sabía entonces.&lt;br /&gt;—¿En qué estás pensando, Jack? —me preguntó Bud.&lt;br /&gt;—Sólo estoy pensando —le contesté, sonriendo.&lt;br /&gt;—¿En qué? —insistió Olla.&lt;br /&gt;Me limité a sonreír otra vez y a menear la cabeza.&lt;br /&gt;Aquella noche, cuando ya habíamos vuelto a casa y estábamos bajo las sábanas, Fran dijo:&lt;br /&gt;—¡Cariño, lléname de tu semilla!&lt;br /&gt;Sus palabras me llegaron hasta los dedos de los pies, aullé y me dejé ir.&lt;br /&gt;Más adelante, después de que las cosas cambiaran para nosotros y de que hubiese venido el niño, después de todo eso, Fran recordaba aquella noche en casa de Bud como el principio del cambio. Pero se equivocaba. El cambio sobrevino más tarde; y cuando ocurrió, fue como si les hubiese pasado a otros, no como algo que nos estuviese sucediendo a nosotros.&lt;br /&gt;—Malditos sean aquella gente y su niño feo —decía Fran, sin razón aparente, mientras veíamos la televisión ya entrada la noche—. Y aquel pájaro maloliente. ¡Por Dios, qué necesidad hay de esas cosas!&lt;br /&gt;Repetía mucho esa clase de cosas, aun cuando no volvió a ver a Bud y Olla desde aquella vez.&lt;br /&gt;Fran ya no trabaja en la lechería, y hace mucho que se ha cortado el pelo. Y también ha engordado. No hablamos de ello. ¿Qué podría decir?&lt;br /&gt;Sigo viendo a Bud en la fábrica. Trabajamos juntos y abrimos juntos las fiambreras del almuerzo. Si le pregunto, me habla de Olla y de Harold. Joey no aparece en la conversación. Una noche voló a su árbol y todo terminó para él. No volvió a bajar. «La vejez, quizá», dice Bud. Luego las lechuzas se apoderaron de él. Bud se encoge de hombros. Se come el bocadillo y dice que Harold será defensa algún día.&lt;br /&gt;—Tendrías que ver a ese niño —dice Bud.&lt;br /&gt;Yo digo que sí con la cabeza. Seguimos siendo amigos. Eso no ha cambiado nada. Pero tengo cuidado con lo que le digo. Sé que él lo nota y que desearía que fuese diferente. Yo también. Muy de tarde en tarde me pregunta por mi familia. Cuando lo hace, le digo que todo va bien.&lt;br /&gt;—Todo va estupendamente —le digo.&lt;br /&gt;Cierro la fiambrera del almuerzo y saco los cigarrillos. Bud asiente con la cabeza y bebe a sorbos el café. Lo cierto es que mi chico tiene tendencia al disimulo. Pero no hablo de ello. Ni siquiera con su madre. Con ella aún menos. Hablamos cada vez menos, ésa es la verdad. Por lo general, lo único que hacemos es ver la televisión. Pero recuerdo aquella noche. Me acuerdo de la manera en que el pavo real levantaba sus patas grises y recorría centímetro a centímetro el contorno de la mesa. Y, luego, mi amigo y su mujer dándonos las buenas noches en el porche. Olla le dio a Fran unas plumas de pavo real para que se las llevara a casa. Recuerdo que todos nos dimos la mano, nos abrazamos, diciéndonos cosas. En el coche, Fran se sentó muy cerca de mí mientras nos alejábamos. Me puso la mano en la pierna. Así fuimos a casa desde el hogar de mi amigo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-1924023270980799687?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/1924023270980799687/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=1924023270980799687' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/1924023270980799687'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/1924023270980799687'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2008/03/plumas-raymond-carver.html' title='Plumas (Raymond Carver)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-1177690569063219480</id><published>2008-02-18T09:07:00.000-02:00</published><updated>2008-02-17T20:25:19.713-02:00</updated><title type='text'>Escribir un cuento (Raymond Carver)</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;No es ninguna noticia fresca el que yo admiro y, en cierta medida, sigo la escritura del escritor norteamerciano Raymond Carver. Su relectura, hoy, en mí, alimenta otra vez un montón de mecanismos de escritura que, por algún tiempo, sospeché adormecidos bajo otros influjos. Hoy, a modo de una primera punzada a mí mismo sobre el tema, subo este texto que, en verdad, es un faro de discusión para todos los que estén embarrados en este asunto de la escritura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.&lt;br /&gt;Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.&lt;br /&gt;Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.&lt;br /&gt;Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la ÚNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.&lt;br /&gt;Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.&lt;br /&gt;Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Sólo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.&lt;br /&gt;Hace unos meses, en el New York Times Books Review, John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.&lt;br /&gt;Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.&lt;br /&gt;Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.&lt;br /&gt;En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.&lt;br /&gt;Tengo amigos que me cuentan que deben acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.&lt;br /&gt;En un ensayo titulado "Escribir cuentos", Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:&lt;br /&gt;"Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable."&lt;br /&gt;Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.&lt;br /&gt;Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.&lt;br /&gt;Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.&lt;br /&gt;Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma en el cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.&lt;br /&gt;La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-1177690569063219480?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/1177690569063219480/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=1177690569063219480' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/1177690569063219480'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/1177690569063219480'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2008/02/no-es-ninguna-noticia-fresca-el-que-yo.html' title='Escribir un cuento (Raymond Carver)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-6628162021727812112</id><published>2008-02-01T10:13:00.001-02:00</published><updated>2008-02-17T20:30:11.910-02:00</updated><title type='text'>El último (Haroldo Conti)</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Texto que fue origen de un trabajo sobre él y su literatura. Trabajo que subiré pronto, prometo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirian que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. También eso. Lo que posiblemente a nadie se le pase por la cabeza es que alguien pueda ser feliz justamente siendo el último de los hombres. Ni siquiera a mí mismo se me hubiera ocurrido hace un tiempo, cuando, dentro de mis alcances, luchaba con todas mis fuerzas para estar entre los primeros. Pero no es eso lo que quiero decir, al menos por ahora.&lt;br /&gt;Me preguntaba sencillamente cuándo empezó. Éste es un hábito que me queda de la otra vida, es decir, la vida de ustedes porque qué puede importarle a un verdadero vago cómo y cuándo empezó cualquier cosa. El día que se me quite esta costumbre habré alcanzado la perfección pero comprenderán ustedes que no puedo proponérmelo porque, ante todo, un vago no se propone nada, de manera que lo mejor es dejar así las cosas.&lt;br /&gt;Mezclando un asunto y otro, lo mismo me pregunté el día que, del brazo de Margarita, mis manoseos en Parque Lezama, que entonces no tenía esas malditas luces de mercurio que le alumbran a uno hasta el pensamiento, me encontré frente a un cura. Tal vez la cosa empezó ahí. No quiero decir que me tomara desprevenido pero de cualquier forma con el tiempo pareció que había sido así. Entonces me estaba preguntando cómo y cuándo fue que empezó aquella vida de perro. No es que hubiese dejado de querer a Margarita.&lt;br /&gt;Supongo que tampoco ella había dejado de quererme, a su manera. Pero justamente era esa podrida manera lo que me tenía desconcertado. Bastara que yo dijera blanco para que ella dijera negro. De saberlo un poco antes yo también habría dicho negro aunque estoy seguro de que eso tampoco habría servido para nada porque lo más probable es que entonces ella hubiese dicho blanco. Así era Margarita y no le guardo rencor.&lt;br /&gt;Quiero que comprendan esto. No le guardo rencor a Margarita ni a toda esa puta vida, como se dice vulgarmente y para abreviar. En ese caso no sería un verdadero vago, si bien tampoco lo soy del todo, aunque por otro motivo, como queda dicho.&lt;br /&gt;¿Me creerán ustedes si les digo que, a pesar de todo, conservo muy buenos recuerdos de aquel tiempo? Yo era feliz, también a mi manera, y si aquello terminó es porque no podía pasar otra cosa. Quiero decir que mis pies apuntaban en una dirección y los de ella en otra y la tristeza habría sido seguir juntos cuando cada uno tenía su camino por delante. En cuanto a ella, es posible que a estas horas esté maldiciendo al tipo aquel que se le cruzó un día en el camino, lo cual es muy propio de Margarita. Si dejara de hacerlo pues simplemente dejaría de ser Margarita. Eso es lo que trato de decir. Cada uno es una flecha lanzada en una dirección y no hay como dejarse llevar para acertar en el blanco, cualquiera sea.&lt;br /&gt;Hablando con estricta justicia más bien fue Margarita la que se me cruzó en mi camino y no yo en el de ella. Sin embargo, estoy dispuesto a reconocer que fue una simple coincidencia. Por coincidencia tomábamos el 48 a la misma hora, por coincidencia bajábamos en la misma esquina y, supongo que por coincidencia, un día me atravesó una de sus piernas entre las mías. En fin, otro día la acompañé hasta la casa y por coincidencia estaba el viejo en la puerta. Cuando quise acordarme estaba adentro tomando una copita de anís y hablando de la decadencia de las costumbres, un tema, como se ve, que puede terminar en cualquier cosa. En aquel tiempo yo era hincha furioso de Estudiantes de La Plata, cosa que todavía hoy no me explico. Los domingos iba a la cancha con toda la bosta en el camioncito de los hermanos Antonelli. La bosta fue lo que dijo Margarita el primer domingo después de casados que traté de ir a la cancha. Jugaban Estudiantes y Chacarita, lo recuerdo aunque no viene al caso. Hasta entonces la bosta habían sido "los muchachos", cariñosamente. Inclusive llegó a tejerme una bufanda con los colores de Estudiantes. Esto es lo que se dice astucia femenina pero yo digo simplemente la vida.&lt;br /&gt;Dije adiós a la bosta y me puse a trabajar como un condenado a trabajos forzados. Soy un tipo optimista por naturaleza, como ustedes habrán visto, de manera que con el tiempo hasta a eso le encontré el gusto. Los demás tipos, es decir, la verdadera bosta, gemían y crujían a mi alrededor. Yo en cambio pateaba alegremente la calle primero vendiendo seguros de La Agrícola y después caminos, esteras y carpetas de formio, coco y sisal. Los sábados me la pasaba cambiando los muebles de lugar, tapando las manchas de humedad y escuchando en todo momento los reproches y maldiciones de Margarita. Yo no escuchaba las palabras sino simplemente la voz y por inexplicable que les parezca esto me ponía más bien contento porque Margarita era algo vivo e intenso que me obligaba a tirar para adelante cuando los demás hacía tiempo que estaban muertos.&lt;br /&gt;Los domingos íbamos a comer a lo de los viejos y por la tarde veíamos la tele hasta que se nos saltaban los ojos. He oído muchas cosas contra la tele pero yo digo que es el mejor invento de la bosta. Por de pronto era la única manera de callar a Margarita. Entonces la sentía más viva e intensa, sólo que en otro sentido. Si no había manera de entendernos el resto de la semana en aquel momento nuestros cuerpos se acercaban misteriosamente y éramos una sola y misma cosa pendientes de aquel agujero en la pared. El agujero que digo era la tele, como se comprende, y convendrán ustedes en que es una imagen bastante feliz. De cualquier forma, ésa era la impresión. Bastaba con girar la perilla y entonces se abría aquel boquete en el mísero departamento de la calle México, 5 piso "C", al lado del ascensor, que no funcionaba la mitad de las veces, y el mundo se derramaba alegremente por allí.&lt;br /&gt;Ahora que lo pienso, tal vez la cosa empezó recién entonces. Yo me quitaba los zapatos en la penumbra, me aflojaba el cinturón y al rato estaba en las islas Marquesas, por ejemplo. Como dije las Marquesas pude haber dicho Hong Kong o Miami o el fondo del mar. En un par de horas saltaba de un lado a otro e inclusive de un tiempo a otro. Randall, Peter Gunn, Kentucky Jones, Maverick y hasta Gorila Maguila me resultaban tan familiares como mi viejo o mi vieja, por así decir, porque en realidad nunca entendí a mi vieja y apenas si conocí a mi padre. Hablábamos de ellos con Margarita como si vivieran en la misma cuadra y algunas veces les hablaba a ellos mismos, como si pudieran oírme. Opino que son todos unos grandes tipos, los verdaderos grandes tipos que se necesitan y no esos pelmas que salen en los diarios todos los días, y sinceramente me felicito de que los domingos se asomaran por aquel agujero para hacernos ver las cosas tal cual son.&lt;br /&gt;En cuanto a los avisos, que para muchos resultan la cosa más estúpida del mundo, nos divertían como locos. No sé qué sentido tiene pretender que nos echen un discurso con citas de algún gran tipo para vendemos una pasta de afeitar o un frasco de café instantáneo. Las cosas hay que tomarlas como son. Eso es lo que siempre he dicho. Para nosotros, en cambio, aquello fue una verdadera revelación. Yo,fpor lo menos, aprendí a apreciar las cosa recién entonces y hoy me parece perfectamente natural que una lata de tomates le hable a una cacerola a presión y que un reloj con voz de pito nos avise el momento de tomar tal o cual pastilla para la digestión.&lt;br /&gt;Quiero decir que las cosas están llenas de vida, o por lo menos muertas o vivas en la medida que nosotros estamos muertos o vivos, y que mis zapatos tienen algo que decirme con sólo que les preste un poco de atención. Que es lo que hago, justamente, cuando no sé para dónde tirar el primer paso.&lt;br /&gt;A Margarita le gustaba acompañar los jingles, mientras yo le hacía una especie de contracanto, y por lo que recuerdo fue la única ocasión en que oí cantar a Margarita. Por lo que a mí toca, muchas veces pateando la calle con las muestras de aquellas benditas esteras y carpetas y el mundo que se ponía realmente negro me bastaba con silbar una de esas musiquitas y el cielo se abría en alguna parte.&lt;br /&gt;En fin, que todo eso también terminó. Margarita le tomó fastidio a Mike Hammer que, según ella, en el fondo era un fascista hijo de puta y a mí que se me dio por defender al tipo como si fuera mi hermano. Total que un día, mientras volaban los tiros de un lado a otro detrás del agujero, Margarita le zampó la plancha justo en el medio. El televisor, es decir, el mundo saltó en mil pedazos y al principio creí que uno de los tiros me había volado la cabeza. Herido como estaba, tomé lo primero que encontré a mano, creo que uno de esos ceniceros hechos con un pistón recortado, y se lo tiré a la cabeza con tan buena puntería que cayó al suelo como si la hubiera tumbado un rayo. Todavía humeaba el televisor y ya estaban allí los viejos, el administrador y un cabo de policía con cara de patíbulo que parecía salido de la propia televisión.&lt;br /&gt;Cuando volví de la 2a el administrador todavía estaba allí, o simplemente estaba de nuevo allí. Es un detalle. Lo que me interesa señalar es que había llegado la hora de que cada uno echara a andar para su lado, sólo que en ese momento no me di cuenta. De todas maneras fue lo que pasó. La vida decide por uno las más de las veces y todo lo que queda por hacer es preguntarse un tiempo después cómo y cuándo empezó, lo que sea.&lt;br /&gt;Por esos días, y ésta es otra señal, quebró el tipo de las esteras y quedé en la calle, lo cual es un decir porque nunca había salido de ella. Las cosas iban tan mal entonces que en lugar de amargarme más bien me alegré. Sea lo que fuere que me reservara la vida nunca iba a ser peor de lo que había sido hasta entonces. Cuando uno siente deseos de darse la cabeza contra la pared ése es el momento preciso para las grandes cosas porque uno en realidad está tan limpio y vacío como si acabara de nacer.&lt;br /&gt;Claro que yo no pensé en eso. Eché mano de un par de diarios y en una página de los clasificados topé con el siguiente aviso: "Joven emprendedor con experiencia comercial para importante negocio". Allí estaba el destino. Me corté el pelo a la americana, me puse un saco sport con cueritos y al rato estaba golpeando en la puerta de una oficina en el segundo patio de una especie de gallinero en la calle Lima y que a primera vista no tenía el aspecto de un negocio ni de otra cosa importante sino más bien de una pocilga.&lt;br /&gt;Me atendió un tipo parecido al de "Patrulla de caminos" que sin mirarme siquiera dijo: "Usted es el hombre!" y se puso a hablar sobre el futuro, un futuro que no sé muy bien a quién correspondía, en todo caso a la humanidad en general y como tal proporcionalmente a mí también. Cualquier otro se habría dado cuenta de que el tipo estaba medio chiflado, por no decir del todo.&lt;br /&gt;En realidad eso me pareció a mí también pero en lugar de largarme como hubiera hecho cualquiera de ustedes en su sano juicio ya que nada bueno podía salir de allí, en el sentido de la bosta, me quedé escuchando al tipo tal vez por eso mismo. Quiero decir que esta clase de chiflados son justamente la sal del mundo sólo que la bosta se da cuenta demasiado tarde.&lt;br /&gt;El tipo hablaba como un profeta. Nunca he oído hablar a un profeta, por supuesto, pero me figuro que deben hacerlo así.&lt;br /&gt;Según me pareció se trataba de fundar una sociedad nueva a partir de la venta de lotes en mensualidades. Digo que me pareció porque, como siempre, yo más bien le prestaba atención al sonido de la voz y al aspecto general del fulano. Tal vez las cosas que decía no tuvieran mucho sentido pero igual era hermoso oírlas porque en medio de toda la roña sencillamente había un tipo que creía en algo distinto de lo que cree el resto de la bosta.&lt;br /&gt;Cuando terminó el discurso sacó un plano que extendió sobre el piso y comenzó a explicarme el aspecto más vulgar del asunto. Se trataba de unos lotes en San Vicente con el pomposo título de Barrio Parque "La Esperanza". Según el tipo aquélla era la tierra del futuro y estoy seguro de que estaba en lo cierto porque, como decía mi viejo, si hay algo que tiene futuro es la tierra, cualquiera sea. Solamente se trata de esperar el tiempo necesario. Lo digo aun de esta tierra en la que estoy echado y que, por ahora, no es más que polvo y silencio. Día vendrá. ..&lt;br /&gt;¿Pero para qué hablar del día que vendrá? Es el estilo que me contagió el tipo. Lo arreglaba todo con el día que vendrá.&lt;br /&gt;Cuando le pregunté cuánto me tocaba en todo eso, no del futuro, se entiende, sino de lo que pagarían por él me echó otro discurso. Yo lo miré a la cara y comprendí en el acto que era el destino el que me hablaba a través de aquel chiflado. De manera que tomé los planos, boletas y folletos que me dio y salí a patear la calle como si esta vez tirara de mí una fuerza desconocida y cada paso que diera de ahora en adelante fuese a abrir un camino entre la gente.&lt;br /&gt;Al domingo siguiente fuimos a San Vicente en una "banadera" que cargamos con los candidatos que habíamos juntado entre Requena y yo. Requena se llamaba el tipo. La mitad de los candidatos iban porque no tenían nada que hacer y seguramente habrían ido al mismo culo del mundo con tal de viajar de arriba. Antes de partir, desde la plaza Congreso, Requena enarboló una especie de estandarte e improvisó un breve discurso sobre el futuro, el día que vendrá y todas esas cosas. Los tipos quedaron desconcertados y uno preguntó si detrás de eso no estaban los comunistas. De cualquier forma subieron a la "banadera", Requena colgó el estandarte de un costado y zarpamos alegremente hacia esa tierra de promisión.&lt;br /&gt;Aquello era un desierto. Me refiero a los terrenos. Sólo faltaba un par de camellos y no me hubiera sorprendido que aparecieran en cualquier momento. La mitad de los tipos ni siquiera quiso bajar a cambiar el agua. Yo vi tan pronto como los otros que era un verdadero desierto y que lo seguiría siendo aún por mucho tiempo pero el sur me tiró siempre y la tierra pelada y vacía me llena de ansiedad, aunque no está bien dicho ansiedad, ni entusiasmo, ni ninguna otra cosa de las que ustedes dicen en tales casos.&lt;br /&gt;Es algo distinto. Yo sé que entre ustedes hay muchos que esperan el día, que quisieran sacudirle un puntapié a la vieja o al jefe o al primer botón que se les cruce en el camino y por eso me permito un consejo. No hagan nada de eso. No lo van a hacer de todas maneras. Vengan y miren la tierra vacía, así como la veo yo ahora, y tal vez las cosas les dejen de dar vueltas dentro de la cabeza y echen a andar por su camino.&lt;br /&gt;En ese sentido Requena tenía razón. Aquélla era la tierra del futuro, por lo menos para mí. De manera que eché a andar detrás del estandarte sin importarme un pito los tipos que quedaban en la "banadera". No tenían ni ojos, ni oídos.&lt;br /&gt;Requena plantó el estandarte en medio del campo y se puso a hablar. El viento traía y llevaba su voz y al rato nos pareció que hablaba la misma tierra. Así era aquel tipo. Yo sé que estaba solo y que en el fondo le importaba muy poco de nosotros porque sencillamente no necesitaba de nosotros ni de nadie y veía con claridad dónde ponía los pies. Mientras hablaba empezamos a ver que brotaban de la tierra casas, torres, fábricas, negocios, una estación del Roca, un supermercado, dos escuelas, cuatro edificios en torre y un lago artificial.&lt;br /&gt;Cuando terminó, los tipos siguieron haciendo cálculos y suposiciones por su cuenta y al rato había una usina, un cuartel, dos hospitales, un matadero, un frigorífico, un canal de televisión, un monumento a San Martín y por lo menos cuatro Bancos. Vendimos 15 lotes en total. Tres mil quinientos en la mano y 24 cuotas de mil. En los meses que siguieron vendimos otros 30 pero llegó el invierno y con las primeras lluvias un arroyito de esos que nunca faltan se salió de madre y de la noche a la mañana el desierto se transformó en un lago, casi en un mar interior. La policía tuvo que sacar en un bote a un tipo que había levantado una casilla.&lt;br /&gt;De la calle Lima nos mudamos a la calle Piedras. De Piedras a Bolívar. De Bolívar a Golfarini, que en realidad es una calle que no existe. Su verdadero nombre es Giuffra pero todo el mundo la conoce por Golfarini. Para Requena era una cosa u otra según los casos. Golfarini cuando tenía que cobrar y Giuffra en todos los demás. Les digo, de paso, que si quieren conocer una calle de la vida vayan alguna vez por ahí.&lt;br /&gt;A todo esto yo apenas si pisaba el departamento de México. Estaba todo el día en la calle o en uno de esos desiertos que loteaba Requena, marcando calles o clavando banderitas o plantando un letrero y atendiendo al mismo tiempo a los tipos. Era una vida vagabunda. Sólo que yo no era un vago propiamente dicho sino como un tipo perdido, hasta que tomara la medida justa de la tierra. Dormía en cualquier parte y comía salteado. Eso puede desmoralizar a cualquiera, para mí, en cambio, fue un gran aprendizaje. Uno duerme y come más de la cuenta.&lt;br /&gt;No me voy a poner en moralista ahora. Precisamente estoy echado sobre la tierra hace un par de horas sin hacer nada, como no sea pensar en esto que les digo. Además aunque no estuviera tirado aquí tampoco haría nada. En el sentido de la bosta, se entiende. De manera que soy el menos indicado para echarles un sermón, aparte de que me importa un queso. Pero quiero poner las cosas en su lugar. Hay que dejar que el cuerpo se maneje solo y no estarle todo el día encima. En ese caso se vuelve un estorbo y nos planta cuando todavía nos quedan un par de cosas por hacer. Eso fue lo que aprendí entonces. Cuando menos atención le prestaba más liviano y alegre se volvía. Es justo el cuerpo que necesita un vago.&lt;br /&gt;Las pocas veces que aparecía por mi casa (para llamarla de algún modo) entraba o salía el administrador. Sigue siendo un detalle. Margarita había dado vuelta el televisor contra la pared y no se habló más del asunto. En realidad tampoco hablábamos de otra cosa. No parecía guardarme rencor sino que se mostraba más bien solícita. Tal vez yo hubiera preferido que me regañara porque así me resultaba casi una desconocida, pero no tiene importancia. Cenamos una vez en casa del administrador y otra el tipo cenó en la nuestra. Ambos se interesaron juiciosamente en mi nueva vida y, supongo que por casualidad, también ellos hablaron del futuro. A cada rato nos mirábamos y sonreíamos. Dimos vuelta el asunto de todos lados pero la verdad que no daba para mucho.&lt;br /&gt;Lo de Requena tenía que terminar tarde o temprano, si es que iba a seguir mi camino. Fue por la venta de unos lotes en Garín. Trescientos veinte fabulosos lotes, 2a serie, barrio Los Tilos, sobre ruta pavimentada, 3 cuotas de anticipo y posesión 3 cuotas más. Los tilos brillaban por su ausencia y la ruta pavimentada era sólo un proyecto del año 34, pero de cualquier forma los lotes eran muy buenos. En una sola tarde vendimos 54 lotes. Yo mismo compré uno de tan entusiasmado que estaba con lo que decía. Y eso fue lo que me salvó. Los lotes eran buenos, como dije, pero resulta que ya habían sido vendidos en un loteo anterior. Cuando cayó la taquería estaba solo en la oficina y me salvé por un pelo porque, perdido por perdido, les mostré la boleta y les dije que era uno de los candidatos.&lt;br /&gt;No sé qué se habrá hecho de Requena pero donde quiera que esté allá va la vida. Era un gran tipo, a pesar de todo, y estaba vivo de la cabeza a los pies. Al principio, después que me largué solo, si alguna vez me sentía descorazonado pensaba en Requena y las cosas volvían a sonreír. Yo sé que debe estar en alguna parte sobre esta misma tierra hablando sobre el futuro y el día que vendrá y espero toparme con él un día de éstos, en la primera vuelta del camino.&lt;br /&gt;Había llegado mi momento. Con la poca plata que pude arañar en los bolsillos me compré una bicicleta de paseo. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver en esto una bicicleta. Si quena largarme todo lo que debía hacer era tomar el primer camino que se me pusiera por delante.&lt;br /&gt;Tienen razón. Sin embargo todavía estaba lleno de dudas y vacilaciones, es decir, en el fondo aún tomaba en cuenta a la bosta. De manera que me compré una bicicleta, como digo, le reforcé el cuadro, le alargué el portaequipaje, me conseguí un equipo de boyscout, me saqué una foto e hice imprimir un centenar de hojas en las cuales anunciaba mis propósitos, daba una serie de detalles sobre la bicicleta, fijaba metas y objetivos, recomendaba el uso de gomas Pirelli, por lo cual me habían pagado unos pesos, y terminaba con un par de consejos que saqué de un libro titulado La mansedumbre de las flores que me había regalado Margarita cuando andábamos de novios, seguramente para impresionarme.&lt;br /&gt;Cuando estuve listo le anuncié mis proyectos a Margarita para ver la cara que ponía.&lt;br /&gt;Contra lo que esperaba, le pareció la mejor idea que había tenido en toda mi vida. Entre ella y el administrador me ayudaron a terminar lo que faltaba, me proveyeron de vituallas y dinero, me sugirieron rutas prolongadas y desconocidas y, por fin, una neblinosa mañana de abril me despidieron junto con un grupito de curiosos que se había reunido en la vereda. Di una vuelta a la manzana seguido por un par de chicos y cuando pasé frente a la casa Margarita ya había desaparecido. Levanté una mano de cualquier forma y dije adiós a aquella vida.&lt;br /&gt;No voy a contarles los pormenores del viaje pero, en general, la pasé bien y todavía le estaría dando a los pedales si no fuese que estaba hecho para otra cosa. Es necesario que entiendan esto. Tengo en un gran concepto a los andarines, exploradores, raidistas y demás gente por el estilo, pero un vago es otra cosa. No establezco comparaciones. Son algo distinto, simplemente. Desde afuera parece todo lo contrario. Por eso comencé yo en esa forma, porque veía las cosas desde afuera.&lt;br /&gt;Por un tiempo me encontré a gusto con aquella vida. La gente me trataba bien. No me tomaba muy en serio pero estoy seguro de que más de uno habría cambiado su maldita jaula por mi bicicleta Alpina. A ése le digo que todavía está a tiempo.&lt;br /&gt;Allá iba yo silbando y pedaleando y el mundo tiraba de mí alegremente. Hasta que un día la verdad me golpeó en la cabeza, así de rápido y simple. Y fue el día que vi un verdadero vago tumbado al costado del camino. Estaba echado así como yo en este momento y aunque seguramente era la única persona que veía en mucho tiempo no se le movió un pelo cuando pasé junto a él arrastrando una nube de polvo. Sin embargo me bastó mirarlo a los ojos y comprendí en el acto. Yo iba de un punto a otro, él sencillamente estaba tumbado en el centro del mundo. Quiero decir que para mí las cosas se resolvían en distancias, estaban más o menos lejos y yo más o menos cerca, pero por mucho que me moviera no iban a cambiar demasiado.&lt;br /&gt;No pretendo que me comprendan, pero con sólo que hagan un esfuerzo sabrán lo que digo. Algunos, por supuesto. Los que todavía están vivos pero con el agua al cuello.&lt;br /&gt;Vendí la bicicleta en el primer pueblo que me salió al paso y volví al camino nada más que con lo que tenía puesto. Desde ahí arranca mi verdadera historia porque en cierta forma acababa de nacer. No les voy a contar esa historia porque sólo tiene sentido para un vago.&lt;br /&gt;Veo una nube de polvo en la punta del camino. Debe ser un camión.&lt;br /&gt;Solamente les digo esto. No tengo nada, de manera que tampoco tengo de qué preocuparme, lo poco que recuerdo, en los términos de ustedes, lo recuerdo como si fuera de otro y si miro para adelante pues sencillamente no espero nada, lo cual es la mejor manera de estar preparado para lo que sea. Debiera explicar lo que entiendo por estar preparado porque es un término más bien de ustedes pero no vale la pena y además el camión está cerca.&lt;br /&gt;Es un camión, efectivamente.&lt;br /&gt;Mi cuerpo se pone de pie liviano y contento. Es la ventaja que les decía. Eso me tiene constantemente de buen humor o a lo sumo de un humor melancólico, lo cual me ayuda a pensar en todas estas cosas que me enseña el camino. Estoy limpio y vacío en medio de él, de manera que siento la tierra como nadie podría hacerlo en este momento, excepto otro vago.&lt;br /&gt;El tipo me debe haber visto y tal vez se alegre porque viene solo. Extiendo mi admiración por los raidistas a los camioneros también. Por lo menos cuando están en el camino se parecen más a nosotros que a ustedes. Lo digo sin rencor.&lt;br /&gt;No sé a dónde me llevará ese camión ni qué será de mí el día de mañana. La verdad que el día de mañana no existe para mí y creo que por eso me siento vivo.&lt;br /&gt;Levanto la mano y el camión se detiene.&lt;br /&gt;Hace un rato era una mancha borrosa al extremo del camino. Sé que en este punto mi vida se cruza con la del tipo que trae encima y que a partir de ahora me nace otra vida, por así decir. Sé también que como estoy limpio y vacío le sacaré todo el gusto posible.&lt;br /&gt;Así una vez y otra vez.&lt;br /&gt;El tipo abre la puerta y agita una mano.&lt;br /&gt;¡Allá voy, donde sea!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-6628162021727812112?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/6628162021727812112/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=6628162021727812112' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/6628162021727812112'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/6628162021727812112'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2008/02/el-ltimo.html' title='El último (Haroldo Conti)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-6945544724112078111</id><published>2008-01-05T12:02:00.001-02:00</published><updated>2008-02-17T20:33:03.464-02:00</updated><title type='text'>Paratextos latinoamericanos. (Natalia Ferro Sardi)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Reseña Publicada en &lt;strong&gt;Revista Dazebao. Periódico cultural y social&lt;/strong&gt;, Año 1, Nº2, Ediciones de Barricada, Punta Alta, Agosto, p.16 (ISSN 1851-2755)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Bajo el sugerente título de Botero, Claudio Dobal, nacido en Bahía Blanca en 1979, reúne en este libro tres cuentos.&lt;br /&gt;Desde una efectiva heterogeneidad, a nivel de estrategias discursivas y de los argumentos elegidos, los relatos dialogan horizontal y verticalmente con corpus anteriores y circunstancias propias de la situación actual del autor y de sus destinatarios.&lt;br /&gt;En su conjunto los textos constituyen un intento, por parte del escritor, de insertarse dentro de una línea narrativa que recorre la historia de la literatura latinoamericana desde sus comienzos. La pregunta por la identidad de un espacio marcado por la violencia desde sus orígenes, recorre distintos géneros y manifestaciones culturales ensayando diversas interpretaciones. Las respuestas ofrecidas a lo largo de estas 177 páginas no son concluyentes y es ahí donde reside uno de los mejores aciertos de la obra.&lt;br /&gt;La elección del apellido del pintor colombiano, como nombre de la compilación, adelanta la posición política de Dobal desde el punto de vista temático y formal. Citar al otro, aún en el paratexto, es un gesto que implica el deseo de querer ser, en cierta forma, ese otro. Desde una perspectiva que privilegia lo grotesco se va a contar – en dos de sus acepciones: narrar y enumerar – el cuerpo subrayando su desborde.&lt;br /&gt;Los individuos que protagonizan estas historias comparten, de algún modo, con varias de las figuras de Botero su condición de marginales, excluidos de representaciones hegemónicas que fueron conformando imaginarios sociales. Ambos comparten, además, su condición de integrantes de sociedades cuyas instituciones están estalladas y forman parte de una cultura caracterizada por la brutalidad (“Carrobomba”, “Masacre de los inocentes”, “La guerrilla” y “La muerte de Pablo Escobar” pueden ser mencionados como ejemplos), la opresión y la injusticia.&lt;br /&gt;Tipos desilusionados, fracasados y desmoralizados, las criaturas de Dobal, observan los acontecimientos sin poder o sin querer modificarlos: “…tienen que salir a chorear o a revolver la basura de los otros porque no hay otra hay que hacerlo porque es así, quizá piensa el caribe. Ese caribe que también chorea. Que también sale a chorear porque es así.” (“Caribe”: 59) La existencia sigue siendo concebida como una fatalidad.&lt;br /&gt;En estos mundos narrativos sometidos y organizados por la ley de la oferta y la demanda, estos “otros” siempre distintos y distantes para el sistema, son reducidos a objeto, son materia, son carne, negociable, trasladable o intercambiable.&lt;br /&gt;En estas condiciones, las personas no poseen identidad, son lo que hacen, la función que cumplen o aquello que poseen. La escritura da cuenta de estos otros, de sus soledades y miserias, pero no habla desde, por o para esos otros. Los muestra inconclusos, siempre inaprensibles para una mirada ajena, extrañada. Y es precisamente en la problematización de la perspectiva narrativa, a través de un medido uso del adverbio (quizá) donde reside un segundo logro. Así una posible aserción sobre la identidad individual o grupal no es terminante. El significado flota más allá o más acá de interpretaciones monolíticas y se evitan, afortunadamente, maniqueísmos panfletarios.&lt;br /&gt;Encontrar la conjunción de tiempos que le permita dar cuenta de la complejidad de los conflictos que atraviesan este espacio y a este sector de sus habitantes, parecer ser una preocupación que otorga unidad al conjunto de cuentos.&lt;br /&gt;El primero de los textos, “Caribe”, invita a una doble lectura. Puede ser abordado como la historia de un hombre “al límite”. Alguien a quien los hechos le suceden sin que estos se encuentren, necesariamente, conectados por una lógica causal. Caribe, como un miembro más del grupo de “hombres auténticos”, en términos de Bourdieu, ve su virilidad puesta a prueba en cada acto. La narración muestra sin embargo un tipo desconcertado frete a estas mismas nociones y reducido a instrumento. Carne que satisface a la carne – la brazuca – cuerpo al cual se le arrebata el sentido final de sus acciones. Carne convertida en espectáculo y vendida al morbo del público desde la palabra tergiversada de los medios.&lt;br /&gt;“Caribe” también puede ser comprendido como la Historia de un espacio, inventada aún antes de ser descubierto, o mejor dicho, conocido. Un lugar sobreinterpretado, desnaturalizado, ajeno, siempre. Habitante y espacio se confunden en el verbo ser que los abarca. Los paralelismos sintácticos y semánticos otorgan al relato una morosidad que parece reproducir lo agobiante del clima, entendido tanto en un sentido literal como simbólico. Esta ambivalencia abre el juego al lector y vuelve interesante el texto.&lt;br /&gt;“Cartoons” refiere lo que le va sucediendo a quien era “literalmente un hijo de puta” (“Carita”: 75). Comparte este cuento con el que le antecede la pregunta sobre el lugar del padre y cuestiona los imaginarios familiares tradicionales que los discursos dominantes ponen en circulación. Los personajes trazados desde la exageración, parecen, justamente, dibujos animados.&lt;br /&gt;Lo alto y lo bajo, lo sagrado y lo profano, se reúnen sin llegar a fundirse en el tercer relato, en ese momento tan especial que es el carnaval. Dos historias, se narran de manera paralela: la de un rito consistente en una pelea de gallos involucra el destino de todo un pueblo; el desencuentro entre un joven y su novia después de una pelea durante el día de la celebración de esta festividad. Los relatos se irán intercalando mientras la tensión, en ambos, va en aumento. Diferentes tiempos y distintas culturas se encuentran unidos ante la expectativa de la llegada posible del caos, de la destrucción de un orden, que nunca llega. En esa espera y en la ansiedad que ésta genera se concentra la tensión del cuento. La carne reemplaza a la carne y todo vuelve a reiniciarse como en un ciclo.&lt;br /&gt;La galería de personajes femeninos que desfilan por estas páginas no trascienden la categoría de estereotipos. No obstante, los textos, en su conjunto evidencian un dominio sólido, por parte de Dobal, de la selección y combinación de estrategias narrativas. El lenguaje sugiere una violencia mayor de la que nombra. Esto genera que el impacto sobre el lector sea más firme. La carne, como metonimia de los sujetos y metáfora de un sistema, evidencia atinadamente el lugar de los cuerpos puestos en circulación dentro de una economía de objetos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-6945544724112078111?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/6945544724112078111/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=6945544724112078111' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/6945544724112078111'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/6945544724112078111'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2008/01/paratextos-latinoamericanos.html' title='Paratextos latinoamericanos. (Natalia Ferro Sardi)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-3864931901992431547</id><published>2007-12-09T11:30:00.001-03:00</published><updated>2008-02-17T20:32:43.282-02:00</updated><title type='text'>Entre caras carcomidas y caretas caricaturescas. (Ana Ojeda)</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Texto publicado en &lt;strong&gt;Revista El Matadero&lt;/strong&gt;, Segunda Época Nº5, Corregidor, Buenos Aires. (ISSN 0329-9546)&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;A propósito de &lt;em&gt;Botero&lt;/em&gt; de Claudio Dobal.&lt;br /&gt;Bahía Blanca (Buenos Aires), Ediciones de Barricada, 2006.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Aquél que no tiene con qué vivir no debe ni reconocer ni respetar la propiedad de los otros, ya que los principios del contrato social han sido violados en su contra.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Johann Gottlieb Fichte&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Están arribando a ese quilombo liminar que (sic), como empieza a decir el tipo del gamutón, mirándolo de afuera, sólo se puede ir a buscar historias sórdidas para contar o recordar; historias que caigan mal, que duelan, que molesten y que, por sobre todo, encrespen a las familias burguesas cargadas de ilusiones vanas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Claudio Dobal&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Partamos de la concepción que en su modalidad más canónica considera a Jorge Luis Borges el epítome del escritor argentino (y al hacerlo, correlativamente, lo imagina entre dos orillas), concepción que actualmente domina el sistema literario promocionado por los conglomerados editoriales transnacionales, empobreciendo de manera notable la diversidad propia del campo literario no sólo del siglo XX, sino también del actual. En este contexto, no puede sino saludarse de manera positiva —y efusiva— la iniciativa de Ediciones de Barricada, que propone Bahía Blanca como el ombligo del mundo o, para decirlo con Georgie, que transforma Punta Alta en el aleph de ese sótano ubicado en la calle Brasil: “Ediciones de Barricada aspira a posicionarse como un sello especializado en narrativa y ensayística atendiendo a coordenadas geográficas precisas: el sudoeste bonaerense —leemos en su sitio de Internet—. Demostrando de esta manera el carácter vivo y dinámico de la producción intelectual y literaria argentina que lejos está de reducirse a los centros decisionales, e incluso por los canales tradicionales. Bahía Blanca y su región es un campo intelectual y cultural rico aunque inexplorado. Toda una nueva generación de narradores e investigadores toman la palabra a través de nuestro sello y mediante tal acción se inscriben en el contexto nacional y latinoamericano de aquellos que instan, desde su lugar, a sumar sus aportes a los procesos de transformación cultural y política.” Ediciones de Barricada posee, hasta el momento, la Colección Cuadernos y la Colección Nueva Narrativa. Botero pertenece a esta última.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claudio Dobal (1979) nació en Bahía Blanca. Es profesor de literatura y se nota. “Caribe”, el primero de los tres relatos que conforman Botero, puede apreciarse a contraluz de aquella hermosa y portorriqueña Guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez. La narración comienza con el caribe (sic), amante de la brazuca (también sic) y chorro por encargo, que se descubre padre de “una tela que llora”. De comienzo moroso y avanzar lento, la narración de “Caribe” se basa en una repetición machacona de las palabras —típicamente guarachera—, palabras que aparecen una y otra vez, tanto, que por momentos logran que el lector bizquee. Esta dificultad de arranque, por un lado, potencia el impacto del corazón narrativo de la historia. Por el otro, se constituye en la de la solución que adopta Dobal en este primer texto para escribir la pobreza.&lt;br /&gt;Tal como apunta Rocco Carbone en otro lugar de este mismo Matadero refiriéndose a Grotescos de Crespi, en “Caribe” lo importante no es sólo qué se cuenta, sino cómo se lo hace. La historia se desarrolla en un espacio que es el centro de una disputa. De una parte están los hombres fosforescentes, con sus mujeres fosforescentes y sus casas fosforescentes. Ellos son los que saben leer, los que dominan los medios de comunicación (en especial, los diarios y la televisión), los que poseen, en fin, escritores que legitiman las prácticas fosforescentes y le otorgan a esa clase dominante el sostén ideológico que precisa. Frente a ellos encontramos a los hombres chapa, que se sueñan fosforescentes y se identifican, así, con quienes los consideran enemigos y los quieren erradicar, sacar del espacio que ocupan. Entre unos y otros, está el caribe, único dotado de conciencia crítica, capaz de comprender la situación en su totalidad, tal como es más allá de las apariencias: “Eliminar a los hombres chapa que se niegan ser hombres chapa. Que se creen hombres fosforescentes. Que no critican a los hombres fosforescentes porque les parece que son como ellos. Que no hacen nada contra la fosforescencia porque ellos se creen brillantes. Pero el caribe sabe la verdad. Sabe que ninguno de ellos es fosforescente.” (48) Esta capacidad, huelga decirlo, lo aleja tanto de los hombres chapa como de los fosforescentes: ambos lo desprecian, le tienen miedo y, en definitiva, quieren acabar con él.&lt;br /&gt;En este plano, el uso de las minúsculas para los nombres propios o apodos (caribe, brazuca, pedro —el escritor—) posee varias funciones. Por un lado, desencadena una polisemia sugestiva, instaurando una ambigüedad que seduce al lector, que lo lleva de un hombre a un lugar geográfico y de vuelta al hombre, sobre todo en la primera parte del texto. Por ejemplo: “Todo ahora es extraño para el caribe. Todo ahora es de otros (…) Y el caribe quiere que le devuelvan su música. Que dejen de usarla y dejen de usarlo. Porque ese caribe que ahora camina un poco más lejos de la vidriera no se va a acostumbrar nunca a ser usado. A que le usen la música como le usaron la tierra, el espacio, sus cosas, sus casas.” (19-20). Esta oscilación contribuye a volver más asfixiante todavía la creación literaria que Dobal hace de la pobreza. Pero por otra parte, y tal como señala Rocco Carbone en su reseña sobre el libro de Crespi, las minúsculas también pueden ser entendidas como una solución literaria que aspira a la universalidad de lo narrado. Se trata de identidades borrosas que carecen de nombre propio (también, por supuesto, de apellido), permitiendo la atribución de lo relatado a cualquier sujeto, a todos y a ninguno en particular. “Caribe” es, en este sentido, una historia épica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Cartoons” , la segunda pieza de Botero, ya no interpela la prosa guarachera de Sánchez y se va, más bien, al encuentro de Arlt. Este brusco cambio de tono es un acierto, ya que le da un respiro al lector y, en el mismo movimiento, constituye el primer texto en una unidad cerrada en sí misma y, en ese sentido, autónoma. El protagonista de “Cartoons” se llama Robertito y es, tal como se aclara en la primera frase del texto, un hijo de puta literal. Hijo de una puta que trabaja en el burdel del Griego, Robertito nunca conoce a su padre. Crece enamorado del pecho de Gertrudis (comparable al de aquella que se volvió ícono inolvidable de Amarcord), compañera de su madre, sintiéndose un poco el sobrino de Totó, un cliente transportista de profesión. Todo el cuento transcurre entre el burdel, la comisaría y la panadería de un italiano en la que trabaja Robertito. El ansia de diálogo con la literatura arltiana se encuentra dispersa en múltiples aspectos (y momentos) de esta narración. En personajes, ambientes y situaciones que sería verboso enumerar. Sin embargo, vale la pena mencionar que los errores de ortografía y sintaxis que campean a lo largo y ancho de “Cartoons” —y que, en su mayoría, están ausentes de “Caribe” y “Carnival”— pueden leerse como una opción por la “mala escritura” arltiana, es decir, como una elección consciente y funcional al mundo retratado.&lt;br /&gt;Si en “Caribe” aparecía la primera figura de escritor propuesta en Botero, en “Cartoons” nos encontramos con la segunda. Esta vez, el hombre se llama Ferrero y resulta la antítesis del ya mencionado pedro. Mientras éste puede pensarse como una puta fiel (a los dictados de la clase que &lt;em&gt;usa&lt;/em&gt; lo que él escribe), aquél es más bien, y en términos olivarianos, una amada infiel. En uno de los mejores momentos del libro (si no el mejor), Ferrero discurre de la siguiente manera acerca del oficio de escribir mientras asiste, junto con Robertito y Totó, a un show de strippers (durante el cual los tres aprovechan para, se podría decir, relojear a las chicas de abanico): “tenían toda la razón los que me dijeron que hoy no se puede ser escritor profesional. Que no se puede vivir de la escritura siendo escritor. Esa época ya pasó para nosotros (…) Acá, la verdad, para ser escritor en serio hay que dedicarse a otra cosa completamente distinta.” (112) Enfoque similar, como se verá enseguida, al expresado en 1929 por el poeta Nicolás Olivari en sus “Palabras que se lleva el viento”: “Trabajarán los artistas del poema nuevo en sus labores de atrofia. Serán empleados, obreros, mecánicos, médicos, abogados, diputados y aviadores, con la insensibilidad del condenado para siempre a la rutina de la jornada de 8 horas. Luego, en las ocho restantes, desarrollarán la imaginación en reposo y producirán la magnífica inutilidad de sus poemas por los cuales, con toda justicia, no percibirán un solo cobre.” (2005: 136) A partir de estas coincidencias, entonces, se podría pensar la identidad del escritor moderno como la propia incapacidad de ser tal, el hecho de tener que ser “otra cosa” para, paradójicamente, ser un escritor. Cartero (como Bukowski), pero también barrendero, son las opciones que baraja Ferrero, él mismo ex profesor de Lengua y Castellano de la Escuela No. 22. Al final, de todas maneras, terminará convirtiéndose en panadero y ocupando, significativamente, el lugar que Robertito deja vacante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegamos así a “Carnival”, último texto de este libro, en el que se emplaza un juego de espejos similar al de “La noche boca arriba” cortazareana. Por un lado, asistimos a la realización de un ritual indio en el que se decide la suerte del universo por medio de una riña de gallos. Uno, pintado de azul, simboliza el Orden, mientras que el otro, teñido de rojo, hace las veces de Caos. De forma inesperada, éste mata al primero. Los indios, entonces, se preparan para el fin del mundo. Paralelamente, en una ciudad moderna, la gente le da la bienvenida al Carnaval, festividad durante la cual : “(…) la calle era una pequeña revolución de muñecos. Todos imitaban a alguien. Todos querían verse distintos, aparentar ser alguien que nunca podrían ser”. Como se ve, esto retoma la problemática puesta sobre la mesa por “Caribe” y sus hombres chapa que se querían fosforescentes. A ésta, podríamos sumar otra problemática que también atraviesa los tres cuentos: el ansia de cambio entendido como revolución social, como instauración de un nuevo orden, distinto del ya existente. Una y otra logran darle a Botero una unidad que supera las fronteras de cada cuento y construyen, así, un todo articulado y orgánico. El tercer elemento que está presente a lo largo de todo el libro es la sílaba “car-”. En efecto, los tres textos que lo componen se llaman: “Caribe”, “Cartoons” y “Carnival”. “Cartoons”, a su vez, está dividido en “Carita”, “Caretas” y “Carnicería”. De esto derivo dos conclusiones. La primera: hubiera sido perfecto que esta reseña la hiciera Carbone; segundo: la repetición de esa sílaba inicial podría referirse a la voluntad de mostrar que todo es lo mismo, que las historias comparten una raíz común: el margen convertido en centro por el mero acto de narrarlo. Desde este punto de vista fonético, y ya para terminar, resulta sorprendente que el libro se llame Botero. O no tanto. Pintor y escultor colombiano nacido en Medellín en 1932, Fernando Botero creó un mundo en donde lo abnorme es la regla. Gordos inmensos pueblan sus obras, convirtiéndolas en espacios en donde lo monstruoso (en el sentido de lo no común) es lo normal. Tal vez, a eso apunte también este primer libro de Dobal: a crear un espacio literario para lo no común, para el contrafrente, para el revés, convencido de que: “Escribir es cuidarse de lo que se escribe porque lo que se escribe puede ser utilizado.” (Masotta 1965: 16)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bibliografía&lt;br /&gt;Masotta, Oscar, &lt;em&gt;Sexo y traición en Roberto Arlt&lt;/em&gt;, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1965.&lt;br /&gt;Olivari, Nicolás, &lt;em&gt;Poesías 1920 – 1930: La amda infiel, La musa de la mala pata, El gato escaldado&lt;/em&gt;, Buenos Aires, Malas Palabras Buks, 2005. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-3864931901992431547?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/3864931901992431547/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=3864931901992431547' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/3864931901992431547'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/3864931901992431547'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2007/12/entre-caras-carcomidas-y-caretas.html' title='Entre caras carcomidas y caretas caricaturescas. (Ana Ojeda)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113966546912489871</id><published>2007-09-15T10:43:00.000-03:00</published><updated>2008-02-01T10:21:24.110-02:00</updated><title type='text'>La silla del vacío</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;El texto que se publicó al final en la revista mencionada antes.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;La sociedad que hoy nos toca en suerte vivir se mantiene, como cualquier otra agrupación de personas, gracias a la violencia. No me refiero a la violencia en grado físico, sino a la otra, la que en realidad deja marcas profundas, la que vive encarnada – y personificada – en cada uno de los hombres que viven en comunidad, ya que son ellos mismos los que se adjudican el poder sobre el ejercicio de este tipo de violencia: la que se ejerce con la hipócrita pretensión – o creencia humana, lo mismo da – de ser inocentes frente a los hechos que suceden y que nos suceden. Esta violencia silenciosa, que se la quiere creer controlada, se marca con la ausencia de comunicación, con el lavarse las manos nunca antes más sucias de sangre ajena. Dicen que cada país, cada pueblo, tiene el gobernante y el tipo de gobierno que se merece, yo iría también un poco más allá: esto es sólo la última consecuencia – el final -, el acto que lo comienza, el verdadero génesis de esta violencia social está siempre mucho antes que se comience aún a pensar en formar un conjunto útil de personas, porque esta violencia es lo que permitirá ser sociedad, ser agrupación o ser partido; sin la presencia oscura de esta violencia en las almas de las personas nunca se podrá dar la combinación de intereses. Porque, en el caso de que una sociedad se disgregue en cada uno de sus habitantes, no habría posibilidad de echar culpas, ya no se podría decir: “yo no lo hice. Fue él.”. Con la formación de un grupo se tiene siempre la esperanza de que, en caso de fallar, poder aparentar la inocencia: al estar rodeado el hombre por otros hombres, tiene la libertad de señalar a esos otros como los culpables de todos sus males; y toda sociedad, con esa violencia encarnada en su seno, como un tumor, o mejor dicho como su propio corazón, está posibilitada en su ser para implantar en cada ciudadano el germen de la soledad actual, el germen de sentirse acorralado entre otras personas a las cuales poco importa nuestra existencia, salvo como chivos expiatorios.&lt;br /&gt;El hombre está rodeado de muchos hombres que a su vez son, para él, el más profundo y verdadero VACÍO. Un vacío que a su vez es la voz que lo acusa. Todos los otros se convierten en el gran ojo que mira detenidamente y que censura. Nosotros culpamos a los que nos oprimen, también culpamos de cobardes a los que se dejan oprimir; a su vez los opresores nos culpan a nosotros por no hacerles el trabajo más sencillo y los otros oprimidos nos culpan por ser igual que ellos. Entonces queda como solución el desligarse, el dejarse llevar por esa violencia completa. Y qué cosa más fácil en una sociedad como las que hoy día existen que el dejarse llevar: los medios ya están dados, ya nos está permitido todo tipo de vuelo; nos metemos de lleno en esa vorágine de velocidades, de pantallas que hablan, de palabras que, en su mayoría sólo nos hacen ver toda la basura culpable que nos dificulta la experiencia. Entonces quedamos solos, difamando a todos los demás, blasfemando contra el resto del mundo. La madre tiene a su hijo para poder cargarlo de sus complejos, el hijo crea a su madre para hacerla responsable de sus errores de mayor, el padre los culpa a ambos por haberle robado su libertad. Mientras tanto la comunicación, la verdadera, desaparece y surge el monosílabo o la golpiza.&lt;br /&gt;El problema, el único y verdadero problema de la caída humana surge en este estar sólo, en ese verse desnudo al espejo y ni siquiera reconocerse. Cuando el hombre descubre que la velocidad que le venden mediante los medios de “comunicación” – la misma que se plantea en la sociedad entera - sólo trae consigo el sentimiento de la mayor de las soledades, de una soledad completamente estática, donde los grados de rapidez son una ficción más de la absurda comedia que es la vida, cuando se da cuenta que esa velocidad no puede brindar excitación sino que sólo puede ofrecer una angustia compartida en silencio, el hombre encuentra en su caída la única salida posible a tanta pasividad. Pero, en cierto modo, el hombre no encuentra, porque tampoco busca: una vez que ha develado la violencia y la soledad en sus grados más estáticos, en sus grados más irreales, en el acto de una cúpula eterna e inamovible sobre la misa sociedad, no conviene que este hombre siga perteneciendo a los elegidos de la ignorancia: este hombre comenzó a pensar, mejor, entonces, tirarlo por la borda.&lt;br /&gt;A su vez, en el mismo momento en que ese sentimiento de no comprender al extraño se apodera de los otros, el hombre, el que piensa en su condición de hombre violento, cae, porque ya no entiende lo que está sucediendo. Y el pensar que practica es el de la incógnita, el preguntarse: “¿qué soy? ¿Qué hago acá?” y hasta el “¿de qué sirve vivir así?”. El no amoldarse a una sociedad que facilita y crea esos sentimientos en cada individuo, el hecho de querer resistirse a ser un pasivo más, son los primeros pasos que se dan en esa caída. Pero habría que ver también que esta caída no se da desde la persona, sino que inevitablemente es ayudada, apoyada y hasta estimulada por la violencia de la sociedad. Con el silencio, con su pasividad, con su ignorancia se ocultan los manejos de un mundo que se desenvuelve por medio de sistemas tan corruptos en donde el individuo es sólo un número, y cuanto mejor que, como un número se mantenga quieto en la hoja para poder realizar la cuenta, a veces suma, la mayoría de las veces, una resta. El hombre que ha caído, internamente, es aquel que puede, si se lo permite/en, levantarse con mucha mayor fuerza. Pero esto es lo que sucede en la minoría de los casos, ya que la caída general se experimenta en otros sentidos: el caído actual no es aquel intelectual que, harto de la hipocresía, comienza a buscar respuestas que sólo al tiempo podrá hallar, si no que el caído de esta sociedad es el despojado de las cosas materiales, el olvidado, el que vive en las villas, el que trabaja de oficinista estatal con un sueldo mínimo, el que es parte, en realidad, de la resta. Porque ni siquiera puede conformar parte del vacío, porque el vacío es productivo.&lt;br /&gt;El vacío es algo contra lo cual el caído reacciona, o al menos intenta reaccionar, porque es él mismo la causa de sus golpes. Me represento el vacío actual como un cuarto completamente cerrado con una silla en el medio. Una silla que gira continuamente y sobre la cual se pueden ver las paredes de la habitación. Paredes que están repletas de televisores encendidos, con volumen, todos, cada uno sintonizado en un canal distinto. Una gran atmósfera de confusión, de caos. Y aquel que se sienta en esa silla puede verlo y escucharlo todo, pero no entender ni una mísera imagen, ni una mísera palabra. Eso es el vacío. El vacío actual se basa en demostrar a los que la habitan que tienen el poder sobre todo. Un poder que es violento y compulsivo. Es un todo que se consume y no se degrada. Se infla en el cerebro y explota produciendo un derrame que dejará a cada uno que crea en estas “verdades” en un estado de coma muy útil para la sociedad. Y bueno, el caído intelectual tiene, aun, la posibilidad de sobrevivir, porque se ha dado cuenta de lo que sucede.&lt;br /&gt;Arthur Miller en su obra “Después de la Caída” habla de este levantarse, de este reconocer culpas y atribuciones. Pero la diferencia es que allí no existe el vacío, porque las particularidades ganan la batalla. Por más que estos sucesos privados estén representado una sociedad, el ejemplo no sirve en un cien por cien para ver lo que es en realidad una caída violenta auspiciada por el vacío social. Esa caída anterior que propone Miller se dio por causas muy diferentes. Los sucesos individuales siempre pueden cooperar a que uno se levante más fácilmente, ya que aislando uno puede dominar la situación. Pero, ¿qué sucede cuando esos sucesos son a nivel sociedad? ¿Qué le pasaría a Quentin si en realidad su caída no hubiese sido producto de sus problemas personales? No lo sé, pero quizás se puede hipotetizar que hoy día ese personaje sería uno de los que se sientan en la silla del vacío. Acomodado y tranquilamente narcotizado por el sonido y las imágenes; y no porque no sea un personaje que se deje llevar por eso, sino porque sería su única escapatoria real. La caída personal, aquella que surge de los problemas personales puede ser de ayuda para que el vacío gane su espacio y que esa persona termine en lo más profundo del abismo sin posibilidades de salir por no conocer los medios para hacerlo; pero realmente lo que produce la caída violenta de la que estoy hablando, la caída que Miller deja en una posición casi secundaria, es la que se da en el plano social, en donde las culpas están bien delimitadas por los dos bandos: el caído va a echarle la culpa a la sociedad por haberlo hecho caer y la sociedad va a decirle que él es el portador del defecto por no amoldarse a la vorágine del consumo. ¿Cómo poder amoldarse siempre a esa canibalización cuando es el mismo hombre el que es consumido? ¿Cómo poder decir algo contra esos caídos cuando en realidad son el pasto que dará de comer a los que aun no cayeron? Los olvidados, los que ya ni siquiera son vacío, son, en este caso, también parte del producto. Es gracias a ellos que se puede crecer.&lt;br /&gt;Como dije al principio, la sociedad se basa en la violencia. Es necesario que existan los caídos para que los elegidos puedan mantener su posición. Y frente a esta solución, lamentablemente, pareciera que el vacío es el único lugar de provecho. Así lo hacen creer. Así se lo consume. Y los que pertenecen a esa vacío lo entienden así, ellos son productos y productores. El despierto es el que sufre, ahora por no encontrar lo que está buscando, luego porque eso que encuentra lo desvela aun más y termina por convertirlo en un ser con la felicidad vedada. Lo mismo sucede con el que no dejan dormir: fuera del vacío socialmente, se mantiene comiendo lo que puede llegar a encontrar, desesperanzando a sus hijos desde el mismo nacimiento. Han nacidos condenados. Mientras tanto la falsa felicidad, la falsa sabiduría, sólo se acuesta con aquellos que se acomodan bien en aquella silla. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113966546912489871?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113966546912489871/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113966546912489871' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113966546912489871'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113966546912489871'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/09/la-silla-del-vaco.html' title='La silla del vacío'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113966521954806700</id><published>2007-02-11T10:37:00.000-03:00</published><updated>2008-02-01T10:24:20.438-02:00</updated><title type='text'>El después de la Caída</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Me había equivocado. El texto se llamaba así. Pero está bien igual. Esta es la primera versión del texto que posteriormente se tituló &lt;em&gt;"La silla del vacío"&lt;/em&gt; que salió publicado en una de las revistas &lt;strong&gt;Arje&lt;/strong&gt;. Espero que sirva como para comprender los rivetes del trabajo.&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El hombre anhela la caída. Busca desesperadamente esa sensación de vértigo que le inspira el no poder volver los pasos hacia atrás. El hombre desea caer sin un término, sin un fin programado de antemano. El hombre desea caer. Sólo caer. Desea colocarse la máscara de un ser sufriente, de un individuo vapuleado por los otros, por todos los otros; de un ser que no consigue salvar ni siquiera su propia existencia, un hombre que no tiene la posibilidad real de una total recuperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sociedad actual, tanto como cualquier otra sociedad que haya sucedido en el tiempo, se mantiene gracias a la violencia de sus habitantes. Son ellos mismos los que se permiten y adjudican el poder para ejercer de la violencia contra los otros. Esta violencia posee para cada uno de los individuos sociales la hipócrita pretensión de una inocencia absoluta en los actos realizados. Pero también, esta violencia es lo único que permite el ser sociedad, el mantenerse unidos. Porque en el caso de que una sociedad se disgregue en cada uno de sus habitantes no existiría la posibilidad de echar culpas, ya no se podría decir más “yo no lo hice”. Al estar rodeado el hombre por otros hombres tiene la libertad de señalar a esos otros como presuntos culpables de sus males; y toda sociedad, con esa violencia encarnada en su seno, como un tumor, o mejor dicho como su propio corazón, está posibilitada en su ser para implantar en cada ciudadano el germen de la soledad actual, el germen de sentirse acorralado entre otras personas a las cuales poco importa nuestra existencia, salvo como chivos expiatorios: el hombre está rodeado de muchos hombres que a su vez son la más profunda nada. Y cuando él descubre que esa velocidad sólo trae consigo el sentimiento de la mayor de las soledades, de una soledad completamente estática, donde los grados de rapidez son una ficción más de la absurda comedia que es la vida, cuando se da cuenta que esa velocidad no puede brindar excitación sino que sólo puede ofrecer una angustia compartida en silencio, el hombre busca en la caída de su propio ser la única salida posible a tanta pasividad. Pero, en cierto modo, el hombre no busca: luego de que son develadas la violencia y la soledad en su grado estático, en el acto de una cápsula eterna sobre la misma sociedad, la caída llega por si sola, sin necesidad de ser perseguida por nadie. El deseo de caer arremete contra el hombre. El no amoldarse a una sociedad que facilita y crea esos sentimientos en cada individuo, el hecho de querer resistirse a ser un pasivo más, son los primeros pasos que se dan en esa “búsqueda” inconsciente, al menos en este momento, de la caída personal.&lt;br /&gt;Uno no descubre ese anhelo de vértigo hasta que el deseo por la caída lo supera, el deseo de descubrirse en ese hondo pantano que puede llegar a ser uno mismo. En la caída ya no sirve declararse falsamente inocente; en la caída no existe la inocencia. Cuando todo lo que queda es la verdad individual, el no poder mentirse, ya que el Otro, el que oye los gritos de lo que sucede durante la caída, también la sufre; cuando el que grita y el que oye son la misma persona, uno se encuentra cara a cara consigo mismo en el trayecto que lleva hasta el fondo. La caída tan deseada ha comenzado: el hombre ha alcanzado su propio límite y lo ha sobrepasado por la sola necesidad de saber que se puede encontrar más allá. El hombre desea conocer, y por eso cae.&lt;br /&gt;Y luego de la caída sólo queda la aceptación: uno se encuentra rodeado de su propia soledad, de su propia violencia, en resumen: se encuentra encerrado con sus propios actos. Actos que lo arrastraron hasta donde ahora está. El hombre opta en el acto de la caída; elige, mejor dicho, su caída, y es por eso que no existe inocencia en ella. No hay CULPABLES, uno mismo es el único culpable. No hay acciones contra la Ley, pero uno sospecha que si las hay contra lo que uno considera Justicia Humana, y es por eso que el caído se siente igualmente traicionado por algo o por alguien: no cree que ese dolor intenso que ha sufrido haya sido deseado por él mismo, por eso su primer movimiento va a ser la búsqueda de otros culpables, para así poder adjudicarse el papel de víctima. Pero luego mira hacia arriba, donde están sus recuerdos, sus pensamientos y descubre que sólo queda eso, que sólo hay eso: pequeñas historias, pequeños detalles que le son propios y que lo han traído hasta allí y de los que es plenamente el único y absoluto responsable. Entonces llega el reconocimiento: son esos pequeños detalles los que permitieron que el deseo de caída se instalase. Porque no son el cáncer, ni la muerte, ni el peligro de una guerra nuclear lo que lleva al hombre al límite de la locura – y de la caída -, sino que son esos pequeños detalles, esas pequeñas cosas que nos suceden todos los días, que nos apabullan, que hacen que uno no pueda percibir ningún tipo de movimiento – excitación – fuera de esa soledad y esa violencia falsamente veloces que se le imprime constantemente al cuerpo desde la misma sociedad.&lt;br /&gt;Pero el hombre que ya ha caído tiene la ventaja de contar con un punto firme desde donde partir. Ha llegado a lo más hondo, se ha descubierto a si mismo sin el antifaz social. La vida vista después de haber caído tiene un sabor distinto: no sé si amargo; más bien seco diría yo: la sequía de haber caído y darse cuenta que todo ese dolor fue producido por el único hecho de no querer aferrarnos a nada. No extendimos los brazos porque, además de haber sido inútil, no hubiésemos experimentado el sabor del golpe.&lt;br /&gt;Y es por eso que después de la caída ya no existe la inocencia. El hombre es culpable por haber optado. La opción implica una elección y luego de ésta lo decidido pasa a ser responsabilidad de ese ser que ha optado. En esa elección se implica una encrucijada con el pensamiento. El hombre, frente a la opción, no puede ser inocente en el pensar, por más que haya optado impulsivamente, ese impulso implicó su ser, su persona. El hombre es lo que es a partir de sus acciones, no de sus palabras, con las palabras uno puede mentir, y mentirse, pero nunca nadie puede ocultarse de la realidad de su propia persona si se toman en cuenta sus actos. Por lo tanto al optar, al emprender ese acto de elección que lo lleva a la caída, el hombre deja de estar en la duda de la inocencia: el hombre luego de optar es plenamente culpable de su propia caída. En el agujero que le sigue a ese caer el hombre se encuentra consigo mismo como abogado, juez y parte. No hay más nadie; si quiere perseguir la salida a esa caída debe enfrentarse consigo mismo, preguntarse, acusarse y responderse. Después de a caída no lo abandonará la violencia y la soledad – incomunicación – será mucho más fuerte, pero esos son los precios de la elección. El que ha sufrido, más sufrirá; el que ha sido ofendido, muchas más veces tendrá que oír esos insultos, una y otra vez, como un eterno péndulo de imágenes que se irán desprendiendo en el pensamiento hasta llevarlo a la liberación o a la locura total.&lt;br /&gt;Pero una vez que se encuentra caído, en soledad – no en la soledad compartida sino en la soledad más amplia consigo mismo –, el hombre nuevamente opta que hacer con esos recuerdos, con esos pensamientos y, según pueda – o quiera – soportar y contrarrestar esa dominación, el camino a seguir será uno u otro. El hombre caído que no pueda canalizar esas obsesiones – porque una vez caído todo recuerdo, todo pensamiento se transforma en una obsesión -, que no pueda sobrellevar esa violencia que lo arrastró al límite, posiblemente salga a la calle a asesinar, violar y generar más violencia en otros, hasta llegar a la completa autodestrucción; mientras que el que intente aprovechar esos sentimientos hallará una posible salida a sus disgustos, aunque seguramente siga sufriéndolos de por vida. Recordemos que los grandes escritos del hombre son aquellos que surgen de los caídos en estas desesperaciones, porque la sociedad que los llevó a optar por la caída es la misma que festeja un desnudo total de su propia violencia. Las soledades y las violencias humanas se repiten en los textos al mismo tiempo que se suceden en las sociedades.&lt;br /&gt;Entonces el hombre que ha caído se encuentra con el otro hombre, con el verdadero Yo. Ya no es inocente: todas las culpas de su deseo de caída recaen en él mismo. Y es en ese momento cuando debe optar por reconocerlas o rechazarlas y, a partir de esa decisión, seguir delante de acuerdo con lo escogido, sabiendo que, pase lo que pase, ya nunca más podrá desligarse de esa elección. La caída representa la posibilidad, quizás la más sincera de todas, de conocerse a si mismo. Hay quienes saben aprovecharla, pero también hay quienes deciden seguir ciegamente su camino de alienación social, continuando con esa violencia estática que nunca llegara a demostrar nada más que la mentira en la que vivimos sumergidos. El declararse culpable a uno mismo, el despojarse de el estatismo de la violencia ficticia y sentirse, por fin, violento al optar, sentirse, en definitiva, vivo, es lo más valedero que nos puede sostener después de haber caído y experimentado el sabor del golpe. Hubo un tiempo en el que hemos optado, hoy perseguimos un pasado ideal, ese que hubiésemos querido tener; hoy deseamos cambiar nuestras elecciones pasadas. Pero ante esta imposibilidad temporal, la caída nos brinda el mayor acto de reconocimiento de lo que nos configura como hombres: la culpabilidad de poder elegir sabiendo que no se alcanzará nunca la calma – aún luego de haber caído -. La calma tan deseada es algo que le ha sido negado al hombre. En el paraíso bíblico Adán la poseía, pero como contrapartida le había sido prohibido el placer del conocimiento, le era negada la elección. Sus limites estaban impuestos y nunca debían ser superados, pero esos limites no eran creados por el propio hombre, no existía el conocimiento suficiente en la mente humana como para ser el que delimitase sus propios actos. Quizás aquella vieja manzana nos haya negado para siempre la calma, pero ese mismo objeto nos permitió el llegar a razonar, a elegir entre el Bien y el Mal. El reconocernos culpables no nos traerá sosiego, sino aún más y más intranquilidad. Una intranquilidad que muy posiblemente nos convierta en seres solitarios y violentos, pero activos. Una intranquilidad absoluta, una intranquilidad que viene emparentada con la capacidad de poder observar y descubrir la realidad de los hechos y problemas del hombre. Una intranquilidad que se da con el acto de sentirnos culpables de nuestras decisiones. La calma negada se convierte en el peso a sobrellevar después de la caída: sentirnos imperfectos por ser únicos, capaces de llevar a cabo nuestras propias vidas sin mimetizarnos con una sociedad que degrada.&lt;br /&gt;Por lo tanto, después de la caída llegan los verdaderos sentimientos humanos. Son sentimientos en estado puro: fuertes e incontrolables, pero definibles y observables por sus propia pureza. El hombre se convierte en su propio razonamiento, el hombre comienza a sentir toda esa fuerza y esa violencia que lo configura como un animal con la capacidad para pensar, porque ya no puede seguir al instinto de supervivencia que lo hace ser un ser social. El hombre pasa a ser un ente individual. Después de la caída siempre se renace; y el mismo hombre debe optar por cómo desea hacerlo. La caída nos pone nuevamente en una encrucijada; una encrucijada final: después de ella sólo sobrevive el Individuo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113966521954806700?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113966521954806700/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113966521954806700' title='2 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113966521954806700'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113966521954806700'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/02/el-despus-de-la-cada.html' title='El después de la Caída'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113923529935188539</id><published>2007-02-06T10:59:00.000-03:00</published><updated>2008-02-01T10:25:52.055-02:00</updated><title type='text'>Lo difuso de Patty</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;Este texto está subdio a pedido. Tarde, pero lo hice. Un texto que espero pueda comprenderse en relación. Siempre en relación. &lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/patty1.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 136px; CURSOR: hand; HEIGHT: 134px" height="185" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/320/patty1.jpg" width="200" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Patty Diphusa es un símbolo de La Locura de los Ochenta: mucho rock, mucho dance, muchas drogas, mucho sexo. Pareciera que todo esto es también lo que marca en cierto modo el cine de aquellos años mas jóvenes de Pedro Almodovar, padre, parte y quizás hasta matador de esa criatura que vive entre los decorados de Melrose Place y los de una película pornográfica de mala calidad. Patty Diphusa es la que escribe sus propias aventuras y reflexiones (en cierto modo memorias del presente), y es la que acertadamente deambula entre la ausencia de imágenes sugestivamente idiotas y alguna que otra idea a partir de esas letras introspectivas. Es el pensamiento que va más allá del simple acto, y es el acto del pensar que también deja sus espacios en blanco para que se llegue más allá. Lo que tiene Patty como escritora, y como símbolo, es esa sobredimensión de su propio YO, algo quizás que también marca que su yo es el mismo que los otros yo que la rodean: flashes más, flashes menos, la gente que se junta con ella, o con la que ella se junta, tiene esa inocente ilusión de ser el centro del planeta. El individualismo que no lo es tanto, un yo que desaparece entre tantos otros yo para transformarse en un uniforme todos. Ese es quizás el símbolo Patty Diphusa, esa todificación de la gente, esa uniformidad de la materia del cuerpo y la mente intentando conseguir sólo un placer casi efímero, y quizás, a partir de eso, una fama imperecedera dentro de la mitología de los suburbios.&lt;br /&gt;Por otra parte (quizás por la del principio), el apellido de Patty, Diphusa, indudablemente hace pensar en las dos acepciones que éste puede llegar a tener, porque lo difuso surge del mismo término que surge la difusión y, por tanto, lo difundido. Esa raíz común que los homologa y los iguala es la del verbo latino diffundo, que refiere al acto de derramar, verter, extender, en cierto modo, a la acción de esparcir. Se sabe que la difuminación de algo tiene que ver con ese esparcirlo para todos lados, dejando al objeto medio borroso, casi indefinible; pero el tema está en que lo que se difunde tiene, como punto principal, ese mismo esparcir una cosa, pero ya no con la intención de hacerla confusa, sino con la idea de que este objeto (información) llegue a la mayor cantidad de lugares posibles. Entonces, por más opuestas que estas dos acciones parezcan (y que también se puede ir más lejos aun y pensar que esparcir tiene ese significado cuasireflejo que lleva implícita la diversión) es bastante revelador por si sólo el hecho de que los términos mencionados posean un padre en común que los arrastre a un campo de incertidumbres y medias tintas por demás perturbador. Es interesante, sin embargo, ver como estas dos terminologias terminan por homologarse en una sola persona, en Patty que, como símbolo, juega perfectamente ese doble papel de informadora y perdida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo difuso de Patty muestra lo ancho de un lenguaje y una simbología cargada de elementos que sólo son decorativos, que son propios del escenario secundario de esa mala película en la que ella es la protagonista. Y esta difuminación tiene consecuencias posibles y antagónicas: por un lado esta dilatación puede permitir que se penetre al objeto-texto, o al sujeto-personaje, o al sujeto-escritor, desde puntos mas bien distantes y que, mal que mal, se le pueda sacar cierta idea (general y hasta obvia), aunque esto no provoque mucho más que una simple satisfacción temporal y casi imperceptible. Por el otro, esta dilatación, esta difuminación puede tener como consecuencia la mala focalisación de lo que se ha convertido en el blanco a detallar, como que esta mirada desde la neblina no termine de dejar claro lo que en realidad se busca con ese texto. Las ideas entonces, en uno u otro punto, terminan perdidas en una maraña de decorados que sólo servirían si lo que Patty estuviera haciendo fuera un filme. Pero esta difuminación es también la característica de su mundo privado, y del mundo privado de todos aquellos que en cierto modo viven en aquel subterráneo mundo de la exposición constante. No saben en realidad lo que quieren y mucho menos por qué pueden llegar a quererlo. Patty vive en un sueño constante, vive dormida, todo aquello que puede llegar a ver está visto desde lo difuso de una mirada a la que todo le resulta extraño y hasta novedoso, no porque en realidad lo sea, sino porque existe la necesidad de verlo así. Ella va mirando la realidad al mismo tiempo que mira lo que ella quiere que esa realidad sea; un estrabismo propio de aquellos que tienen un deseo demasiado intenso. Pero mientras que algunos saben promover algo mejor de esa realidad a partir de lo que se ve en los sueños, Patty y todos aquellos que siguen su ejemplo se conforman con la realidad y acomodan su mente para que continúe durmiendo el sueño: se pierde la real realidad y se la transforma en un imaginario más, en objeto de consumo por arriba del deseo.&lt;br /&gt;El objeto de lo deseado está allí y es imperioso que se lo consuma. Es lo que sucede, en cierto modo con los amantes ocasionales de este personaje: los ve y los quiere, los toma y los posee, los posee y los deja – esto siempre y cuando no sea ella el objeto, como sucede, no por casualidad, en su primer relato, el de la violación –. En ese mundo del consumo de la carne por la carne misma todos son objetos y sujetos al mismo tiempo, son todos pasivos y activos, todos son todo, que es lo mismo que decir que todos son nada, que es lo mismo que decir que todos son lo mismo. No hay una definición entre lo que se consume y lo que consume. La difusión es también propia de esa generación (¿sólo de ésta?) que poco interés tiene en darse cuenta que en realidad no puede no darse cuenta. Es como un gran virus que los va contagiando de a poco: la ignorancia es también parte de la contaminación de su sangre.&lt;br /&gt;Y Patty también sigue siendo símbolo en/de La Profunda Depresión de los Noventa, pero su transformación la mata, la deja convertida en un yo apocado, lastimero: solo. Patty protesta, busca respuestas y las encuentra de mala manera cuando increpa a su padre Almodovar. Los noventa son espacios de soledades, ya no hay un todos, sino que se ha identificado a cada uno de aquellos que eran el todo, se los ha separado y se les ha dado una prolija vida de empleados. Se acabó la locura y aquello que buscaba Patty: el contacto real en la comunicación, cuando no importaba si éste terminaba sólo siendo un fotograma mal sacado, porque en ella pervivían las sensaciones. Sus objetos de deseo, que a su vez eran la razón primera de sus escritos, resultaban consumidos con devoción, con éxtasis. Es la falta del sexo lo que implica una neurosis, un desarreglo interno en los personajes tanto en aquellos Ochenta como en estos Noventa. El sexo en la obra como en la vida es lo que marca el ritmo biológico del hombre. Hoy, ya en el nuevo milenio, ya con una Patty completamente avejentada, no es permitida la ausencia del deseo, si no carnal al menos de cualquier otra índole. Las sociedades del Dos Mil de todo hacen un fetiche, un objeto a idolatrar y perseguir. Pero a diferencia de la difuminación como un foco en que se pierde la realidad, en la maquinaria del deseo de estos días el objeto tiende a centralizarse, a iluminarse, a producirse de tal modo que resulte chocantemente reconocible. A su vez este reconocimiento es sólo de una imagen de lo que venden como una figura de consumo, y ya en realidad no importa si el consumo viene por parte de una videoteca o de un simple álbum de fotos, todo es posible de consumir. No era como en aquella Patty Diphusa que se permitía apariciones fugaces en la que sus seguidores y presas la podían tocar y manosear, aquí la diferenciación entre el acá y el allá está marcada claramente por esa línea que es la ensoñación, la búsqueda sin ninguna posibilidad de encontrar. Es como que cuanto más se tenga una imagen más cerca estará eso a lo que la imagen refiere: en la cabeza de los deseosos todo es posible.&lt;br /&gt;Pero las acciones son también ficciones. Todo contacto se hace por medio de algo virtual, de una imagen. La Locura de los Ochenta y La Profunda Depresión de los Noventa han desaparecido para darnos hoy ¿qué cosa? ¿Cómo se puede llamar a esta agrupación infinita de ojos que todo lo ven pero que nada pueden hacer para conectarse? Información/desinformación: actos de comunicación con ideologías preestablecidas. Es bueno remarcar que Patty Diphusa nació en una revista (medio de difusión) y no por casualidad es su “hermana gemela” del cine/televisión (otros medios difusores) la que la termina por relegar a un olvido medianamente voluntario. Cuando Patty se encuentra con Kika se produce el choque y la transmutación de una idea: del periodismo expositivo de la primera se pasa al fetiche de la segunda, todo en una misma cabeza y en sólo un diálogo. Pero ambas en cierto modo buscan lo mismo: comunicarse. Tanto una como la otra encuentran en esa búsqueda de las palabras o las imágenes que golpeen y despierten un contacto con el mundo a partir de llevar al limite la propia experiencia de conocerse. Y esta búsqueda también tiene su correlato en la búsqueda de esas cosas para contar, la búsqueda de una vida que permita ser develada al público y que genere sentimientos – ya sea de desagrado, de asco, de admiración o de simple gusto –. Y en Patty esa vida es la propia, y se muestra cómo ese tipo de vida termina por consumirla: vivir para no pensar, abarrotarse de vida para quemar la mayor cantidad de tiempo inmóvil posible.Si bien Patty-libro está vivo y crece, y arrima al lector hasta la Leo de La Flor de mi Secreto (otro personaje que desesperadamente busca comunicarse, difundir sus pensamientos en cuantos cuerpos quieran aceptarlos), Patty ha quizás desaparecido como lo que era. Hoy día también se intenta abolir la realidad, pero el escape no es la vida, como lo era con ella, sino que hoy el abolir la realidad es sobredimensionarla, darle tanta característica de real que se termina perdiendo su fuerza. El único móvil es la inmovilidad, la seguridad de un lugar cerrado que permita sentirse protegido vaya uno a saber por qué o por quién. Hoy la vida misma ha perdido su categoría de real para pasar a ser sólo una ficción más a consumir ya no con el éxtasis del contacto, sino con todo el ocio del deseo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113923529935188539?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113923529935188539/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113923529935188539' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113923529935188539'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113923529935188539'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/02/lo-difuso-de-patty.html' title='Lo difuso de Patty'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113899220141968437</id><published>2006-02-03T15:38:00.000-03:00</published><updated>2006-02-03T15:59:57.413-03:00</updated><title type='text'>Queen of pain</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:78%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Texto escrito en septiembre de 2001, en ocasión de releer la novela de Lewis Carrol escuchando, como fondo, la maravillosa performance de Alanis Morisette del tema de The Police. Un texto que hoy me sigue interpelando por su lectura actual de narraciones epocales, y que hasta hoy no había visto la luz.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;p&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/Sin%20t??tulo11.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/_1237682_carroll_alice300.jpg"&gt;&lt;img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; CURSOR: hand" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/320/_1237682_carroll_alice300.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Leer &lt;em&gt;Alice’s Adventures in Wonderland&lt;/em&gt; implica entender que muchas veces la materia textual se hace impenetrable. En este caso lo impenetrable se da por el uso y abuso de los juegos del lenguaje, algo que sólo puede ser apreciado leyendo el original ingles o remitiendo contantemente a las innumerables notas. Sin embargo, esto no imposibilita la lectura ingenua – esa que puede ser hecha desde el gusto –, ni mucho menos corta las posibilidades de entrada para un estudio del texto, la historia o los personajes. Sin ir más lejos, esta obra ha sido objeto de diversas interpretaciones: desde ver en Lewis Carroll un fetiche por las niñitas hasta observar de que modo se está criticando a la sociedad aristocrática de aquel momento. Bien se conoce que Alice se escapa a su mundo porque no puede soportar el que le ha tocado en suerte vivir. En un mundo en donde continuamente debe decir y hacer aquello que le es obligado decir o hacer es imposible que el crecimiento de esta chica corra por caminos aledaños. Entonces: las maravillas. Allí ella puede ser ella misma, allí ella es la niña-mujer que se enfrenta a la Reina, que discute con el Huevo sabelotodo, que se atreve a crear su propia historia. Sin lugar a dudas este viaje es un viaje de aprendizaje, pero este aprendizaje se da en un ir y venir, no en un recibir continuamente.&lt;br /&gt;La queja de Alice viene del lugar común: la opresión de la misma sociedad aristocrática dominante es la criticada poniendo esta crítica en los ojos de un distinto – de una nena en este caso, de un náufrago con Gulliver –. Sin embargo ese distinto también es un igual: no se trata de un esclavo, no es un marginado social, es uno que es “lo mismo” pero que se ve como “lo otro” porque no responde a los estímulos sociales – esos que configuran la mente y el comportamiento del hombre – como debería responder. En el caso de Alice es mucho peor, porque está en la edad en donde los estímulos externos funcionan como modelador de una personalidad, de una conciencia crítica de la realidad.&lt;br /&gt;Hoy Alicia – ya no Alice – vive en un mundo que presenta un continuo de estímulos. Hoy ni Alicia ni ningún otro hombre puede estar solo consigo mismo sino que debe manejarse de acuerdo a lo que todo el resto conforma en su cabeza como lo “correcto”. Para aquellos que tienen las posibilidades, una forma de responder a los estímulos que marcan el nivel de vida es exhibir su propia riqueza; para aquellos que no las tienen, esos estímulos se convierten en exclusivo deseo, algo que está allí para indicar la inexistencia y, por sobre todo, la diferencia. Además, estos estímulos aparecen desde el primer momento de vida y, dejando de lado aquellos que puede o no dar una familia, marcan pronto lo que va a ser el comportamiento posterior.&lt;br /&gt;Hoy los estímulos sociales están hábilmente dirigidos a los más pequeños, ya que en ellos se puede producir un adoctrinamiento para que acepten ciertas ideas tomándolas casi como algo natural. Por ejemplo, la mayoría de los niños conocen (y expresan) a muy temprana edad cosas relacionadas al sexo que antes se veían como algo extraño o al menos privado. Actualmente hasta los dibujos animados se basan en gratuitos componentes de sexo, violencia y tienen valores demasiado problemáticos hasta para un adulto. Eso, en una cabeza en formación, cala más profundamente, haciendo una huella que quizás no se pueda borrar, porque, sumándose a estas situaciones exteriores, el modelo de educación plantea una clara deficiencia no sólo en cuanto a contenidos sino también en cuanto a cómo atraer la atención de los chicos: los maestros muchas veces no se encuentran capacitados para lidiar con situaciones que lo sobrepasan, porque en las respectivas academias continúan con sistemas de aprendizajes agotados por el tiempo y, hoy día, inútiles. No sólo existe una falencia en los contenidos de la escuela sino también, y por sobre todo, en lo que se refiere a la forma de estimular a esos chicos para que puedan leer por si solos los entrelineas de aquello que les llega muchas veces como un objeto para clasificar clases sociales.&lt;br /&gt;Hoy Alicia vive en una pelota de pockemon junto a un millón o más de Alicias que esperan ser liberadas para la lucha. Ya no se permite la lectura interpretativa. Es mucho mejor que los chicos sepan eso que dice el manual y que lo repitan tal como está, total no importa, total los que quieran aprender – y puedan costearlo – todavía tienen que pasar por otros niveles de aprendizaje. El tema está en que hay que entender que un pueblo ignorante – o mal educado – es un pueblo que sirve para ser carne de cañón en cualquier tipo de enfrentamiento. Alice lloraba porque su vida era aburrida, la queja del escritor es siempre la de un hombre que puede darse un tiempo porque lo tiene; en cambio Alicia, esta nena de pelo oscuro, con la cara sucia y con los dientes torcidos, no puede quejarse, porque le han quitado la posibilidad del llanto. Porque llorar, para ella, es casi como reconocer que es menor que los otros. Esta Alicia que ni siquiera tiene su país, que las únicas maravillas posibles son las que vienen por el televisor, es en verdad la reina del dolor. Porque su dolor es silencioso, y es un dolor que luego traspasara a sus hijos, haciéndolos nacer ya con una desilusión y una falta de esperanzas que los transformara en famélicos sobrevivientes antes que en personas.&lt;br /&gt;Todos somos sobrevivientes. Todos estamos en una lucha continua. Pero, por ejemplo, yo escribo estas líneas mirando la pantalla de mi computadora, al lado del calefactor.&lt;br /&gt;Nada más. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113899220141968437?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113899220141968437/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113899220141968437' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113899220141968437'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113899220141968437'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/02/queen-of-pain.html' title='Queen of pain'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113864626091192201</id><published>2006-01-30T15:32:00.000-03:00</published><updated>2006-01-30T15:37:40.953-03:00</updated><title type='text'>Teatro Kartoon</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;em&gt;Escritura crítica sobre Mauricio Kartun y sus obras completas. Aparecida anteriormente en uno de los últimos números de la revista &lt;strong&gt;Arjé&lt;/strong&gt;.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Teatro Kartun&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Kartun Mauricio, &lt;strong&gt;Obras Completas&lt;/strong&gt;, Editorial Correg&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/saltoi%20.jpg"&gt;&lt;/a&gt;idor. 1993.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teatro actual es acción. Es movimiento. Es quizás una marca más de lo que la cultura del cine show nos ha dejado. Es cierto, no se puede negar que a la mayoría de los personajes del teatro actual no se los deja pensar. O si lo hacen tienen que ser pensamientos homologables con los de este lado del escenario, cuanto más elemental mejor. Lejos estamos de las diferencias radicales entre las características alta y baja de los actuantes en la tragedia y comedia aristotélicas: hoy un personaje debe ser igual que cualquier espectador. Existe el culto a lo normal, a lo conocido. La reverencia ha dejado de ser el centro fundamental. En el teatro de hoy día, las leyendas dejaron de ser fruto de unas imaginaciones de altas cumbres; hoy, las leyendas del teatro, las ficciones, se conforman de arrabales y campo, de ciudades en decadencia y sueños que nunca se podrán cumplir. Esto es el teatro de la acción contemporáneo. Se habla menos. Se transforma todo en un ir y venir de la cámara entre múltiples personajes o personalidades. Es demostrar la realidad a partir de la ficción. Pero sin tantas cortinas.&lt;br /&gt;El teatro argentino es cada día un sector más olvidado. Sólo se recuerda por medio de las grandes aperturas de ciclos en Mar del Plata, cuando el verano infecta la ciudad feliz con múltiples puestas en escena que van desde las producciones más prolijas hasta las más opulentas. Las primeras serían esas que se presentan en teatros minúsculos, bares o en espectáculos al aire libre, de entrada más barata, y en donde ya la misma recepción – en caso de lugar cerrado – puede ser tomado también como una obra de arte; entre las segundas se cuentan las que se presentan en teatros enormemente caros, donde infaliblemente la gente va para olvidar, y en donde, al mejor estilo de la comedia aristofanesca, se mezcla la burla sencilla a los gobernantes y personalidades reconocidas con lo exclusivamente revistoso de un montón de mujeres semi en pelotas que muestran que tener cincuenta años no significa no estar “espléndida”.&lt;br /&gt;No voy a hablar del segundo grupo. Tampoco del primero. Mauricio Kartun no es conocido por el público, no se lo asocia ni a uno ni a otro. Es más bien un escritor, un docente, un dramaturgo que ha tendido mucho éxito en el exterior y que aquí es quizá un tema “sólo para entendidos”, opacado sí por la fama de otros “próceres” del espectáculo como Suar o Franccella. En Argentina – al menos – no se conoce a los autores, se conocen a los actores y, si funciona, quizás a la obra. Tampoco voy a hablar de la puesta en escena de este autor, en cambio voy a comentar algunas de sus obras en el papel, ya que Corregidor ha sacado, en dos tomos, la obra completa escrita hasta hoy – está exenta la de sus primeros años, la que era representada en la calle.&lt;br /&gt;Mauricio Kartun escribe para el pueblo. No por casualidad sus personajes son gente común, gente que uno puede reconocer, admirar, aborrecer o encariñarse con. Pero son gente y eso es lo que importa. Mezcla de tango, historietas, Beckett, Aristófanes y Sandokan, Kartun refleja la vida de personas que, como cualquier otra, se hacen reconocibles, se hacen palpables. Desde el pibe que sueña con ser Misterix por el simple hecho que desea escaparse de una realidad que lo abruma, hasta el nuevo Pistetero – criollo – que crea su ciudad de cemento y cal en los aires, todos buscan “algo mejor” aunque en realidad no sepan muy bien para donde tienen que ir o, como en el caso de los personajes-personas de “Cumbia morena cumbia”, hasta cuando tienen que esperar (bailando). Ese es el juego que se divide entre la espera o el movimiento. En escena todo se desarrolla por medio de la acción, pero dentro de la escena, en ese mundo, la quietud es quizás la mejor manera de descubrirse siendo, existiendo como ajeno a un mundo que prefiere caminar en vez de avanzar. Los personajes, en realidad, huyen sabiendo que, quizá o seguramente, esa no es la solución que los saque de eso que viven. Pero ellos huyen. Ya sea bailando obligados un pericón eterno manejado por extranjeros piratas, ya sea masturbándose contra una almohada en la terraza, la mente juega su juego veladamente, convirtiendo todo también en algo no muy distinto. La catarsis sigue funcionando pero ya no como un temor o como una compasión para con el que sufre allá arriba, sino más bien como un recuerdo que se asoma, como una risa entre melancólica y lastimeramente irónica. Allí es su mundo, unas tablas que no lo son tanto, un escenario que se confunde con la realidad y en donde el nivel de uno y otro lado se distorsionan hasta llevarnos a un estado de comprensión e incomprensión absoluta. Comprensión como reconocimiento, como sentimientos que se agolpan; incomprensión como una realidad que sólo le pertenece a los personajes. Son sus mundos más privados los que salen a la luz y aquí, a diferencia de los que sucede con los nuevos programas de “experiencias reales grabadas durante veinticuatro horas por cámaras que todos sabemos donde están”, uno se siente intruso, sabe que no es ese el lugar donde debería estar, porque, aunque diferente, ese que está allí arriba, en el pequeño mundo-escenario, es uno mismo, y hay un montón de espectadores que lo están mirando. Eso es lo que logra la literatura de Mauricio Kartun, un reconocimiento, la ilusión de estar leyendo y a su vez estar presenciando la obra de una vida, de un momento de una situación tan real y tan reconocible como cualquier otra.&lt;br /&gt;Desde la gauchesca hasta la novela de aventuras, desde la historia a la anécdota, desde los superhéroes hasta los indios de la pampa, el autor nos impregna con realidad. No deja escapar de entre sus líneas lo político, lo retiene y lo hace propio; porque en realidad de eso siempre se ha tratado el teatro, de mostrar una situación, un estado de las cosas que puede o no gustarnos, pero que en su mayoría no nos conforma. Lejos del panfleto, acostado con el pensamiento vivo, lejos de la ficción, cerca de la autocrítica, los escritos se hacen muchos más vividos, mucho más cercanos, para cualquier argentino, aunque estas obras se representen alrededor de todo el mundo. Están allí, ellos son hijos de una serie prolongada de mestizos euro&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/tapa-misterix.gif"&gt;&lt;img style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 219px; CURSOR: hand; HEIGHT: 268px" height="261" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/320/tapa-misterix.gif" width="193" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;pamericanos.&lt;br /&gt;Si bien la escritura es de problemáticas universales, sus personajes viven en villas, no en suburbios, en el campo, no en el country, sus carnes se pudren en la bodega, no conocen el freezer. Los extranjeros son la ficción: los piratas, los griegos, y hasta Misterix – a pesar de estar visto desde la perspectiva del deseo – son los que resultan en realidad extraños, por su lenguaje, por sus acciones, aunque se parezcan bastante a las de “ciertos” argentinos. Son los otros, de eso no cabe ninguna duda. Porque sus ilusiones, sus proyectos, van más allá de lo que cualquier argentino nativo o nacido de inmigrantes, cualquier mestizo o ilegal podrían tener. Ellos no sueñan con poder cantar una chacarera, con llevarse a la paraguayita regordeta a la cama, con que la chica linfa del barrio se quede con uno, con que al fin los viejos nos acepten como somos y por lo que somos y de una buena vez liberen a todos los “yo” que alguna vez fuimos, que nos dejen en paz, que nos consideren personas en vez de indios de circo... “Bueno, ¿Qué más da?” se parece escuchar entre líneas. Es el fracaso antes del comienzo, porque si bien a medida que leemos parece haber, aún, alguna esperanza, es el destino del tango el que gana todas las batallas. Y esa es la diferencia. Porque si bien los autores norteamericanos contemporáneos, que si uno presta atención son los más representados, se aferran a la derrota y al tema de la caída del sueño americano, ellos son del Norte, no tienen una idiosincrasia semejante a la que un latinoamericano pudiese tener. Sus personajes no hablan como una persona de barrio, ni como un pibe de la villa, ni como un viejo de uvas en el patio de atrás, ni como un gaucho reventado de tanto escaparse. Eso es otra cosa. Son dos mundos diferentes. Pero, ¿por qué gustan más aquellas que no identifican?. Simple, la gente que les da el éxito a las derrotas norteamericanas son los que, como los personajes de Kartun, desean ser otra cosa. Sueñan, en sus terrazas de cemento, con ser Superman o el Hombre Araña, y ven mucha más dignidad en la derrota estando en la lejanía. Allá ellos; es mirándolos que uno experimenta la verdadera catarsis aristotélica. Hasta pareciera que Kartun no ha inventado nada. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113864626091192201?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113864626091192201/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113864626091192201' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113864626091192201'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113864626091192201'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/teatro-kartoon.html' title='Teatro Kartoon'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113836808530250514</id><published>2006-01-27T10:17:00.000-03:00</published><updated>2006-01-27T10:21:25.370-03:00</updated><title type='text'>Dramaturgia</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;En la misma revisión de papeles viejos (gracias a haber finalizado con mis trabajos pedagógicos para el profesorado en Letras - por eso mi ausencia -), una teoría sobre la producción y crítica de teatro. Pilar fundamental para comprender mis textos que apuntan a este objeto tan dilemático. Aparecido en una revista &lt;strong&gt;Arjé&lt;/strong&gt;, se resignifica, al menos para mí, en la actualidad de la escritura.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ensayo de Improvisación&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;“El drama es la realidad &lt;/em&gt;&lt;em&gt;en que &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;atraparé la conciencia del Rey”&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;William Shakespeare.&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Acto I. Escena primera.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Se abre el telón y...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un hombre está sentado en su trono real. Un trono real formado de cadáveres humanos en descomposición perpetua. Cada vez que se lea esta línea esos cadáveres echarán ese olor a muerte. Penetrante. Último y principio.&lt;br /&gt;El hombre mira hacia el frente. Se reconoce sentado en el mundo de tablas y telones. Su mundo. El único que conoce. El único que le es permitido conocer. Allí existe. Allí tiene su única y uniforme existencia. Y el hombre mira. Pensativo. Mira hacia un espectador que puede ser usted o puedo ser yo. El hombre mira. Fija su mirada. Intenta descubrirse en el juego milenario, en la batalla continua entre el personaje y el espectador, sintiendo la lucha interna entre el actor y el receptor de unas líneas configuradas hace tiempo. El hombre se siente. Se siente ser en ese personaje de rey y se descubre gozando de un papel que le ha tocado. Él es. Él es el funcionario de una catarsis, él es quien lleva sobre sus espaldas el peso infinito de echar a andar un andamiaje fijo. Porque está La Letra, están los paréntesis, hasta se logran ver, de pronto, las bastardillas de un texto más o menos riguroso, están también las notas a pie de pagina, las anotaciones al margen hechas por un antiguo lector. Pero por sobre todo está la incesante ausencia del resto, de lo no-dicho, de lo que se logra escapar de La Letra. Palabras que están tan figuradas como el mismo papel que las sostiene. Y el hombre, sentado en su trono real hecho de cadáveres, observa lo que sucede detrás de la cuarta pared, porque por más que se la niegue, allí está, impenetrable y a su vez tan fácil de traspasar. Sólo basta una lágrima, una miserable lágrima, por más interna que sea, para que el hechizo se rompa y las tablas y los telones de ese mundo de ese rey terminen por inundar la sala con esa podredumbre, con esa inmundicia que se quedará pegada en el otro.&lt;br /&gt;El hombre mira. Realiza, según el guión, según La Letra escrita, el riguroso silencio. Ni un minuto más ni un minuto menos. El sol debe pasar por el agujero que ilumina su corona, es menester que antes cante el gallo para que él pueda, siquiera, pronunciar una letra. Y el hombre espera. Y el otro, el que observa, que puedo ser yo o puede ser usted, también se hace participe del misterio a develar. El hombre no habla pero en la cabeza del otro, de aquel que ya no tiene otro mundo que de las tablas y los telones, se comienza a vislumbrar La Letra que debería estar escrita, obviamente reglada. La Letra que debería seguir luego de un gran silencio. Sin embargo...&lt;br /&gt;Sólo se huele el crimen. El maldito crimen que produce tantas muertes repetidas una y otra vez. La representación de el asesinato del arte en el arte. La tragedia en la tragedia, y como si nada. Está allí y no se la ve, porque pareciera que La Letra debería hablar de otra cosa. Poder, sí, envidia, también. Sexo... lujuria, ambición, reinados que no gobiernan, bufones que dicen la verdad, el mundo e un carnaval de mascaras serias... y el hombre, pese a todo, se silencia. Se silencia porque debe esperar el punto exacto en donde el olor de sus muertes ahogue al otro. Que perciba que allí existe el olor del dolor, y que no puede sentirse ajeno de él. Porque ese dolor es, también y casi sobre todo, el dolor que, si está dispuesto, lo acompañará de por vida. Es una cadena que deberá arrastrar, pesándole en el cuerpo y en la mente. La mente. ¿Qué pasará por la mente de ese rey en su trono de huesos y carne podrida? El perdón nunca fue su dios, el arrepentimiento jamás podrá llegarle a tiempo como para alcanzar las puertas del paraíso. Ese personaje, ese actor, este trono, pertenecen al infierno. Su ser es la traición y, debería decir La Letra, es la más perfecta de las traiciones. También debería decir en La Letra que no debe siquiera sospechar que puede, alguna vez, ser enjuiciado. Su alma no va a tener un juicio religioso, o si lo tiene no va a importar. Será el mismo otro quien lo condene para los siglos de los siglos, algunos, la mayoría, continuando una tradición oral que se impone como La Letra aprobada. Y, lamentablemente, así perdurará para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;No-acto II. Escena única.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Podría decir que este teatro habla de luchas de poderes y no estaría dando ninguna primicia. Lo sé. Por eso es mejor no decirlo. Entonces sería mejor borrar la primera oración de esta parte y empezar de nuevo... El personaje se mueve, pareciera que escucha mis pensamientos y me indica algo. ¿Qué querrá decirme? ¡Hablá! ¡Decí algo! No, el silencio. Y ahí es el poder. El poder del autor sobre la piel del personaje, el poder que se ejerce desde el adentro sobre el afuera y, lo peor, el poder que se respeta. Porque no deseo decir que exista una critica, sino más bien una no interpretación y un aceptamiento general de las reglas ya impuesta. ¿Y si hay silencio? ¿Cómo se puede interpretar? ¿Cuántos entenderían ese sistema? Se cree, igualmente, que el poder del que se habla es el del hombre particular, de los problemas de los hombres como individuos en una sociedad, pero actuando en solitario. Pues bien, pero habría que preguntarse por qué el contexto de La Historia. Pareciera que La Historia, lo pasado, permitiera hablar de sociedades corruptas, de reyes endemoniados, de negaciones homicidas. Y sin embargo, como se sabe, está el presente con el cual esa Historia debe hacer un contacto, una interrelación. Este tipo de teatro se sigue representando porque muestra caracteres humanos definidos, y porque a su vez se olvidan los otros, los secundarios. Y la pregunta sería: ¿qué tipo de critica se puede realizar, seriamente, al reino cuando es el mismo reino quien acepta esa critica? El lugar pareciera estar puesto para permitir una expresión de arte y a su vez mantenerla todavía en su poder. Entonces vuelvo a la primera línea borrada y digo que podría decir que este teatro habla de luchas de poderes. Retomo la idea y armo el párrafo. Ya no tengo que empezar de nuevo.)&lt;br /&gt;El personaje se mueve frente a mí, que puedo ser el otro, como también puede serlo usted. Atención, va a hablar/actuar La Letra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Acto III. Escena prevista.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El rey se mueve. Parece que dice algo pero sólo se acomoda los labios que están cansados de no decir nada más que La Letra y de hacer nada más que las bastardillas. El rey se transformaría en trono si es que en La Letra lo dijera o si, acaso, hubiera un espacio en blanco. Pero no, configurado por la escritura de un Autor, de un Dios de su mundo de tablas y telones, se le es prohibitivo no morir de otra forma que no sea aquella que le han escrito para él. El personaje representa un personaje, nada más. Su vida se desarrolla en un solo momento y es sólo en esas humildes y, quizás, terribles líneas que él puede, pudo y podrá hacerse llegar al otro. Y el otro, que puedo ser yo o usted, en este momento quizás ya no le importe, se siente capaz de hipotetizar sobre lo que él va a decir. Seguramente dirá que algo huele a podrido en el reino, vaya novedad: porque yo soy la podredumbre, yo soy el cuerpo de la descomposición. El fármaco que debe desaparecer como la mancha del pueblo. Yo soy el causante y su salvación. Yo... ¿acaso importa ya mi nombre? Soy esto y podría ser también aquello. Soy un ser revestido de características que rayan con lo universal, soy un personaje, un hijo más de una mente que funciona siempre a partir de una participación en aquella lucha eterna. ¿Cuántos podría ser y yo seguiría siendo el mismo ser? El ser que, dentro de un reducido mundo de tablas y telones, desemboca en la tragedia, en los llantos, en las lágrimas de terror. Yo soy lo muerto una y otra vez, lo inmortal de la muerte. Soy el doble asesino, el triple o el más asesino del mundo de las tablas y los telones. El poder, el afamado poder, el alimento sublime que supera al néctar de los dioses. El poder humano, el deseo irrefrenable de verse revestido en un atuendo real, en los nuevos trajes del emperador. Un poder que, como ellos, es invisible y deja ver, como si uno fuera desnudo, el alma que hay detrás del personaje, el tipo. Porque la genialidad de mi Dios se hace acción a partir de tipos definidos, de figuras repetidas una y otra vez. ¿La solución? Que sus hijos sean parte de un todo que los aglutina. Personajes de un mundo que puede, también, representarse dentro del mundo.&lt;br /&gt;Y allí, la magia, la maravillosa escena de la unión de los mundos, de la subordinación falsa de los mundos opuestos por un telón. Me reiría si pudiera. Realmente disfrutaría si supiera que ustedes creen que lo que están viendo aquí es una fantasía y sólo una mera fantasía de la mente de uno, mi Dios. Quizás sí lo sea, no podría negarles esa miserable afirmación salvavidas, pero no todo lo es así, tan tajante, tan indivisible. La realidad es que la ficción es sólo una máscara más. La ficción es mi personaje, y el de todos los otros personajes. La ficción es lo que se ve, lo que se encuentra sin necesidad de buscar. Pero ¿y lo otro, lo que está allí con todas las pistas ocultas para ser encontrado. El error, señores, lo que se escapa del molde divino? Esta allí. Aquí, ahí nomás, frente a sus desinteresadas narices de espectadores. Lo que es realmente preocupante, lo que es en realidad un crimen, lo que es en realidad digno de la condena más fuerte, del castigo más supremo, es el que no se den cuenta, o peor, el que ni siquiera les interese. El olor del error está. El olor de lo subterráneo se huele como la mismísima muerte, pero usted, otro miserable, sólo se tapa la nariz y se la empolvorea con talcos perfumados. Y entonces el otro se remueve en la silla, mira el programa y busca desesperadamente encontrar el argumento de la obra. Ni siquiera habla de una escena semejante. Mientras tanto, el rey sigue en silencio en su trono de cadáveres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Anti-acto IV. Escena actual.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Y también podría decir que este teatro es violencia, es empuje descarado hacia el otro que no reacciona. Y eso sí lo voy a decir, porque me lo dicta La Letra. El teatro siempre ha sido provocación. Ya sea positiva como puramente física. Por lo menos alguna parte del hoy múltiple mundo de tablas y telones ha sido como una patada a la ingle en busca de alguna respuesta. Pero todo depende de qué patada sea; está aquella que sólo deja pensar en el dolor; está la otra que permite pensar en una respuesta, en un próximo paso a dar cuando el dolor, que ahora no lo es tanto, se escape. Y el universo, porque parece más conveniente hablar de un universo, se comienza a conformar con mundos que no sólo son de tablas y telones; comienzan a aparecer la vereda y la calle, las sábanas y el cerámico, el cemento y las múltiples luces y, aunque los mundos cambien y se multipliquen, sólo algunos deberían merecer denominarse propios del universo de las tablas. Los otros son extranjeros en un mundo que han usurpado. Son expansionistas en un mundo que no les es propio pero les es útil. Y sólo entonces, con las fuerzas de las presiones, caen las plumas y el cuerpo quedará desnudo, mientras que en otro lado que en realidad es el mismo, alguien utiliza las tablas y los telones para armar su propio castillo. Tablas y telones ahora son iguales a los cadáveres del trono. Son simples servicios para permitir que el rey se siente y controle, y mantenga a sus súbditos callados. Este mundo, el de allí arriba, se ha convertido en un espacio prostituido. Sólo quedará volver a los orígenes, a los pequeños espacios, a la búsqueda de lugares sin tantos relámpagos que deslumbren para poder apreciar, al menos por un tiempo corto, antes de que el mismo cerebro pida más explicaciones, antes de la búsqueda de los errores, de las rendijas por las cuales entrar a La Letra, digo, para poder apreciar antes que suceda todo eso, la desaparición de la cuarta pared.)&lt;br /&gt;Mientras tanto, el rey sigue en silencio en su trono de cadáveres y el otro ya siente La Letra como propia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Acto V. ¿Escena real?&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Ser o no ser? ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Cuántas múltiples interpretaciones se han dado para estas cuatro palabras? ¿Alguna acaso tiene un acercamiento a lo que hoy pasa? ¿Ser o no ser?, ese es el dilema de un millar de personas alrededor del mundo. ¿Acaso un escriba no se pregunta eso, o un obrero, o un maestro? ¿Qué es ser? ¿Qué es no ser? Hoy por hoy se podrían contar con los dedos de una sola mano a las personas que en realidad son, porque vivimos rodeados de figuritas, de máscaras, de personajes que pretenden ser, pero que en realidad ni siquiera se pueden acordar de cómo era ese ser. El simular ha ganado el espacio de lo que se es. Simulando se es pero en función de otros que estimulan esa simulación porque la requieren vaya a una a saber por qué. La verdadera necesidad de ser que puede tener uno se aliena y desaparece en la máscara. Y, sin embargo, aun se puede ver en la sociedad una crítica hipócrita a la simulación que se descubre. Y, mientras tanto, otros simuladores, los que no son descubiertos, siguen sus vidas simulando ser. “¿Qué me importa?”, podría decir yo o usted. Pero no, allí están demostrando que el no ser, el simular ha ganado espacio. Son todos no siendo, son una sombra de lo que podría llamarse un individuo. Al final, uno desde las tablas parece estar observando un teatro del otro lado: si no miren a su alrededor, ¿cuántos de ustedes toman la expresión “salida cultural” como vestirse con las mejores ropas y pagar no sé cuanto dinero para que los otros miembros de la sociedad los puedan ver en un teatro y murmuren que eso está bien y que bien vestido está esta noche? El simular no se puede descubrir por otro, pero, cuando uno simula, internamente sabe por qué en realidad está simulando: no se siente tan seguro de ser como para ir tranquilo por la calle. Yo soy, no puedo negarlo. Soy una mierda de persona, pero al menos soy. Porque nadie cree en mis engaños, nadie en realidad cree que yo sea una buena persona. Ese es mi ser, para mí y para los otros, así lo ha escrito mi Dios. Es mi ser y no lo voy a negar. Puede que existan miles de actores diferentes que interpreten mi ser, pero todos ellos tendrán la obligación de saber que, a pesar de mi condición de secundario, soy lo fundamental de la obra. ¿Quién, si no, para planear las muertes? Por eso digo que poco importa el hecho de que me llame como me llamo. Mi nombre podría haber sido cualquier otro e igual hubiese surgido el efecto. Porque el nombre aquí es lo de menos. Soy un representante más de lo mi Dios quería demostrar en estas tragedias: no importa si eres bueno o malo, igual vas a morir con el peor de los sufrimientos. Vean para comprobar la muerte del loco, de aquel que se dice loco, de aquel que quedará en la historia como el mártir, el sufriente, mientras que yo, seguramente quedaré como el malparido, el peor de los asesinos. Pero ni siquiera eso me preocupa: la sangre es la ley y su derramamiento la escritura. Siempre estará el derrotero de plasma continua que va y viene por los pisos de las tablas aunque en realidad no se pueda ver, sólo quedará la percepción. El veneno de la sociedad está infectando sus mentes. Y esta sociedad de antaño, aunque sigan fingiendo, es la misma que la que ustedes pueden tener ahora. La analogía existe y es clara. Y es eso lo que se denominaría error, eso es lo que se llamaría podredumbre. ¿Cuántos de ustedes salen diciendo que lo bueno de la obra es el personaje principal, su sufrimiento, su desvarío fingido...? Y me pregunto: ¿cuán hipócrita puede ser su confesar cuando internamente anhelan haber entendido siquiera lo que él intentó decir, cuáles sus causas, sus móviles, su locura? ¡Yo! ¡Yo lo soy! Es a mí a quien deberían entender en relación con él. Y yo... yo lo hice. ¿Por qué? ¿Porque tenía ansias de un poder que me había sido negado? ¿Acaso son tan inocentes de pensar eso? Sí, otro, seguro que sí. Pues debo advertirte que te has convertido en uno más de los cadáveres de mi trono. Aquí está la cabeza, tu cabeza, en donde beberé a tragos tu dulce inocencia, o tu idiotez, o tu maldito ocultamiento. Eres parte del trono porque has atravesado esta falsa pared, has llegado hasta mí, y te has quedado conmigo, cuando en realidad es a mí a quien deberías haber poseído. Te digo, no hago lo que haré una y otra vez por el deseo sino por la obligación de verme sujeto a La Letra. ¿Y cuál es mi motivación? Pues el deseo, aquí sí el deseo, de demostrarte que mi muerte es ficticia. Que esto sólo podrá suceder en un mundo de tablas y telones. ¿Por qué? Porque ustedes, incrédulos, ni siquiera pueden ver lo que hay de realidad, de anacrónico en la representación. Sólo les bastaran los bufones para burlarse, con la verdad, de ustedes que ahora ya son cadáveres de este sistema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Extra-acto VI. Escena foránea&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otro se revuelve. Allí el poder. No el poder dentro del mundo de las tablas y telones, sino el otro, el que lo supera, el que contamina lo que circunda. Ese poder sí está en la obra de su Dios. Pero ese poder es también La otra Letra, la catedrática, la que impone leer de tal o cual manera La Letra que se representará. No se habla de lo no-dicho, apegados al poder de la palabra no se atreven a leer entrelineas de las entrelineas. Estará, como el mismo rey, acodado por siempre en su trono de cadáveres, cadáveres que luego serán el otro asustado, que puedo ser yo o puede ser usted, el otro que no se atreverá jamás a ver otra cosa que no sea la que ya le dijeron; lo ya dicho entabla su cabeza y no dejará crecer jamás su mente. Y entonces el otro debería levantarse y agradecer el que el rey le haya gritado. Deberá agradecer haberse asustado con sus palabras que, quizás, hayan provocado y superado a Las Letras. Deberá agradecer, por lo tanto, el silencio. Sin embargo, aun todavía, queda La Letra, ella esta, existe. El rey mira hacia el otro mundo y dice...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Acto VII. Escena final&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Rey: Tu teatro ha muerto. El teatro recién comienza a partir de mí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;... y telón.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113836808530250514?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113836808530250514/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113836808530250514' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113836808530250514'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113836808530250514'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/dramaturgia.html' title='Dramaturgia'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113830328533026974</id><published>2006-01-26T16:17:00.001-03:00</published><updated>2008-02-17T20:33:26.177-02:00</updated><title type='text'>Tripas. (Chuck Palahniuk)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Este cuento salió publicado en el suplemento Radar, del diario Página/12. Me lo recomendaron y aquí queda. Es del escritor de el club de la pelea. Bon Appetit. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Tomen aire.&lt;br /&gt;Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que logren retener el aliento, y después un poco más. Así que escuchen tan rápido como les sea posible.&lt;br /&gt;Cuando tenía trece años, un amigo mío escuchó hablar del “pegging”. Esto es cuando a un tipo le meten un pito por el culo. Si se estimula la próstata lo suficientemente fuerte, el rumor dice que se logran explosivos orgasmos sin manos. A esa edad, este amigo es un pequeño maníaco sexual. Siempre está buscando una manera mejor de estar al palo. Se va a comprar una zanahoria y un poco de jalea para llevar a cabo una pequeña investigación personal. Después se imagina cómo se va a ver la situación en la caja del supermercado, la zanahoria solitaria y la jalea moviéndose sobre la cinta de goma. Todos los empleados en fila, observando. Todos viendo la gran noche que ha planeado.&lt;br /&gt;Entonces mi amigo compra leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos los ingredientes para una tarta de zanahorias. Y vaselina.&lt;br /&gt;Como si se fuera a casa a meterse una tarta de zanahorias por el culo.&lt;br /&gt;En casa, talla la zanahoria hasta convertirla en una contundente herramienta. La unta con grasa y se la mete en el culo. Entonces, nada. Ningún orgasmo. Nada pasa, salvo que duele.&lt;br /&gt;Entonces la madre del chico grita que es hora de la cena. Le dice que baje inmediatamente.&lt;br /&gt;El se saca la zanahoria y entierra esa cosa resbaladiza y mugrienta entre la ropa sucia debajo de su cama.&lt;br /&gt;Después de la cena va a buscar la zanahoria, pero ya no está allí. Mientras cenaba, su madre juntó toda la ropa sucia para lavarla. De ninguna manera podía encontrar la zanahoria, cuidadosamente tallada con un cuchillo de su cocina, todavía brillante de lubricante y apestosa.&lt;br /&gt;Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus padres lo confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora, que ha crecido, esa zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de Navidad, cada fiesta de cumpleaños. Cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado espantoso para ser nombrado.&lt;br /&gt;Los franceses tienen una frase: “ingenio de escalera”. En francés, esprit de l’escalier. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta, pero es demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien lo insulta. Bajo presión, con todos mirando, usted dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces, la magia. A usted se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho. La perfecta réplica humillante. Ese es el espíritu de la escalera.&lt;br /&gt;El problema es que los franceses no tienen una definición para las cosas estúpidas que uno realmente dice cuando está bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que uno en verdad piensa o hace.&lt;br /&gt;Algunas bajezas no tienen nombre. De algunas bajezas ni siquiera se puede hablar.&lt;br /&gt;Mirando atrás, muchos psiquiatras expertos en jóvenes y psicopedagogos ahora dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes era de chicos que trataban de asfixiarse mientras se masturbaban. Sus padres los encontraban, una toalla alrededor del cuello, atada al ropero de la habitación, el chico muerto. Esperma por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban todo. Le ponían pantalones al chico. Hacían que se viera... mejor. Intencional, al menos. Un típico triste suicidio adolescente.&lt;br /&gt;Otro amigo mío, un chico de la escuela con su hermano mayor en la Marina, contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo hacemos nosotros. Su hermano estaba estacionado en un país de camellos donde los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como una mano, con una gran punta, a veces una gran bola de metal o el tipo de mango refinado que se puede encontrar en una espada. Este hermano en la Marina decía que los árabes se ponen al palo y después se insertan esta vara de metal dentro de todo el largo de su erección. Y se masturban con la vara adentro, y eso hace que masturbarse sea mucho mejor. Más intenso.&lt;br /&gt;Es el tipo de hermano mayor que viaja por el mundo y manda a casa dichos franceses, dichos rusos, útiles sugerencias para masturbarse. Después de esto, un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche llama para pedirme que le lleve los deberes de las próximas semanas. Porque está en el hospital.&lt;br /&gt;Tiene que compartir la habitación con viejos que se atienden por sus tripas. Dice que todos tienen que compartir la misma televisión. Su única privacidad es una cortina. Sus padres no lo visitan. Por teléfono, dice que sus padres ahora mismo podrían matar al hermano mayor que está en la Marina.&lt;br /&gt;También dice que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su habitación, estaba tirado en la cama, con una vela encendida y hojeando revistas porno, preparado para masturbarse. Todo esto después de escuchar la historia del hermano en la Marina. Esa referencia útil acerca de cómo se masturban los árabes. El chico mira alrededor para encontrar algo que podría ayudarlo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y duro. Pero cuando la punta de la vela gotea, se logra una delgada y suave arista de cera. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga y suave y delgada.&lt;br /&gt;Drogado y caliente, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra. Con un gran resto de cera todavía asomándose, se pone a trabajar.&lt;br /&gt;Aun ahora, dice que los árabes son muy astutos. Que reinventaron por completo la masturbación. Acostado en la cama, la cosa se pone tan buena que el chico no puede controlar el camino de la cera. Está a punto de lograrlo cuando la cera ya no se asoma fuera de su erección.&lt;br /&gt;La delgada vara de cera se ha quedado dentro. Por completo. Tan adentro que no puede sentir su presencia en la uretra.&lt;br /&gt;Desde abajo, su madre grita que es hora de la cena. Dice que tiene que bajar de inmediato. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas diferentes, pero tienen vidas muy parecidas.&lt;br /&gt;Después de la cena, al chico le empiezan a doler las tripas. Es cera, así que se imagina que se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los riñones. No puede pararse derecho.&lt;br /&gt;El chico está hablando por teléfono desde su cama de hospital, y de fondo se pueden escuchar campanadas y gente gritando. Programas de juegos en televisión.&lt;br /&gt;Las radiografías muestran la verdad, algo largo y delgado, doblado dentro de su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los minerales de su orina. Se está poniendo más grande y dura, cubierta con cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga, obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea de su pene está rojo de sangre.&lt;br /&gt;El chico y sus padres, toda la familia mirando las radiografías con el médico y las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo que le escribió su hermano en la Marina. En el teléfono, ahora, se pone a llorar.&lt;br /&gt;Pagaron la operación de vejiga con el dinero ahorrado para la universidad. Un error estúpido, y ahora jamás será abogado. Meterse cosas adentro. Meterse dentro de cosas. Una vela en la pija o la cabeza en una horca, sabíamos que serían problemas grandes.&lt;br /&gt;A lo que me metió en problemas a mí lo llamo “Bucear por perlas”. Esto significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el fondo de la profunda piscina de mis padres. Respiraba hondo, con una patada me iba al fondo y me deshacía de mis shorts. Me quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro minutos.&lt;br /&gt;Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras.&lt;br /&gt;Cuando finalmente terminaba de bombear, el esperma colgaba sobre mí en grandes gordos globos lechosos.&lt;br /&gt;Después había más buceo, para recolectarla y limpiar cada resto con una toalla. Por eso se llamaba “bucear por perlas”. Aun con el cloro, me preocupaba mi hermana. O, por Dios, mi madre.&lt;br /&gt;Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana adolescente virgen pensara que estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas retardado. Las dos cabezas me mirarían a mí. A mí, el padre y el tío. Pero al final, lo que te preocupa nunca es lo que te atrapa.&lt;br /&gt;La mejor parte de bucear por perlas era el tubo para el filtro de la pileta y la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí.&lt;br /&gt;Como dicen los franceses, ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos modos, en un minuto se pasa de ser un chico masturbándose a un chico que nunca será abogado.&lt;br /&gt;En un minuto estoy acomodado en el fondo de la piscina, y el cielo ondula, celeste, através de un metro y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo está silencioso salvo por el latido del corazón en mis oídos. Los shorts amarillos están alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo, un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol. Siento la continua chupada del tubo de la pileta, y estoy meneando mi culo blanco y flaco sobre esa sensación. Tengo aire suficiente y la pija en la mano. Mis padres se fueron a trabajar y mi hermana tiene clase de ballet. Se supone que no habrá nadie en casa durante horas.&lt;br /&gt;Mi mano me lleva casi al punto de acabar, y paro. Nado hacia la superficie para tomar aire. Vuelvo a bajar y me siento en el fondo. Hago esto una y otra vez.&lt;br /&gt;Debe ser por esto que las chicas quieren sentarse sobre tu cara. La succión es como una descarga que nunca se detiene. Con la pija dura, mientras me chupan el culo, no necesito aire. El corazón late en los oídos, me quedo abajo hasta que brillantes estrellas de luz se deslizan alrededor de mis ojos. Mis piernas estiradas, la parte de atrás de las rodillas rozando fuerte el fondo de concreto. Los dedos de los pies se vuelven azules, los dedos de los pies y las manos arrugados por estar tanto tiempo en el agua.&lt;br /&gt;Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se sueltan. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento dar una patada para elevarme, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado.&lt;br /&gt;Los paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se quedan atascadas de este modo, chupadas por la bomba de circulación. Queda atrapado el pelo largo, o el culo, y se ahoga. Cada año, cantidad de gente se ahoga. La mayoría en Florida.&lt;br /&gt;Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de todo. Con una rodilla arriba y un pie debajo de mi cuerpo, logro medio incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el pie pateo el fondo. Me estoy liberando pero al no tocar el concreto tampoco llego al aire. Todavía pateando bajo el agua, revoleando los brazos, estoy a medio camino de la superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza son fuertes y rápidos.&lt;br /&gt;Con chispas de luz brillante cruzando ante mis ojos me doy vuelta para mirar... pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul blancuzca trenzada con venas, ha salido del desagüe y está agarrada a mi culo. Algunas de las venas gotean rojo, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre se disemina, desaparece en el agua, y bajo la piel delgada azul blancuzca de la serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.&lt;br /&gt;Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible monstruo marino, una serpiente del mar, algo que nunca vio la luz del día, se ha estado escondido en el oscuro fondo del desagüe de la pileta, y quiere comerme.&lt;br /&gt;Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún me retiene el culo. Con otra patada estoy a unos dos centímetros de lograr tomar aire. Todavía sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a un centímetro de escapar.&lt;br /&gt;Dentro de la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver una brillante bola anaranjada. Es la vitamina para caballos que mi padre me hace tomar para que gane peso. Para que consiga una beca gracias al fútbol. Con hierro extra y ácidos grasos omega tres. Ver esa pastilla me salva la vida.&lt;br /&gt;No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el desagüe.&lt;br /&gt;Los paramédicos dirán que una bomba de agua de piscina larga 360 litros de agua por minuto. Eso son unos 200 kilos de presión. El gran problema es que por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de nuestra boca. Si me suelto, la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 200 kilos de mierda y podrán apreciar cómo eso puede destrozarte.&lt;br /&gt;Lo que puedo decir es que las entrañas no sienten mucho dolor. No de la misma manera que duele la piel. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno digiere. Más arriba es chyme, bolsones de una mugre delgada y corrediza decorada con maíz, maníes y arvejas.&lt;br /&gt;Eso es la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi alrededor. Aún con mis tripas saliendo del culo, conmigo sosteniendo lo que queda, aún entonces mi prioridad era volver a ponerme el short. Dios no permita que mis padres me vean la pija.&lt;br /&gt;Una de mis manos está apretada en un puño alrededor de mi culo, la otra arranca el short amarillo del cuello. Pero ponérmelos es imposible.&lt;br /&gt;Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones de piel de cabra. Saquen y desenrrollen uno. Llénenlo con mantequilla de maní, cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo. Traten de abrirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que no se puede sostener. Un condón de piel de cabra, eso es un intestino común.&lt;br /&gt;Ven contra lo que estoy luchando.&lt;br /&gt;Si me dejo ir por un segundo, me destripo.&lt;br /&gt;Si nado hacia la superficie para buscar una bocanada de aire, me destripo.&lt;br /&gt;Si no nado, me ahogo.&lt;br /&gt;Es una decisión entre morir ya mismo o dentro de un minuto. Lo que mis padres encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo, acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio. Sostenido por atrás por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. El opuesto de un adolescente que se ahorca cuando se masturba. Este es el bebé que trajeron del hospital trece años atrás. Este es el chico para el que deseaban una beca deportiva y un título universitario. El que los cuidaría cuando fueran viejos. Aquí está el que encarnaba todas sus esperanzas y sueños. Flotando, desnudo y muerto. Todo alrededor, grandes lechosas perlas de esperma desperdiciada.&lt;br /&gt;Eso, o mis padres me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, desmayado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, mis desgarradas entrañas todavía colgando de la pierna de mis shorts amarillos. Algo de lo que ni los franceses hablarían.&lt;br /&gt;Ese hermano mayor en la Marina nos enseñó otra buena frase. Rusa. Cuando nosotros decimos: “Necesito eso como necesito un agujero en la cabeza”, los rusos dicen: “Necesito eso como necesito un diente en el culo”. Mne eto nado kak zuby v zadnitse. Esas historias sobre cómo los animales capturados por una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un par de mordiscos son mucho mejores que morir.&lt;br /&gt;Mierda... aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes. De otra manera, lo que tenés que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo. Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar.&lt;br /&gt;No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No si querés besarla antes de ir a dormir. Si les cuento qué gusto tenía, nunca nunca volverían a comer calamares.&lt;br /&gt;Es difícil decir qué les disgustó más a mis padres: cómo me metí en el problema o cómo me salvé. Después del hospital, mi madre dijo: “No sabías lo que hacías, amor. Estabas en shock”. Y aprendió a cocinar huevos pasados por agua.&lt;br /&gt;Toda esa gente asqueada o que me tiene lástima... la necesito como necesito dientes en el culo.&lt;br /&gt;Hoy en día, la gente me dice que soy demasiado delgado. En las cenas, la gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne asada que prepararon. La carne asada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Chauchas o atún en lata, me levanto y me los encuentro allí en el inodoro.&lt;br /&gt;Después de sufrir una disección radical de los intestinos, la carne no se digiere muy bien. La mayoría de la gente tiene un metro y medio de intestino grueso. Yo tengo la suerte de conservar mis quince centímetros. Así que nunca obtuve una beca deportiva, ni un título. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar un kilo más de lo que pesaba cuando tenía trece años. Otro gran problema es que mis padres pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi padre le dijo al tipo de la piscina que fue el perro. El perro de la familia se cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Aun cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abrío el filtro y sacó un tubo gomoso, un aguachento resto de intestino con una gran píldora naranja de vitaminas aún dentro, mi padre sólo dijo: “Ese maldito perro estaba loco”. Desde la ventana de mi pieza en el primer piso podía escuchar a mi papá decir: “No se podía confiar un segundo en ese perro...”.&lt;br /&gt;Después mi hermana tuvo un atraso en su período menstrual.&lt;br /&gt;Aun cuando cambiaron el agua de la pileta, aun después de que vendieron la casa y nos mudamos a otro estado, aun después del aborto de mi hermana, ni siquiera entonces mis padres volvieron a mencionarlo.&lt;br /&gt;Esa es nuestra zanahoria invisible.&lt;br /&gt;Ustedes, tomen aire ahora.&lt;br /&gt;Yo todavía no lo hice.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113830328533026974?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='related' href='http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2350-2005-07-03.html' title='Tripas. (Chuck Palahniuk)'/><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113830328533026974/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113830328533026974' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113830328533026974'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113830328533026974'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/tripas.html' title='Tripas. (Chuck Palahniuk)'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113822183483207782</id><published>2006-01-25T17:40:00.000-03:00</published><updated>2006-01-25T17:46:18.053-03:00</updated><title type='text'>Narcolepsia</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/1600/TLautrec.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px 10px 10px 0px; float: left;" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1237/799/320/TLautrec.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:arial;font-size:78%;"  &gt;&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;Cuento extraño y marginal. Parte de la idea de dar una historia marginal a uno de los personajes principales de la trilogía de Carnival. Sí, esa trilogía que tal vez hasta con ese nombre esté saliendo en breve de las redes rizomaticas de mi computadora personal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;“Síndrome caracterizado por ataques de sueño irresistible y recurrentes que aparecen en momentos inesperados e inoportunos. Suele ocurrir después de un brusco estallido emocional, aunque también puede iniciarse sin previo aviso o después de haber experimentado la percepción psíquica o sensorial de un ataque inminente (el aura). Es un sueño poco profundo, que no altera las necesidades normales de sueño. Las personas que tienen narcolepsia pueden sufrir a veces catalepsia, alteración emocional que produce la caída del paciente sin pérdida de conciencia.”&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Enciclopedia Médica “El Doctor en su casa”.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Cuando el Francés se despierta esa mañana, después de un sueño agitado, se encuentra sobre su cama convertido en un mar de transpiración y mal olor. Está echado boca abajo y, al intentar levantarse, siente un dolor intenso en su espalda, la cual está más dura que de costumbre a causa de lo desgastado del colchón. Las cobijas apolilladas que lo cubren del frío de las sierras apenas se sostienen encima de él y sus brazos, ridículamente pequeños a comparación de lo grueso de sus piernas, yacen paralizados debajo de su cuerpo, imposibilitados de hacer cualquier tipo de movimiento, a pesar del cosquilleo molesto que los recorre.&lt;br /&gt;- ¿Qué mierda pasó?&lt;br /&gt;Definitivamente no es un sueño. La habitación, si bien algo pequeña, permanece tranquila encerrada entre las cuatro paredes que le resultan bastante conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encuentra extendido un envidiable muestrario de armas de fuego – el Francés es ladrón de Bancos – está colgado aquel afiche que imita la estética de la película “Tiempos violentos”. En él, una mujer morocha de corto pelo lacio aparece vestida sólo con un par de botas de cuero que le llegan hasta debajo de la rodilla, y se encuentra sentada, muy erguida, sobre una cama desarmada, metiéndose un pequeño y compacto subfusil M61 de fabricación checa entre sus piernas completamente abiertas, y mostrando, a su vez, un fabuloso par de tetas recubierto sólo con un poco de sangre falsa que le chorrea hasta el ombligo.&lt;br /&gt;La mirada del Francés se dirige, luego, hacia la minúscula ventana, y una espesa neblina – no alcanza a ver, siquiera, el álamo deshojado que se encuentra fuera de la cabaña – le produce un cierto estado de melancolía.&lt;br /&gt;- Bueno, - piensa - ¿qué pasaría si me quedara durmiendo un rato más?&lt;br /&gt;Imposible. Está acostumbrado a dormir boca arriba y su situación actual no le permite, de ninguna manera, adoptar esa postura. Aunque se esfuerza por levantarse, una y otra vez sus extremidades no le responden y vuelve a caer en el hueco del colchón. Lo intenta un par de veces, cerrando los ojos para no sentir los aguijonazos que le recorren los brazos, para terminar cediendo a causa del dolor punzante que el movimiento le produce en la columna.&lt;br /&gt;- Concha – piensa, - ¡Qué trabajo de mierda que tengo! Siempre de un lado para el otro. Siempre buscando lugares nuevos para poder afanar. Al final, el laburo de los chorros como yo es mucho más difícil que el de un almacenero. Por lo menos él siempre sabe dónde tiene que ir. En cambio yo, siempre de viaje. Siempre arriba o de un colectivo, o de un tren, o de un subte. Siempre intentando acordarse bien de las combinaciones, de los horarios, de los lugares. Acordarse y acostumbrarse a la cara de orto de los demás, que siempre te miran como si fueras un pedazo de mierda, a las comidas malas, si es que hay comida, a los amigos que nunca son amigos, a la familia que nunca termina de ser familia. Por mí, que se vaya todo a la reputísima madre que lo parió.&lt;br /&gt;Siente en los testículos una leve picazón, mueve un poco las caderas e intenta rascarse con la parte de los dedos de la mano derecha que más cerca tiene de la zona molesta, pero desiste inmediatamente a causa del intenso dolor que le produce ese movimiento en la base de la columna.&lt;br /&gt;- Esto de levantarse temprano – piensa, - te termina volviendo loco. El hombre tiene que dormir. Y dormir bien. Descansar. A veces pienso que otros tipos, que deben ser tan chorros como yo, la pasan fenómeno. Siempre ahí, sentaditos en las vidrieras de las confiterías más caras de la ciudad, con sus sacos y sus corbatas, tomándose algo, tan tranquilos, tan seguros de todo. A cualquier hora que paso siempre los encuentro en la misma posición. Pareciera que ese fuera su trabajo. Hablar y tomarse algo. Si le pidiera al Jefe que me dejara hacer lo mismo, seguro que viene y me rompe el culo a patadas. Pero, qué sé yo, quizá eso no sea tan malo. Podría dedicarme, por fin, a lo mío y nada más que a lo mío. Si no fuera por la vieja ya lo hubiera limpiado. Pero, no te apurés, Francés, que ya se te va a dar. Sabés bien que no te podés meter con ese tipo ahora porque lo sostiene gente pesada. Pero cuando pueda pagar todas las deudas de la vieja lo hago. Seguro que lo hago. Nadie va a sospechar de alguien como yo, y mucho menos una vez que tenga saldada las deudas. Bueno, dejemos de pensar en eso que hay que levantarse. Hay que estar listo a las nueve. – Y mira el despertador que está sobre la mesa de luz.&lt;br /&gt;- Concha de la lora. – Piensa.&lt;br /&gt;Las agujas del reloj marcan las nueve y treinta y cinco y siguen corriendo. Con razón en las otras camas ya no se ven los cuerpos de sus compañeros. “¿Habrá sonado? Desde la almohada se ve que la aguja plateada está puesta a las ocho y media y que, seguramente sonó a esa hora. Pero, ¿cómo pudo seguir durmiendo tan tranquilamente con ese ruido que hace temblar las paredes? No durmió tranquilo en toda la noche, de eso está seguro, aunque sí más profundamente que otras veces.&lt;br /&gt;Mientras piensa en todo eso con gran rapidez, sin poder abandonar la cama – en ese momento el reloj marca las diez menos cuarto -, desde la cocina escucha que lo llaman.&lt;br /&gt;- Francés – gritan ( es el Gordo), – son las diez menos cuarto, carajo, ¿te vas a levantar o no?&lt;br /&gt;La voz del Gordo media inexplicablemente entre una agudez irritante y una gravedad sumamente aterradora. El Francés se asombra, al contestar, cuando escucha que su voz se oye mucho más afónica de lo normal, haciendo que las palabras se confundan y sueñen extrañas. Si bien tiene toda la intención de disculparse por su demora y de explicarles a sus compañeros la situación en la que se encuentra, prefiere contestar parcamente con un:&lt;br /&gt;- Ya voy, ya voy.&lt;br /&gt;No duda, en absoluto, que el cambio en su voz se debe, principalmente, a la gestación de algún tipo de gripe producida por el frío de ese otoño atípico para la zona. El Francés mira, como puede, hacia la puerta entreabierta que da a la cocina, añorando los días en que un simple estornudo era motivo suficiente como para que su vieja lo obligara a quedarse acobijado en la cama, tomándose cada dos horas un té con miel acompañado de un par de galletitas secas. Sin embargo, él sabe, concientemente, que aquellos momentos perfectos dejaron de existir hace demasiado tiempo, que ahora debe levantarse para reunirse con sus compañeros y escuchar, otra vez, las últimas indicaciones del Pelado, el líder de ese grupo y uno de los únicos “amigos” del Jefe. También sabe que, si tuviera otra vida, otra situación económica, que si no existiera sobre sus espaldas el peso de las lágrimas de la vieja, repitiéndole una y otra vez que la culpa no es suya, que la culpa de todo la tiene su padre, ese hijoputa que los abandonó dejándoles esas impagables deudas de juego que, ahora, él tiene que saldar haciendo ese tipo de trabajos que no quiere hacer, que si hubiera podido elegir otro trabajo – siempre quiso ser viajante de comercio –, se quedaría ahora en la cama, atornillado al colchón, dedicándose a pensar en todo aquello que esa mañana le pasara por la cabeza. Pero al instante se le viene a la mente el rostro del Jefe, ese rostro inexplicablemente joven para la edad que él sabe que tiene, con esos ojos achinados y esas cejas cargadas, esa sonrisa casi perfecta y esa barba eterna de tres días que acentúa, mucho más, su confianza en sí mismo. Porque el Francés sabe que, de quedarse recostado hasta el anochecer, su Jefe se llegará hasta la cabaña de las sierras conduciendo su auto importado, y que, acercándose hasta su cama, le preguntará qué fue lo que pasó, y por qué no fue a trabajar, justo ese día, en donde su presencia fue tan indispensable. Luego, el Jefe le reprochará su mal desempeño en los últimos meses, como así también la insensibilidad de no conmoverse con los llantos ahogados de su madre, para luego concluir asegurando que, de seguir así la situación, tendría que tomar medidas extremas que él, jurará colocándose una mano en el pecho, no desearía tomar.&lt;br /&gt;“No hay que quedarse en la cama al pedo, piensa mientras que se desprende, como puede, del colchón, activando de a poco los músculos dormidos de sus brazos. Sale en calzoncillos – siempre duerme con ellos – y se encuentra, afuera de la habitación, con el Gordo y el resto de sus compañeros que están compartiendo una ronde da mete amargo y unas últimas galletitas sin sal. Sobre la única mesa hay un plano del lugar extendido – el mismo plano que revisaron, una y otra vez, durante toda esa semana –, sostenido en sus puntas por cuatro piedras deformes.&lt;br /&gt;- Por fin, - dice irónicamente el Gordo, vestido ya con su infaltable remera blanca, - apurate, ¿querés?, que se nos va a hacer tarde.&lt;br /&gt;El Francés rechaza en silencio el mate que le ofrece Francisco, el más joven del grupo, y entra al baño a lavarse la cara y orinar. Mientras se baja los calzoncillos se mira la cara en el minúsculo espejo que cuelga sobre el lavamanos. Se encuentra más ojeroso que de costumbre y la barba crecida en el mentón no lo favorece para nada. Se acerca al inodoro manchado con orín y excremento de alguno – o algunos – de sus compañeros y afloja su vejiga, que no tarda nada en vaciarse y deshinchar su vientre, dejando oír en él unos ruidos extraños. “Colitis”, piensa y se queda sentado a la espera que de su cuerpo salga alguna otra excreción. Mientras tanto, mira hacia los costados y descubre una mancha negruzca sobre una de las baldosas poco iluminadas con la luz del foco de cuarenta que está sobre el espejo del lavamanos. Observando más detenidamente advierte que se trata de una cucaracha aplastada, a la cual se le mueve, aún alguna de las patas traseras, haciendo que todo su cuerpo se estremezca, agonizante, frente a él.&lt;br /&gt;- Raro. En esta zona no hay cucarachas. – Piensa, recordando su ciudad, en donde estos insectos pululan por todos lados, demostrando a cada paso su gran capacidad para obtener los tamaños y colores más disímiles.&lt;br /&gt;Desde afuera vuelve a surgir el grito del Gordo, diciéndole, otra vez, que se apure, que deje la paja para la vuelta. El Francés se levanta subiéndose los calzoncillos y tira de la cadena sin haber podido deshacerse del dolor de estómago que, ahora, le punza más profundamente.&lt;br /&gt;Cuando por fin sale del baño, el Pelado repite, por última vez, las indicaciones del robo. Todos ellos, menos Francisco, deberían entrar al Banco cargando, cada uno, un arma de bajo calibre. Según lo estudiado, no habría necesidad de más, ya que no sería difícil reducir al guardia de seguridad que custodiaba la única puerta del edificio, un viejo destruido por la artritis, que sólo mantenía el puesto por haber logrado, a tiempo, un convenio con el Intendente. El Gordo y Molina irían a las cajas y pedirían el dinero, el Francés se quedaría en la puerta, intimidando a todo aquel que quisiera hacerse el héroe, mientras que el Pelado se dirigiría hasta la oficina del gerente y le exigiría la entrega de todo lo que hubiese en las cajas fuertes.&lt;br /&gt;Todos saben, tanto de un lado como del otro, que el dinero del Banco está asegurado por la Nación y que no es necesario correr ningún tipo de riesgo en un asalto. “Como ya dijimos, es preferible que no corra sangre, - afirma el Pelado – aunque, de acuerdo a lo que me dijo el Jefe, está permitido que se den algunos golpes a los que hagan quilombo.&lt;br /&gt;Terminada la explicación, Molina mira el reloj y avisa que son diez y media y que, entre el viaje y los preparativos, se llegará al lugar recién a las once en punto, eso contando que la ruta estuviera medianamente transitable.&lt;br /&gt;- Vamos yendo. – Ordena, por fin, el Pelado y el grupo de varones va hasta la habitación a terminar de vestirse y agarrar, cada uno, el arma que le corresponde. Hubieran preferido tener trajes y corbatas negros para todos, y de ese modo parecerse a los personajes de “Perros de la calle”. Pero también saben que eso es sólo una película que demuestra que la estética se cuida mucho más en las producciones módicas, y que, ellos, están viviendo en un mundo y un país real, en donde sólo se puede conseguir cinco pasamontañas de colores diferentes para cubrirse los rostros. Después de asegurarse que todo esté en su correcto orden, los hombres comienzan a caminar hacia la salida de la cabaña, donde los espera la camioneta trafic blanca que va a manejar Molina hasta la puerta del Banco. El Francés mira, antes de entrar, el paisaje nublado que lo rodea, y el frío que le recorre el cuerpo le hace sentir, más aún, el dolor de estómago que lo viene aquejando desde esa mañana. Ya en la ruta, los compañeros van en silencio, mirando, casi todos, al frente, observando que todo el lugar presenta una calma extrañamente placentera. En la parte de atrás, el Gordo se mantiene ocupado lustrando su calibre treinta y ocho, mientras que Francisco recita, en voz baja, los versos del Padrenuestro y el Francés se prende un cigarrillo negro, llenando el coche con un humo molesto y maloliente. A pesar de eso, nadie dice nada, ni siquiera el Gordo, que simplemente lo mira y le sonríe falsamente sin mostrarle sus dientes.&lt;br /&gt;El cigarrillo no ayuda, en nada, a tranquilizar al Francés. Desde su estómago vuelven a surgir ruidos molestos que hacen que Francisco deje de rezar su tercera oración para preguntarle si se encuentra bien.&lt;br /&gt;- No, me siento para la mierda – responde y se agarra el vientre. - ¿Te puedo pedir un favor?&lt;br /&gt;- ¿Cuál?&lt;br /&gt;- ¿Por qué no vas vos para adentro del Banco y yo me quedo en la camioneta? No sé si voy a aguantar la presión. Además, que entre o me quede afuera es lo mismo.&lt;br /&gt;- ¿No habrá problema?&lt;br /&gt;- No creo. – Y alza la voz para preguntarle al Pelado, que está en el asiento del acompañante, si hay alguna posibilidad de cambiar los lugares. El “amigo” del Jefe lo mira de reojo y le pregunta el motivo de la necesidad imperiosa de cambiar el plan a último momento. Su voz, entre molesta e irónica, sale de su garganta aguijoneando la responsabilidad endeble del Francés. Luego de explicarle las razones y viendo que, en definitiva, el intercambio no afecta en casi nada la marcha del asalto –no por casualidad se le había dejado ese puesto secundario al Francés –, el Pelado dice que no hay problema, siempre y cuando se comprometa cada uno a cumplir, de manera superior, el trabajo del otro. Ambos responden, casi al unísono, que no se preocupen, que todo va a salir de acuerdo a lo estudiado.&lt;br /&gt;- Por fin vamos a ser tomos hombrecitos adentro del Banco. – Dice el Gordo sin dejar de mirar su arma cada vez más brillosa. El Francés no le responde, saca de su campera el paquete de cigarrillos, extrae uno y lo enciende. El dolor de estómago vuelve, pero ahora le presta mucha menos atención.&lt;br /&gt;Una vez en el Banco, ven que éste no ha cambiado ni de lugar ni de condición, sigue tan vacío como de costumbre, al igual que la avenida principal de esa ciudad alejada del mundo – un bulevar sobre el cual, los vecinos plantaron una serie de árboles, ahora secos, y, la Municipalidad colocó un par de postes de luz amarilla –. El grupo de compañeros baja de la camioneta intentando no levantar sospechas a los pocos clientes que están en el edificio, una vez afuera, Molina se acerca hasta el Francés y le dice que, cualquier cosa, toque un par de bocinazos, que iba a estar en las cajas así que, seguramente, escucharía. El Francés le asegura que no va a pasar nada, que vaya tranquilo, mientras que apaga el cigarrillo con la punta del zapato.&lt;br /&gt;- Bueno, - dice el Pelado, - vamos. – Y se pone en marcha, seguido de cerca por el Gordo y Molina. Francisco, más atrás, se da vuelta para saludar al Francés, que le responde el saludo con una sonrisa, mientras que los ve cruzar la calle y entrar al Banco de a uno. El último en entrar es el Pelado, que mira hacia la camioneta y no produce ningún gesto, sin duda hablará, después, de su comportamiento en las situaciones límites ante el Jefe, a lo que éste responderá, agradeciéndole el dato, mandando a alguien, seguramente al Gordo, para enseñarle un poco de lo que es el compromiso laboral. Pero a él, eso, en realidad, ya no le preocupa. Prefiere seguir atento a la calle y a la puerta del Banco, observando que nadie se acerque.&lt;br /&gt;De pronto una nena, parecida a una pequeña Mia Wallace, se acerca hasta la camioneta, luciendo un vestido negro y sosteniendo entre sus pequeños dedos un inmenso globo rojo. ¿Qué estás haciendo? Nada. Responde el Francés. Espero a unos amigos. ¿Te gusta mi globo? Le pregunta la nena acercándolo hasta él. Es muy lindo, ¿dónde lo compraste? El Francés vuelve enseguida a mirar la puerta del Banco que, aún, se mantiene cerrada, impidiendo que los gritos de sus compañeros salgan al exterior. No sé, me lo regalaron, pero es muy lindo, ¿no? Sí, es muy lindo. El Francés comienza a sentirse mal de nuevo, agregando, a su dolor de estómago, una intranquilidad mental causada por ese silencio excesivo que lo devora de a poco. ¿Y tus papis donde están?, pregunta al ver que la pequeña Mia Wallace no sólo no se retira de su lado sino que, además, comienza a mirar detenidamente hacia el Banco. No sé, por ahí deben andar. Contesta señalando para cualquier lado. Un ruido extraño, un ruido que desentona dentro de ese silencio, hace que el Francés levante la vista sin dejar de escuchar que la nena le sigue hablando del globo rojo. Mira desesperadamente hacia ambos lados de la avenida, que ahora se ve mucho más larga de lo normal, y que parece conectar no sólo barrios, sino ciudades y hasta países. El ruido, que deja de ser extraño para pasar a ser enemigo, se conjuga de pronto con el titilar azul y rojo de un grupo incontable de patrulleros federales que se acercan a toda velocidad desde la ruta que, sólo hace un momento, él recorrió con sus compañeros. La alarma, piensa, tocaron la alarma y dirige su mirada hacia el lado opuesto del bulevar, alcanzando ver cómo un segundo grupo de autos policiales se vienen acercando a la misma velocidad que los anteriores, cortando toda posibilidad de escapatoria. El Francés intenta cruzar la calle y avisarle a los demás de la situación en la que se encuentran, pretende tocar la bocina, alertarlos, pero se mantiene, petrificado, en el lugar, sintiendo que sus ojos, desorbitadamente abiertos, se van llenando de lágrimas, viento y frío, mientras que el incontable número de automóviles federales rodea rápidamente el edificio. Tirate al piso, nena, ordena, y quedate quieta, por favor. Cuando comienzan a salir los oficiales de los autos, se agacha y abraza a la pequeña Mia Wallace como si quisiera, y pudiera, protegerla de eso que ni él sabe muy bien cómo puede resultar. Cuidado con mi globo, dice ella. Tranquila. Va a estar todo bien.&lt;br /&gt;- Salgan. Están rodeados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Cuando el Francés se despierta de su profundo sueño, similar a una perdida de conocimiento, se encuentra tirado, apoyado sobre una de las ruedas traseras de la camioneta, orientado aún hacia la puerta del Banco. Desde esa posición, puede ver cómo un grupo de oficiales de la policía federal retiran del edificio a sus compañeros, a los cuales le extrajeron los pasamontañas, permitiendo que la poca gente del lugar que se acercó a ver el operativo pueda reconocer sus rostros y guardarlos en sus memorias. Mientras se incorpora con dificultad, intenta descubrir a la niña del globo dentro de la multitud de uniformados. Apoya su espalda contra el vehículo y vuelve a sentir, otra vez, el malestar estomacal que le viene aquejando desde esa mañana, sin embargo, esto no le impide descubrir la expresión tranquila del Pelado cuando sube al patrullero que, sin duda, lo llevará hasta la comisaría más cercana.&lt;br /&gt;- Puta – piensa, - ¿qué mierda me pasó? Yo había controlado esto. No puede ser que justo hoy me haya vuelto. Debe haber sido a tensión. Bueno, que se jodan, yo les avisé que no me sentía bien, que había que dejarlo para otro día. No es culpa mía, es culpa de ellos que no me quisieron escuchar. Al fin y al cabo, prefirieron cumplir con los horarios del Jefe antes de querer hacer bien las cosas.&lt;br /&gt;Algunos patrulleros encienden sus luces bicolores y se marchan, despacio, con dirección a la ruta. Otros, la cantidad necesaria como para poder manejar tranquilamente a los cuatro delincuentes, se posicionan de manera tal que cada uno de los asaltantes sea destinado a un calabozo distinto, hasta el día en que el Juez a cargo de la futura causa los cite a declarar a todos juntos.&lt;br /&gt;- Para esto sí sirve la justicia – piensa, - para encerrar a tipos como estos que son unos pobres pelotudos mandados por otros. ¿Cuánto que al Jefe no lo tocan nunca? ¿Qué lo van a tocar si tiene a media policía agarrada de las bolas? En cambio a nosotros, que somos unos simples ladrones por encargo, si nos enganchan, tenemos que comernos no sé cuantos años en el pozo. Pobre Molina, mirá la cara que tiene. Ni siquiera mira para acá. Debe pensar como el Pelado, que a mí ya me agarraron antes. Me tendría que haber quedado en la cama, hubiera sido lo mejor para todos. Menos para mí, que seguramente hubiera tenido que aguantarme las puteadas del Jefe amenazándome con apretar a la vieja para que yo vuelva a laburar como antes. Pero antes era distinto, antes uno, si se dedicaba al robo, era porque no quería trabajar, ahora es porque no puede trabajar. Y se aprovechan de eso. Todos se aprovechan, menos los pobres tipos como yo que no tienen otra salida que afiliarse a alguna banda y seguir órdenes de otros. Porque siempre son otros los que dan las órdenes, si no es el Jefe es el Pelado, si no es el Pelado es el Gordo, todos pueden dar órdenes, pero cuando yo dije que era mejor dejarlo todo para después, no me hicieron caso, era una cuestión de presentimientos, el día estaba mal parido desde el principio.&lt;br /&gt;El Francés corta su proceso de autoconvencimiento cuando ve salir del Banco, escoltado por dos hombres armados que le apuntan a la cabeza, a Francisco, intentando, con todas sus fuerzas, sostenerse en pie. El rostro del muchacho está lleno de transpiración, vergüenza y lágrimas y su paso es el de un hombre ya anciano, agotado por la vida. Seguramente se siente responsable de lo sucedido, piensa el Francés, mientras que surge en él una necesidad intensa de cruzar el bulevar y confiarle la verdad, de decirle que no se haga problema, que siendo menor de edad no lo pueden retener mucho tiempo en la institución reformadora. Pero él sabe que, en una situación como esa, los sentimientos deben desaparecerse si aquel a quien capturan no pertenece a la misma sangre. La cuestión de honor, si es que alguna vez tuvo algo parecido, no es obligación suficiente como para ponerse al descubierto y dejarse atrapar. Además, creé sospechar que la verdadera causa de aquella angustia no proviene de la captura, sino de las imposibilidades que ésta le va a traer en su soñada carrera eclesiástica, aún en ese momento, donde la fe cristiana acepta cualquier tipo de pago.&lt;br /&gt;- ¡Pobre! – piensa, - pensar que parece tan buen pibe. Lástima que se le haya ocurrido meterse en el Seminario. Ahí le van a lavar la cabeza. No digo que no haya necesidad de curas, es como dice el Jefe, nunca hay buenos si no hay malos, pero, hoy por hoy, todo es tan relativo que hasta los creyentes desconfían, alguna vez, en sus propias creaciones. Pero, como dice la vieja, “en algo hay que creer”, aunque si vamos a los hechos, ella creyó en mi viejo y mirá cómo quedó. Arruinada. No, arruinada sólo, no. Arruinada y arruinadora. Pero, ¿qué le voy a hacer? No la puedo dejar en banda justo ahora que puedo llegar a conseguir algo más de plata si me sale lo del viaje al Sur. Eso va a estar bueno, muy bueno. Irme al Sur, a laburar los campos, si el Jefe quiere que le pague, yo le pago. Le mando la guita por correo y se va todo al carajo. Si la vieja quiere, que me acompañe, así no extraña. Salvo que por le frío se acobarde, pero ¿qué se va a acobardar?, si es una fiera la vieja. Ojalá salga, ojalá. Así de una buena vez por todas puedo empezar a tener una vida que sea sólo mía.&lt;br /&gt;Enfrente de las puertas del Banco sólo quedan un par de patrulleros y algunos policías que mantienen su postura rígida frente a la situación por más que ya no haya ningún tipo de peligro y que las cámaras de televisión no hayan aparecido. El Francés revisa los bolsillos de la campera intentando encontrar su paquete de cigarrillos negros y su encendedor. No pudiendo encontrarlos en ninguno de ellos, ni siquiera en el bolsillo interno, registra con la mirada en el asfalto, agachándose, luego, para buscar debajo de la camioneta, donde, finalmente, los halla. El paquete a medio terminar está sobre una pequeña mancha de aceite, goteada del motor del vehículo, y el encendedor de cincuenta centavos descansa a pocos milímetros de una de las ruedas delanteras. Estira el brazo preguntándose cómo fue que llegaron allí, si él apenas había caído unos segundos, o al menos así lo podía recordar. Una vez que los tiene a ambos en la mano, se levanta del piso, saca un cigarrillo y lo enciende, al mismo tiempo que desde el Banco un trío de oficiales más bien fornidos empuja al Gordo hasta la patrulla que ya tiene la puerta trasera abierta.&lt;br /&gt;- ¡Eh! – grita el Gordo. - ¡Hijo de puta!&lt;br /&gt;El Francés levanta la vista descubriendo que es a él a quien su compañero está puteando. No advirtió a tiempo que el fuego de su encendedor – una llama de unos tres centímetros – hizo que el Gordo descubriera su presencia en el lugar, hasta el momento anónima hasta para los federales. Sus ojos vuelven a desorbitarse, el cigarrillo encendido cae de sus labios, ahora temblorosos, mientras que los hombres que retienen al recién salido hacen un esfuerzo mayor para que éste no se libere de las esposas.&lt;br /&gt;- ¡Te voy a matar! ¡Traidor hijo de puta! ¡Te voy a matar!&lt;br /&gt;Los policías que estaban, hasta ese momento, tranquilamente en sus coches patrullas, empiezan a observarlo, haciéndose señas entre ellos para que, alguno, vaya a interrogarlo. El Gordo, mientras tanto, recibe un par de golpes en los riñones que lo hacen caer de rodillas, y lo obligan a callarse la boca. Pero, el Francés, no puede ver esto. Él, en ese momento, está dando vuelta a la camioneta, internándose en uno de los patios frondosos de las casas ubicadas frente al Banco. Casas de fin de semana, de veraneo, en donde no habita nadie en esos días fríos del año, pero que, sin embargo, tienen laberínticas medianeras hechas de hiedras y alambres que confunden al extranjero. Que lo pierden mientras corre, olvidando el dolor de su rodilla izquierda, buscando desesperadamente una escapatoria, una salida que le permita huir de la voz de su compañero que grita, amenazándolo, produciendo ecos entre los ruidos, cada vez más cercanos, de los disparos de un arma oficial. El Francés pasa jardines y jardines, espacios que le son desconocidos, orientándose, como puede, para intentar llegar hasta su refugio en las montañas, y dejar de oír aquella voz que lo atormenta. Aquella voz que media inexplicablemente entre una agudez irritante y una gravedad sumamente aterradora. Aquella voz que antes fue la que lo sacó de la cama, produciendo, inconscientemente, las desgracias de ese día, y que ahora es la que pretende resarcir sus errores por medios, sin duda, asesinos. Mientras corre y corre, el Francés se va descubriendo cada vez más encerrado en una maraña de plantas y hojas que le imposibilitan alejarse de la respiración entrecortada de ése que lo persigue. De pronto, llega a un patio circular adornado en el medio con un delicado bebedero de mármol blanco del cual brota, parcamente, un hilo de agua transparente. Seguidamente, entra también en él su cazador, el Gordo, con el rostro deformado por la agitación. Vení para acá, hijo de puta, grita, mientras que el Francés da vueltas en círculo, rodeando el bebedero, sin advertir que sus gritos y corridas atraen a un enorme perro blanco, que, luego de ladrar amenazador, se abalanza sobre él. El Francés cae al suelo, inconsciente, mientras que por sus ojos sólo pasa la enorme cara de su compañero que, sin mover los labios, repite una vez más.&lt;br /&gt;- Te voy a matar. Traidor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;III.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Una cabaña a la orilla de un lago del Sur, rodeada por un bosque de árboles perennes, a la cual el Francés se dirige cargando sólo una minúscula mochila en donde lleva lo mínimo y necesario como para subsistir hasta que lo vengan a buscar. Retirarse de todo, comenzar una nueva vida, se dice, mientras golpea la puerta de entrada y es atendido por dos amables ancianos que parecen salidos de un cuento de hadas. Adentro, un pequeño hogar calienta el modesto salón de estar en donde duerme, sobre una alfombra, un perro viejo. Una escalera de madera lo dirige hacia su habitación, en el altillo, preparada especialmente para que pueda tener un poco de intimidad, le asegura la vieja. Ni bien abre la puerta, mirando hacia atrás a la pareja de abuelos que le sonríen complacidos de su llegada, una enorme mano enguantada en cuero lo arrastra hacia un espacio caluroso, repleto de carbón y suciedad, en donde sólo se pueden oír los gritos de un grupo de herreros deformadamente flacos que, engrillados entre ellos, golpean con gigantes martillos sobre yunques vacíos. Los chispazos de los golpes no lo dejan ver cuando el terrible verdugo se abalanza sobre él, quitándole la ropa y arrojándolo con fuerza hasta un lugar alejado, en donde sólo tiene como consuelo la presencia de un minúsculo ventiluz que da al lago. No percibe el tiempo que pasa sino sólo en la delgadez de sus músculos que, ahora, presentan una cierta simetría, uniformando el antes desigual ancho de sus piernas y brazos. De tanto en tanto siente, detrás suyo, la presencia imponente del verdugo que amenaza con cruzarle la espalda de un latigazo si no apura el trabajo que él intenta comprender. Mientras observa sus manos ensangrentadas y manchadas, al igual que todo su cuerpo desnudo, con el color azabache del carbón, escucha, proveniente del lago, el sonido de un chapoteo armonioso que le hace estirar el cuello hasta la abertura que tiene sobre su cabeza. En la superficie del agua, se levanta una enorme sierpe que, acompasadamente, se acerca hasta la orilla, trayendo, sobre su lomo escamoso, a una ya madura Mia Wallace, que, sin decirle nada, lo invita a salir de su encierro y acompañarla en su viaje. El Francés, sin pensar en las posibles consecuencias que puede llegar a tener su huida, comienza a correr por entre los montículos de carbón, escapándose de los chasquidos del látigo y de los gritos de aquellos sufrientes que, pasivamente, seguirán esperando su turno para morir. Una vez fuera de la cabaña, se apresura a llegar hasta la mujer, la que, con una sonrisa, le tiende la mano para que él pueda subir, también, encima de la joroba del reptil. Luego, escuchando los insultos de los ancianos, se alejan de todo, dirigiéndose, en una marcha lenta, hacia el lugar en donde el Francés podrá, por fin, echarse a descansar.&lt;br /&gt;Cuando El Francés se despierta, esa noche, siente su cuerpo entumecido, atacado constantemente por frías corrientes nerviosas que impiden dejar de temblar y castañear sus dientes. La grave herida que tiene en la pierna, no mucho mayor a los profundos rasguños que muestra en sus brazos, lo imposibilitan a realizar cualquier tipo de movimiento. Mirando hacia los costados se descubre a sí mismo en la misma cama en la que, esa mañana, había intentado, por todos los medios posibles, permanecer. Sobre la pared aún cuelga el afiche, ahora balanceado, de vez en cuando, por la corriente de aire que llega desde el exterior. “Debo haber dejado la puerta abierta”, especula y levanta la cabeza intentando ver si eso es cierto, pero un dolor intenso en su columna lo hace volver a su posición normal.&lt;br /&gt;Sobre el piso de madera, se esparce lentamente un gran charco de la sangre que brota de su cuerpo, manchando las cobijas, las sábanas y el colchón. El Francés, entumecido, sólo puede oír el goteo, lento pero continuo, y sentir cómo, de a poco, los temblores se hacen cada vez más periódicos. Haciendo un esfuerzo supremo, mueve la espalda, aguantando el dolor, hasta colocar su cabeza en la almohada, para de ese modo poder ver hacia la ventana y descubrir que afuera ya está anocheciendo. Aparentemente, imagina, tardó bastante en llegar hasta la cabaña. En el plan estaba predicho que llegarían en veinte minutos o menos, pero no contaron con la posibilidad de tener que hacer ese trayecto a pie. El Francés observa sus zapatillas, desgarradas y sucias, que aun sostienen dentro un par de extremidades deformadas por la corrida y los tropezones. No sabe muy bien cómo fue que encontró el camino, pero tiene conciencia clara que, al menos ahora, se puede considerar a salvo.&lt;br /&gt;- Concha – piensa, – estoy hecho mierda. Pero al menos estoy seguro acá, a no ser que alguno de los otros hable y diga dónde está la cabaña. Pero no, no son buchones, ninguno de los hombres que el Jefe lo es, por eso los contrata.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Levanta la vista hasta el afiche que, ahora, se mantiene quieto sobre su clavo oxidado. La mujer permanece, aún, con su pequeño y compacto subfusil M61 de fabricación checa entre las piernas, con la única diferencia que al Francés le parece ver que ella le guiña un ojo.&lt;br /&gt;- Mierda – piensa – ojalá pudiera tener una mina así. Una mina que se deje, que quiera guerra pero siempre conmigo. Una mina que yo pueda llevar a pasear por allá, por la ciudad, y que me acompañe siempre a todos los lugares que vaya. Con una mina así seguro que me tratarían con más respeto. Con mucho más respeto. Hasta la vieja se pondría contenta. Pero, bueno, las minas así siempre están con otros, con los tipos como el Jefe, que una vez me dijo que él se parecía a un tal Liroy Braun, el chico más malo de la cuadra, y que por eso las tenía a todas atrás de él. Seguramente él puede pedir que le hagan cosas y no pagarles nada. En cambio yo, tengo que pagarle diez pesos a la Carla para que me tire la goma. Y encima lo hace con desgano. Pero es la única que me gusta, porque, vista con buenos ojos, se parece un poco a la de la foto, o mejor todavía, se parece a la mina de la película. Pero bueno, por más que remes, Francés, no te vas a poder curtir nunca una hembra como esa. A lo sumo la podrás ver en alguna porno y echarte una paja, imaginando que ese culo es sólo para vos. Nada más. Hablando de eso, podría hacerle caso al Gordo y tocarme un poco. Total, ya volví. Estoy en la cabaña, como dijimos que íbamos a hacer. Que no estén ellos no implica nada. Y bueno, que se vaya todo a la mierda... &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El Francés apoya la mano dolorida sobre su ingle y comienza a manosear su miembro, mirando detenidamente la foto de la mujer. Con cada movimiento su cuerpo se va acrecentando, hinchando, haciendo, a su vez, que de su boca salgan ahogados gemidos que conjugan el placer con el dolor. Sus ojos se comienzan a llenar, nuevamente, de lágrimas, pero no se detiene, sino que aumenta la velocidad de sus golpes, logrando, por fin, que una sensación agradable lo vaya colmando. Con la llegada de la oscuridad total, el vientre ensangrentado del Francés es salpicado con un chorro de semen blanco, al mismo tiempo que desde la garganta afónica surge un último suspiro. Luego, la habitación queda en silencio, la gotera se detiene definitivamente, y apenas se pueden oír los pasos veloces de la cucaracha que, repuesta ya, logra salir del baño y encaminarse, arrastrando la parte del cuerpo que tiene aplastada, hasta su nido, debajo de la cama del Francés. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113822183483207782?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113822183483207782/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113822183483207782' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113822183483207782'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113822183483207782'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/narcolepsia.html' title='Narcolepsia'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113822155086640910</id><published>2006-01-25T17:31:00.001-03:00</published><updated>2006-01-25T17:39:10.886-03:00</updated><title type='text'>Pescado podrido</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;blockquote&gt;Lo que sigue a continuación es una crítica realizada a La moral de las cucarachas, texto que aparece en Kilometro 32. La misma viene escrita de mano del crítico y publicista de poesía bahiense conocido como Mauro "paquirro" López (http://www.lacarota.blogspot.com/). Un texto que marca deficiencias reales, propias de una escritura, por llamarla de algún modo, velóz...&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Claudio: felicitaciones por kilómetro 32! Es excelente! Aplausos y mas aplausos. Leí (hasta ahora) la moral de las cucarachas, por cuestión de tiempo nomás. Me encanto la forma en que profundizas la línea que divide los sexos, las personas y las sociedades en un ámbito marginal. Llevo a mi imaginación de la mano durante todo el relato, me sentí perfectamente leyendo, pude imaginar la crudeza de la situación barrial, que no llega a ser despiadada, sino cruda y real. Hay una sola parte que cae un poquito que te la transcribo a continuación:&lt;br /&gt;“Porque siguiendo al carnicero estuvo el verdulero, el huevero, el hielero, y hasta el pescador, que era más bien un visitante semanal que pasaba, con su carro frigorífico, religiosamente todos los martes a dejarle a mi familia, o a la familia de mi madre, medio kilo de gatuzo invendible.”&lt;br /&gt;En este punto creo que la imaginación te trajo un problema: el que la miseria sea tal que traigan únicamente medio kilo de pescado podrido “invendible”: a la morocha me la imagino aprovechando las cosas, las pocas oportunidades que tiene, pero no me la imagino una miserable al punto de ser una escuálida sucia, porque sino contrastaría con la idea de dignidad del personaje que no coje sino que hace turcas. Por otra parte creo que es un punto interesante para permitir imaginar a la familia: creo que si en vez de “medio kilo” fueran “varios kilos” valeria imaginarse a la madre recuperando las partes buenas, cortando, seleccionando, trabajando para sacar de cada pescado una miserable feta. Incluso vale también la idea de imaginar ¿cuántos días estarían comiendo pescado estos tipos? ¿lo comerían hasta después de dos o tres días que el pescado estaría aun mas podrido? Hasta ese tipo de preguntas me llevo durante el texto.&lt;br /&gt;Es una simple critica constructiva. Creo que el texto esta lleno de ideas y todas están (bue, lo digo) perfectamente alcanzadas(jaja, como pesa perfectamente!, pero realmente me encanto!) .&lt;br /&gt;Voy a seguir leyendo. Ah! Me olvidaba! Recién paso tu vieja por la puerta del negocio...iba llorando...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113822155086640910?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113822155086640910/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113822155086640910' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113822155086640910'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113822155086640910'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/pescado-podrido.html' title='Pescado podrido'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113805072133468302</id><published>2006-01-23T18:08:00.000-03:00</published><updated>2006-01-24T13:03:24.940-03:00</updated><title type='text'>OPUS2</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;Luego de revisar y revisar mi máquina he encontrado este texto. Para que no se encuentren desprevenidos, debo decir que lo que sigue a continuación resulta ser mi opera prima, mi primer texto escrito. Por ende, esto parece ser más una rememoranza que otra cosa. Espero que lo disfrunten.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt; &lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;LO QUE ELLOS NO SABIAN&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta historia la escribí porque en este momento no tengo otra cosa que hacer, no es una novela rosa, ni un relato de terror; esta historia es solamente una historia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...y mar adentro se veía una barca, en ella estaba Pascal, el joven pescador. Debía estar buscando perlas dentro de los tiburones negros, como siempre, desde hacia ya unos buenos quince años...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero para que ustedes entiendan bien esta historia, que solo es una historia, debo contarles lo que paso anteriormente:&lt;br /&gt;Todo comenzó cuando Pascal se puso de novio con la bella Andalía, una joven voluminosa, de anchas caderas y de unos impactantes pechos, además de tener un corazón de oro macizo, aunque solo lo demostrara con Pascal, y no siempre.&lt;br /&gt;Lo que Andalía no sabía era que su amado no era del todo santo, ya que en una ocasión había echo el amor con su prima, la ya no tan joven Rosaura; había pasado sin querer en un médano donde Pascal le había confesado a ella su locura por Andalía. Pienso que Rosaura le ofreció su cuerpo para que este no sólo aprendiera de la experiencia de una prostituta, sino también para saciar el deseo de tenerlo para ella.&lt;br /&gt;Lo que ellos no sabían era que, Ismaela, la hija de Rosaura los había visto en ese acto, que se puede titular como amoroso, y pensaba contárselo a Andalía, aunque no para que lo dejara y lo olvidara sino para que lo cuidara y protegiera de su madre que, aunque sólo fuera para tenerlo como un adorno, quería robarle a Pascal.&lt;br /&gt;Lo que Ismaela no sabía era que Loreno, hermano de Pascal, no dejaría que contara nada, ya que pensaba que lo que había visto lo usaría para arruinarle la vida a Pascal, y aunque jamás la lastimaría, intentaría, por lo menos, tomarlo por el lado del amor que ella le inspiraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo pasó y mientras que Ismaela y Loreno tenían cada día mas encontronazos, aunque no siempre del tipo pelea, y Rosaura seguía con sus aproximaciones eróticas a toda persona; Pascal y Andalía llevaban un rumbo cada vez mas romántico.&lt;br /&gt;¿Cómo puede ser que habiendo pasado lo que había pasado ella no lo hubiera dejado? Pues simple, lo que ustedes no saben es que Pascal ya le contó lo que había pasado a Andalía y como ella había hecho lo mismo con la misma persona(Rosaura era muy hábil) lo dejaron en el pasado y la historia continúa siendo una historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo continuó cuando Loreno, no sabiendo más que hacer con respecto a Ismaela, se decidió a hablarle de frente y con todas las fuerzas que tenía dentro de él y, como Pascal le había pedido ayuda para poder declararle su amor a Andalía (Loreno escribía bellísimos poemas de amor), pidió consejos de este para poder retener la orina cuando hablara con ella.&lt;br /&gt;Pascal llevó a su hermano a lo de la doctora Ariela, la única que había en el pueblo. Ella sabía como curar la enfermedad y lo hizo con una efectividad sorprendente.&lt;br /&gt;Lo que ellos no sabían era que Ariela amaba en secreto a Loreno y lo había curado simplemente porque el procedimiento se basaba en darle un beso al enfermo con una especie de pasta mágica sobre los labios.&lt;br /&gt;Lo que ella no sabía era que Andalía estaba enterada de su amor hacia el hermano de Pascal e intentaría por todos los medios posibles que esas almas se entrelazaran, con o sin la aprobación del mismísimo Cupido.&lt;br /&gt;Lo que Andalía no sabía era que Rosaura había estado hablando con Ariela y la había convencido de que Loreno no la quería ni ver, que pensaba que quería separarlo de Ismaela.&lt;br /&gt;Lo que nadie de estos sabían era que la doctora estaba arreglada con Ismaela...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la historia cambió cuando todos ellos fueron al puerto a ver la llegada de un barco que venía para descargar un cargamento de caballitos de mar para vender al interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de esto la historia siguió siendo un historia:&lt;br /&gt;Rosaura comenzó nuevamente con sus andanzas para con su primo Pascal, lo llevo nuevamente al médano aunque esta vez no pasó de una charla familiar sobre una novia, para mal de ella. Al terminar el diálogo, Pascal se adentró al mar para ir a pescar sus preciadas perlas de tiburones negros.&lt;br /&gt;Lo que él no sabía era que el sólo hecho de haberse ido a los médanos había sido suficiente para que Andalía sospechara de él, y esto fue bien aprovechado por Rosaura; le dijo a Andalía que Pascal estaba locamente enamorado de ella, la prostituta del pueblo.&lt;br /&gt;Lo que Rosaura no sabía era que su hija ya había hablado con su rival y que esta, aunque sospechara, no sentía odio hacia su amado, lo que complicó las cosas para Rosaura.&lt;br /&gt;Lo que Analía no sabía era que su informante había cambiado de opinión respecto a Loreno, y esto produjo que se rompiera el pacto Ariela-Ismaela.&lt;br /&gt;Lo que Ismaela no sabía era que al romper el arreglo con la doctora y esta verlos tan felices, decidió contarle lo del informe pasado de su hija hacia Andalía a Rosaura, lo que produjo que esta impidiera la relación con Loreno.&lt;br /&gt;Lo que Loreno no sabía(no se si por la tristeza de haber perdido a su amor, por el odio a Rosaura o por las dos cosas juntas)era que todo esto había sucedido por la persona a la que ahora estaba rechazando su amor.&lt;br /&gt;Lo que Andalía no sabía, ni entendía, era que lo que ahora le estaba diciendo Ismaela-Lo que te dije es mentira, tu Pascal ama a mi madre- era solo para poder salir del encierro amoroso del que estaba atada.&lt;br /&gt;Lo que Rosaura no sabía era que esa frase había producido en Andalía un efecto atormentador, fue a la playa y le gritó barbaridades de la costa al barco que se veía en el horizonte.&lt;br /&gt;Lo que Ismaela no sabía era que su farsa no serviría, ya que Loreno, sin esperanzas, estaba acostado sobre la vía del tren y éstas habían comenzado a vibrar.&lt;br /&gt;Lo que él no sabría era que su ruda negación había hecho que la doctora se inyectara un potente veneno para los amores imposibles y ya se comenzaba a dormir.&lt;br /&gt;Lo que Ariela no sabría era que Rosaura al enterarse del infortuno comentario hecho por su hija no sólo la privo de libertad, sino que, además dejo de ejercer su profesión de una manera asombrosa: rodeándose el cuello con su látigo, atándolo al techo y disponiéndose a saltar.&lt;br /&gt;Lo que Rosaura no sabría era que su hija al verse encerrada y contarle esa mentira a Andalía también sellaría su vida para siempre, no podía creer lo que había hecho con sus amigos y por esto ahora tenia ese gran cuchillo apoyado en su vientre, con el que pensaba explorar su interior.&lt;br /&gt;Lo que Ismaela no sabría era que con lo que le dijo a Andalía hizo que esta se metiera mar adentro, sin bote ni nada que se le parezca, e intentó llegar hasta Pascal para cortar con la relación para siempre, sin embargo los brazos del mar la tenían atrapada y sus pulmones se comenzaron a llenar del salado líquido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...y mar adentro se veía una barca, en ella estaba Pascal, el joven pescador. Debía estar buscando perlas dentro de los tiburones negros, como siempre, desde hacia ya unos buenos quince años, eso es lo que supongo, pero, lo que nadie sabía era que Pascal no estaría en la barca por mucho momento, los tiburones se estaban acercando y él les daría de comer de su propia mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como pueden observar esta historia es solo una historia que escribí porque no tenía nada mas importante que hacer.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113805072133468302?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113805072133468302/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113805072133468302' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805072133468302'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805072133468302'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/opus2.html' title='OPUS2'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113805022933983086</id><published>2006-01-23T18:01:00.000-03:00</published><updated>2006-01-23T18:03:49.360-03:00</updated><title type='text'>Los huevos sobre el tablón</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:78%;"  &gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"  &gt;&lt;em&gt;El texto que sigue a continuación fue, en su momento, el último que se escribió antes de que todos los directores de la revista &lt;strong&gt;La Posición&lt;/strong&gt; nos encontráramos cara a cara y discutiéramos ciertos conceptos y problemas que nos aquejaban en cuanto a la dirección (en los dos sentidos del término) que estaba llevando la revista. También, en su momento de escritura, surgió como respuesta a diferentes cartas electrónicas emitidas por Crespi, Whirske y Fernández (la primera puede encontrarse en &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://www.maxicrespi.blogspot.com/"&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"  &gt;&lt;em&gt;www.maxicrespi.blogspot.com&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"  &gt;&lt;em&gt; ) y como continuación al texto propio antes subido (“Contextos”).&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;br /&gt;Quisiera yo también llamarlos compañeros. Quisiera yo también poder sentir ese apelmazamiento que une lo emocional con lo político y con lo intelectual. Pero también quisiera que eso no nos impida, hoy, discutir lo que debe ser discutido y debatido.&lt;br /&gt;Todo surgió, quizás, a partir de un texto que se hacia una pregunta y que daba una respuesta posible: para qué… Una practicidad, un análisis y una crítica al propio planteo pasado y a sus diferentes realizaciones. Una crítica, también, no puede negárselo al mismo texto, a la propia sociedad que es el grueso de la masa lectora. Una sociedad, o mejor dicho una clase, en la que yo he nacido y en la que yo he participado. Crítica vociferante pero razonada, considerada en sus puntos débiles y en sus aciertos hipotéticos. Una crítica que, en efecto, nace recién ahora, cuando ya estoy saliendo de los placeres que me dio la misma clase y hago, con más dolor que violencia, una suerte de racconto para saber el porque y el cómo de esa dádiva.&lt;br /&gt;Me encontré con el silencio.&lt;br /&gt;Con un silencio propio de una clase que produjo y leyó novelas, literatura en el sentido que plantearían los catálogos de Maxi, y que evitó confrontarlas con la realidad de su producción y/o de su lectura. Me encontré también con ese silencio característico que se da en el grito ensordecedor de aquellos que, discutiendo banalidades, pelean cargos institucionales o académicos en la Universidad que hoy reconozco como aquella que, en un futuro próximo, me va a dar un título. Y me encontré con la posibilidad de seguir una dualidad de caminos: por un lado se levantaba la autopista del trabajo publicitario, aquel que se produce con el mero hecho de hacerse visible para todos, protestando por aquello que todos pueden protestar en un país neoliberal en donde todo está permitido porque nada vale tanto la pena, sumando y sumando palabras a la acumulación académica. Por el otro, se vislumbraba el que me pedía otro tipo de trabajo, ya más personal y menos dogmático, y que, desde un punto de vista político, exigía un compromiso, un poner los huevos sobre el tablón por una vez en la vida. Ese gesto, quizás un poco chabacano pero inevitablemente útil al que hago referencia, implicaba, bien lo entendieron todos aquellos que me comentaron el texto “para que”, hacerme cargo, principalmente, de mis propios fallos, de mis propios yerros escriturales e intelectuales. Releo ahora y descubro ciertos matices ocultos: entreveo ahora también al enemigo del que habla el compañero Crespi que ya se vislumbraba en “El ano y el esperma” y que también apareció, quizás menos agraciadamente, en el inédito “Elogio a la ignorancia”.&lt;br /&gt;Resumamos: estamos haciendo una revista de crítica literaria y de crítica política. Términos que se pueden poner en otro orden sin alterar el producto final. Pero claro, hay diferencias. Silencios y caminos que se distancian en su producción crítica. Ninguno puede negar, creo yo, que entre un articulo de Wirske y uno de Granizo hay una cierta distancia de lectura. Hay un objeto que se recorta de otra manera y que, también, se lee desde otro aparato crítico. Eso no quitó, claro está, lo que hasta ahora venía siendo el centro de la cuestión: estábamos apuntando las saetas hacia los escritores, olvidándonos siempre, o al menos esquivando el bulto, de cuál es el espacio de circulación de la revista.&lt;br /&gt;Creo, como ya lo dije en reiteradas ocasiones, que no podemos decirnos revolucionarios, ni en la escritura ni en la intelectualidad, si por un lado criticamos políticamente a un escritor como Borges (la sombra terrible que vio Wisrke en este futuro número 6) y por el otro nos engolfamos en un lenguaje cargado de barroquismos y de simbologías incomprensibles. “Qué difícil que escriben”, me dice mi abuela, y tiene razón. No escribimos ya para una señora de su casa que dice odiar a Perón porque le quitó el laburo al padre, que era antiperonista. Ni todo lo contrario: tampoco escribimos para un viejo peronista a lo Carnagui en “tres veranos” que no se cansa de adular a cuanto justicialista ahora caiga en el poder.&lt;br /&gt;Escribimos, pese a que me duela decirlo, para un espacio universitario, para un círculo muy especifico de lectores que se interesa y sigue interesándose no sólo en las novelas, en las obras, sino en la literatura. Y eso estaba dicho hace mucho, pero claro, pasan los años y la memoria, a veces, falla. Nos olvidamos que hay un tipo de lector que es propio y que, a su vez, es nuestro. No creo, por ejemplo, que nadie fuera de ciertos círculos literarios conozca la producción de un sujeto para nosotros tan importante como David Viñas. Por el contrario, conocen las obras de Sábato, de Cortázar, y de algunos más que tampoco tiene objeto enumerar. Y ahí está nuestro primer compromiso, como quizás dice Maxi: el compromiso con la literatura, con el proceso que es el acumular novelas y textos, escrituras, y puntos de vistas. Porque, quiera que sí, quiera que no, nosotros leemos eso, ya no una obra aislada, separada de todo (cosa que me valió mi merecida reprimenda y no publicación en la revista anterior, vale recordarlo), sino una linealidad quizás diferente a la que nos quisieron (y quieren) hacernos tragar desde las cátedras universitarias.&lt;br /&gt;Y allí se vislumbra, siempre desde mi punto de vista (no quiero ahora que esta carta se tome como un manifiesto de La posición ni muchísimo menos), el verdadero enemigo al que, desde nuestro por ahora minúsculo espacio, debemos confrontar: el espacio del saber universitario. Hoy por hoy todavía está la posibilidad de ver allí, en esas aulas cargadas de pibes que miran frecuencia 04 y escuchan los piojos, y que piensan que son poetas porque escriben tres versos en un cuaderno (otra autocrítica, la reconozco como tal), un grupo de adultos, de profesores universitarios con políticas y pensamientos que, desde mi punto de vista, se acercan demasiado a una posmodernidad permisiva y anestesiante. Recuerdo, al estilo de las oligárquicas biografías, que en todas las cátedras que he caído se vuelve a repetir una y otra vez la misma frase: no importa lo que quieras decir siempre que esté bien fundamentado…&lt;br /&gt;¿Qué querían decirme?, pienso ahora con la mayor de las angustias. ¿Qué quisieron decirle a generaciones y generaciones de alumnos que, desde sus afanes poéticos, hincaban sus manos en el trabajo de la crítica? ¿Acaso que nada importaba tanto más que el citar adecuadamente a los autores, ponerlos de mayor a menor, alfabéticamente o poner primero el año y después el lugar? Lamentablemente, y a la vista de ciertos trabajos supuestamente críticos que me ha tocado ver y que hoy son, para muchos, material de estudio, creo que fue así.&lt;br /&gt;Entonces, la respuesta. La protesta ante ese posmodernismo grisáceo y academicista que todo lo permite. No quiero decir que con esto ahora tengamos que utilizar todos una base teórica marxista, ni mucho menos. Lo que quiero proponer es, concordando con Crespi, una visualización correcta del enemigo que queremos combatir ahora con la revista. En cierto modo, a la propuesta de hacer en la revista lo que teníamos que hacer, como un deber, para la universidad (pgi, congresos, etc.) yo me opongo diciendo que a la universidad voy a llevar lo que hago, por convicción, para la revista. Una priorización específica para ese espacio en donde, sigo creyendo (siempre como compromiso y no como fe religiosa), importó siempre el qué se dice sobre los textos. Porque en ese decir se está también diciendo sobre la lectura y sobre nuestros lectores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:78%;"  &gt;&lt;em&gt;ADENDA: Finalmente, y como para explicar un poco la tensa situación en que nos encontramos, todo se desencadenó a partir de la pregunta explosiva del “Para qué?” de hacer y/o continuar la revista. Dicho cuestionamiento hizo que, aquellos que estábamos (y seguimos estando) convencidos de nuestro ejercicio de escritura planteáramos nuestros diferentes posicionamientos. Quienes se han acercado a la revista (&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://laposicion.topcities.com/"&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:78%;"  &gt;&lt;em&gt;http://laposicion.topcities.com/&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:78%;"  &gt;&lt;em&gt;) comprenderán que, hasta hoy, las posturas ideológicas son las que nos permiten seguir con la amistad y con el trabajo conjunto; pero que son los métodos y los marcos teóricos los que nos distancian y seguirán distanciando.&lt;br /&gt;Luego de todas aquellas discusiones, podemos decir que el número 7 (sobre generación del 80) no sólo se parece peligrosamente a un libellum, sino que ha sido desarrollado con la mayor de las horizontalidades posibles. Seguimos batallando.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113805022933983086?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113805022933983086/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113805022933983086' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805022933983086'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805022933983086'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/los-huevos-sobre-el-tabln.html' title='Los huevos sobre el tablón'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113805004351436270</id><published>2006-01-23T17:59:00.000-03:00</published><updated>2006-01-23T18:00:43.523-03:00</updated><title type='text'>De indios, escarabajos y viñetas.</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=";font-family:trebuchet ms;font-size:78%;"  &gt;Lectura contextual sobre la "Biblioteca Clarín de Historieta", publicada en el Nº 1 de la revista &lt;strong&gt;Barricada&lt;/strong&gt;. Un intento por descular de qué hablamos cuando hablamos de historieta.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt; &lt;div align="justify"&gt;Más allá de los centros constructores de los modelos de lectura, y al igual que sucede con Borges, Piazzola, y otros tantos “maestros” en su arte, la historieta argentina ha sido siempre un espacio de múltiples apropiaciones. Nacida de la capacidad crítico-creativa de mentes comprometidas con su labor, los personajes, autores e historias fueron dejando sus campos especializados para darse a conocer, para penetrar y constituir una suerte de imaginario de la argentinidad, en el sentido más ególatra de ese neologismo. Tanto Mafalda, como Inodoro, Juan Salvo, Misterix, Nippur o, en la actualidad, el propio Patoruzito constituyeron el paso obligado de generaciones de lectores que, ya desde la risa o desde el ceño fruncido (gestos con que se pueden diferenciar las pretensiones de escritura y de lectura) vieron en ellos una suerte de “reflejo” de lo que les estaba sucediendo al entrar en diálogo tanto con las informaciones periodísticas que los enmarcaban, como con el contexto situacional directo. Por lo tanto, más allá de los posibles recuerdos, despojar a la historieta (como a cualquier otro producto literario-social) de su historia implica cercenarla en sus capacidades de decir e interpelar.&lt;br /&gt;Hace apenas unos cuantos meses, se terminó de publicar, con la grandilocuencia que el caso ameritaba, la Biblioteca Clarín de Historieta: un rejunte atípico de personajes y autores que, más allá de los olvidos y de los ocultamientos, marca no sólo el modelo de lectura que se pretende recuperar, sino también el tipo de imaginario que hoy se quiere construir. Pero antes de entrar en estas consideraciones, se debería tener en cuenta algunas diferencias terminológicas. En primer lugar, una Biblioteca es, desde una interpretación lectora, un todo, un signo completo que delimita un tipo intelectual, un derrotero y, a su vez, un abandono, una selección. Si bien los grados de esta última no siempre son compartidos, es en eso donde radica la singularidad y la multiplicación de las Bibliotecas y de las bibliotecas. Tanto una como otras tienen, detrás, un justificativo que las diferencia y que representan, en su mención, al propietario. Por el contrario, desde mi punto de vista, cada colección implica, semánticamente, un intento acumulativo, casi capitalista. El coleccionista es aquel que, cual anticuario o hedonista, en sus extremos más absolutos, adquiere con el objeto de tener, de poseer y de mostrar. También, claro está, con el de compartir e intercambiar, siempre y cuando exista un valor, sentimental, pecuniario o exógeno, que lo permita. En este sentido, se puede ver, como ejemplo claro de esta dualidad frente a los objetos, las diferentes consideraciones que realizan, dentro del marco ficcional construido por Oesterheld y Breccia, Ezra Winston y Mort Cinder.&lt;br /&gt;Teniendo en cuenta esto, se podría afirmar que, al hablar de la Biblioteca Clarín de la Historieta, surgen dos posibles conclusiones: o bien se trata de una colección, con un gesto de mostrar a los otros lo que se puede obtener por medio de una búsqueda y mucho dinero, o bien se oculta detrás de dicha publicación un acto apropiatorio, un tomar para sí determinados exponentes que modificaron el modo de hacer historieta, con el objeto de parangonar su escritura a una mención subsidiaria del relato de aventura. De este modo, toda historia, todo relato, toda narración y estrategias pictóricas o discursivas, se subsumen a un universo de cierta parquedad, evitando así la puesta en crisis de lo que significa, hoy, leer historietas de un ayer no tan lejano.&lt;br /&gt;Es decir: en la no unificación de un criterio válido o, aún más, de un posicionamiento específico por parte del multimedio y de los diferentes prologuistas, las historietas, sus héroes y autores, se presentan en sus características más ascéticas y menos problemáticas. Tanto desde su producción como desde su lectura, este género “menor” pierde su valor combativo o adoctrinante (ya sea que se para de uno u otro lado de la barrera) al homologar la resistencia, en clave de pasado, de Juan Salvo y sus compañeros, con el imperio de la ley y el orden de un Traicy que, leído hoy, parece identificar a todo un sentimiento de clase media temerosa de una inseguridad creada por “sujetos horripilantes”. En cuanto a esto, vale pensar en lo que Chester Gould dice de sus villanos: son feos porque representan, simbolizan, maldades. Una idea higienista que recuerda la euguenacia alemana, en donde por medio de un sistemático trabajo con los ADN, se podía llegar a crear una raza perfecta. Traicy no tiene esos conocimientos, es un sujeto práctico, al igual que Salvo. La diferencia es contra quienes levantan sus armas. Y aquí hay otro gran punto de la historieta de acción que parece olvidar este tipo de crítica nostálgica y recatada: el héroe, tanto literario como del género, no se define por cómo es él, por sus acciones, sino por cómo son sus enemigos. Dato no menor que, en la colección de Clarín, no queda expresada de manera explícita, permitiendo que las ideas políticas y narrativas de Gould o Raymond, verdaderos exponentes de una producción literaria y pictórica al servicio del gobierno, se equiparen a las de los ya mencionados historietistas argentinos.&lt;br /&gt;Y en esta suerte de amalgama se presentan dos genes bien identificados que parecen correr, hoy, por las mismas arterias de la crítica y de la idea editorial, y que develan las intencionalidades más claras de una publicación que condice con un gobierno populista, transversal y, por eso mismo, poco exigido. Por un lado, los hijos de Quinterno, por el otro, el vástago más conocido de la dupla Oesterheld y Solano López. Los primeros representan, tanto para la crítica poco política de Fontanarrosa y Guzmán, dos imágenes de un mismo movimiento narrativo: la “invasión” de un habitante rico de la Patagonia en la ciudad porteña, institucionalizada en la imagen de un playboy nacional, bon vivant, y despreocupado. El segundo, es la lucha contra los intereses imperialistas y de borramiento intelectual, propios de unos sujetos-otros que, en su despersonalización, pueden servir para delimitar diferentes rostros. Son dos tipos heroicos bien diferenciados, que hablan de diferentes “integraciones” interculturales pero que, sin embargo, parecen armonizar con un modelo de recuperación nostálgica.&lt;br /&gt;Y hablado de recuperaciones, la aparición cinematográfica de Paturuzito nos lleva a considerar otros aspectos de la fuerza penetradora, que hoy se intenta capitalizar, del tipo heroico de la historieta. La película de este joven indio patagónico, y sus amigos, producida por el “Corcho” Rodríguez y sus empresas, intenta de un modo sutil pero directo, “rescatar valores perdidos”. En la Argentina actual, en donde desde las comunicaciones gubernamentales se hace hincapié en una seudo-unificación social que haga la fuerza, la amistad no-intelectual de Paturuzito e Isidorito resulta altamente significativa. Veamos: el indio es un joven cacique que, sin especificar ni los porque ni los como, tiene en su poder media Patagonia. De corazón bueno y noble, lucha por ciertos ideales humanistas expresados de boca en boca por sus ancestros. En cambio, Isidorito es el germen de un vividor, de un RRPP en potencia que busca, haciendo lo menos, obtener lo más, con el único objeto de vivir la vida loca, aparecer en cuanta revista pueda, y ser el referente indiscutible de la noche nacional e internacional. Por lo tanto, no creo decir ninguna novedad si considero aquí, como ya se hizo antes, al primero como un ente exógeno y excéntrico y al segundo como el prototipo del ciudadano argentino.&lt;br /&gt;En la diferencia de intereses y actitudes se manifiesta, de manera clara, una subordinación mutua al otro: una dependencia que, pensándolo en términos editoriales, se aclara al considerar que mientras en las revistas del indio siempre aparecía el porteño, en la revista propia de este último no se hace, ni hizo, mención a la existencia del ahijado. El ocultamiento y las apariciones dejan entrever así el punto de vista en la construcción del otro, evitando manifestarlo de manera explícita. En otras palabras, la relación entre ambos personajes se fundamenta, tanto en las historietas como en la película, en el origen de la explotación económica y la masacre indígena. Entre líneas aparece una ideología que afirma que utilizar al indio en tiempos post-conquista del desierto es, desde el discurso gubernamental, un acto favorable, porque, aún desde una subordinación económica y un silenciamento cultural, se le está brindando un espacio dentro de la sociedad moderna y capitalista. Un lugar que puede dársele por el simple hecho de que el indio dejó de ser “una amenaza”: en los momentos de aparición del cacique egipcio, el nuevo peligro que hacía temblequear el universo social de los poderes oligárquicos y económicos fueron, sin dudas, las revueltas sociales de los inmigrantes anarco-socialistas. Tanto en los pagos de los Paturusek como en la ciudad de los Cañones, las duramente reprimidas revueltas de obreros reconfiguraban el espacio de una otredad marginal.&lt;br /&gt;Estos nuevos otros, masacrados y adoctrinados en su gran mayoría, fueron luego los que se vieron, desde los medios de comunicación gubernamentales, en la resistencia armada a la dictadura militar. Una otredad que pasó a conformarse en el ocultamiento, en la lucha y en la defensa; todos componentes de otra gran historieta argentina como pueden ser los dos tomos de El eternauta que escribió Oesterheld en vida. Aquí se evidencia el segundo rasgo de la recuperación actual. Frente a la “inocencia” de los personajes de Quinterno, los héroes que mostraba la editorial Frontera eran mucho más humanos, más reales y, por eso mismo, más peligrosos. Además ya no se trabajaba sobre hechos deglutidos y excretados por la historia oficial, sino sobre la más candente de las actualidades, y a su vez, esto se refería desde un posicionamiento político bien definido, comprometido con la causa montonera hasta las últimas consecuencias del dolor personal. Frente a la ausencia de llanto real en los personajes “infantiles”, los nuevos héroes terminaban por admitir sus pérdidas antes de festejar sus victorias, pero sin que esto les implicara un adormecimiento de sus convicciones y sus prioridades. Es así que, frente a los unos, representados por una sociedad dictatorial, exitista y silenciosa, estos otros eran, dentro y fuera de las viñetas, un grito de lucha manifiesto.&lt;br /&gt;Estos dos son los modelos que más se muestran hoy como exponentes de la historieta nacional. Estos dos sujetos pictóricos y narrativos que, a las claras, tienen diferencias intelectuales y políticas inocultables. Sin embargo, ya desde la publicación, ya desde los prólogos, parecen poder convivir dentro de una misma Biblioteca sin que, por esto, existan posicionamientos específicos que las denoten. Una idea de convivencia propia de las intensiones públicas del gobierno nacional y, de un modo más personalista, del propio presidente. En cuanto a esto vale pensar que, sin prisa pero sin pausa, desde los medios oficiales, se vuelve una y otra vez sobre los mismos tópicos que refieren a los “modelos” ideológicos, geográficos y políticos que parecen coexistir en la figura de Kirchner. El determinismo imaginario opera así amalgamando dos cuestiones básicas: un hombre venido de los pagos sureños, practicante de la modestia y de la amistad, y un exmontonero, supuesto valor que permite, a los órganos de la ultraderecha, considerar que, en la Argentina, está gobernando la izquierda (risas). No por casualidad, entonces, aparecen Patoruzú y Salvo como los cánones de la lectura actual del género de las viñetas: en su unión acrítica se intentan develar los posibles cruces de manos que ofrece el gobierno, acallando las oposiciones y dando a todos un lugar, un cobijo, como para que nadie pueda quedar en descontento.&lt;br /&gt;Todo esto me lleva a concluir que la reaparición y publicación masiva que Clarín realizó de la historieta implica, además de un gesto simbólico de amalgamar héroes disímiles en diferentes figuras políticas y públicas, una promoción cultural que adormece las posibilidades de una crítica. La nostálgica sonrisa que puede dibujarse en los lectores de este género, y por ende en sus prologuistas seleccionados para la ocasión, tiene, como contrapartida, el equívoco de considerar que, desde la última década argentina en adelante, no se produjo nada interesante, nada que valga la pena reproducir. Una falsedad propia de quienes desean ocultar no sólo para aumentar ventas, sino para reducir el espacio de discusión a/de dos grandes exponentes de una antítesis histórica. Dos héroes antitéticos que, hoy, frente al nuevo gobierno nacional, parecen no estar tan alejados el uno del otro en su nefasta revalorización demagógica. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113805004351436270?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113805004351436270/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113805004351436270' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805004351436270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113805004351436270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/de-indios-escarabajos-y-vietas.html' title='De indios, escarabajos y viñetas.'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-21406301.post-113804979824785952</id><published>2006-01-23T17:54:00.000-03:00</published><updated>2006-01-23T17:56:38.263-03:00</updated><title type='text'>Contextos</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: georgia;font-family:trebuchet ms;font-size:85%;"  &gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style=";font-size:85%;" &gt;&lt;em&gt;&lt;em&gt;El texto que aquí presento (escrito a modo de "contratapa") originó, en su momento, el inicio de una discusión aún no resuelta en todas sus implicaciones. Por este motivo, y con el objeto de personalizarlo, desapegándolo de cualquier otro perturbador englobamiento, lo coloco aquí a fin de que oficie como presentación de, al menos, una parte de lo por venir.&lt;/em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/span&gt; &lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;En Argentina el oficio del crítico literario nació como hijo primogénito de una disconformidad. Frente a espacios de poder amparados en saberes perimidos y políticas contrarias, un grupo de intelectuales, allá por el año 1837, decidió conjugarse y polemizar, de un modo casi clandestino, el cómo y el para qué leer literatura. Un cuestionamiento que estableció su significatividad por sobre lo estético, por sobre la discusión acerca de métricas o rasgos románticos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;En efecto, el contexto asediaba a estos hombres, y pretendía amordazarlos con un tiránico silencio cuasi-religioso. Ellos, como una respuesta válida, propusieron la crítica. Una crítica en principio privada, resguardada entre paredes, pero que luego se fue esparciendo, tomando las calles en pasquines que, desde el costumbrismo estratégicamente adulatorio, superaron el análisis de los textos e interpelaron a sus propios lectores. Es decir, confrontaron desde la escritura a todos aquellos que, pudiendo ejercitarla, deponían la lectura por otros menesteres menos comprometedores. Habían encontrado un porque a sus lecturas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;Pasaron los años, las generaciones y los gobiernos. Y en este pasaje, surgieron renovadas discusiones, repetidas en sus motivaciones e irrepetibles en sus conclusiones, que evidenciaron la disconformidad de otras voces políticamente diferentes, e incluso opositoras, a las que marcaron el surgimiento del crítico literario nacional. Voces nuevas que, a su vez, se convirtieron luego en reconocidas y en discutibles; en puntos de iluminación y también de fuga. En problemas para sus antecesores y, por qué negarlo, para sus continuadores. Fueron esas voces que manifestaron la necesidad de parricidio y que, desde una diferencia contextual propia de un cambio en el tiempo, en los Gobiernos y también en los espantos, buscaron encontrar una practicidad revolucionaria a la lectura crítica de un texto ficcional. Practicidad dialéctica que surgió de la dependencia innegable con los otros contextuales: desde un inexcusable disconformismo no se pudo (ni puede, ni podrá) hablar sólo de literatura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;Fue, entonces, en la relación histórica de esas heterogéneas voces, disímiles en sus pronunciaciones y en sus contextos, donde se configuraron las posibilidades que llevaron al oficio crítico a verse primordialmente como un trabajo remunerado. Hoy día, hacer crítica permite, más allá de la posible suma de resonancias o de rechazos (dependiendo desde donde se realice la metacrítica), obtener cierto sustento a quien la produce dentro de un ámbito determinado. Las becas, los subsidios, las cátedras, las revistas especializadas e incluso el propio Gobierno, se constituyen como espacios de constante disputa por la lectura, por las apropiaciones de los textos y de quienes los produjeron. Lugares que también se convierten y metamorfosean, ante la posible mirada silenciosa y permisiva, en frenos institucionales para aquellos que hipócritamente decían querer elaborar una escritura y lectura personal problemática/zadora. Es así que, por este anhelo de permanencia, el disconformismo originario termina trasmutado en un acomodo de la estructuración crítica a los modelos y las tradiciones que se permiten desde el poder económico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;No quiero decir con esto que toda crítica remunerada sea contraria a los presupuestos del oficio, ni que toda mancomunión sin fines de lucro que se acerque a la literatura es coherente con los mismos. No soy adepto a las generalizaciones de ese tipo, y además cuento, tanto de un lado como del otro, con claras y notables excepciones. Lo que pretendo es considerar, desde un planteo que trasciende la propia subordinación laboral, lo inservible del ejercicio crítico que no de cuenta de una discusión política para con la tradición y para con el propio contexto académico y social. No existe, como suelen hacer creer, la crítica en el buen sentido del término. Porque el trabajo crítico, antidogmático por antonomasia, busca explícita o implícitamente la provocación, la ruptura, la confrontación que ulcere lo previamente establecido. Todo lo demás, todo lo que no entra en este plano, desde mi punto de vista, se vuelve sólo un montón de artilúgicas palabras que, de un modo similar al discurso publicitario, vienen a decir lo mismo de un modo diferente. Son palabras donde se evidencia la aceptación, e incluso la resignación, de permanecer al resguardo de un conformismo anestesiante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;Hoy, en un contexto diferente al de 1837 y al de cualquier otra generación crítica argentina de relevancia, en un contexto donde se opta, sin aparentes juicios externos, por la mansedumbre, sostengo que la lectura crítica no debe estancarse en la esfera de un trabajo remunerativo. Por el contrario, ésta tiene que volver a considerarse una obligación para con el propio oficio y también para con una moralidad privada siempre disconforme de las trabas externas e internas. Una vinculación subjetiva en donde se reconozca la inevitable pulsión de debatir el contexto, el pasado, los medios de producción y la falsa meritocrasia. Debatir no por el hecho de hacerlo, no para producir un nuevo gesto reiterativo y carente de sentido, sino por el deber de reordenar diariamente el propio universo cultural. Frente a la actual comodidad del silencio o la aceptación, el compromiso del lector crítico vuelve a manifestarse en el gesto de no conformarse con lo que desde los medios culturales del poder (o los medios del poder cultural) se sigue aceptando como una lectura ascéticamente correcta, ni creerse, en su ejercicio intelectual, referente indiscutible de una generación contemporánea o por venir. Por el contrario, se presenta hoy la exigencia de escudriñar periódicamente en la genealogía literaria y política aquellos nombres privados que constituyen las máculas o los problemas a resolver. Esas sombras terribles que nunca pueden darse por finalmente expurgadas.&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/21406301-113804979824785952?l=unyanquienlaspampas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/feeds/113804979824785952/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=21406301&amp;postID=113804979824785952' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113804979824785952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/21406301/posts/default/113804979824785952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://unyanquienlaspampas.blogspot.com/2006/01/contextos.html' title='Contextos'/><author><name>el otro Dobal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_TlPFMgaYBbM/S2L8JRFhbvI/AAAAAAAACNk/VvpE75viY8g/S220/crumb2.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
